
A Garni Bengsson le daba vueltas la cabeza. Era como si estuviera atrapado en una pesadilla; en cualquier momento despertaría y descubriría que las últimas estaciones ventosas no habían sido más que el producto de su imaginación.
Le habían retirado la comisión. Habían revocado su licencia de transporte y congelado sus acciones aetéricas. Ya no era Capitán de las flotas celestes. Ya no era nada de nada. Treinta años de servicio leal a Barak-Nar que se esfumaban por un único error. Pero ¿acaso había sido un error? ¿Si tuviera que revivirlo todo, qué podría hacer de otra forma? Ni una Fragata eludiría una tormenta arcana tan rápida… o tan malévola.
La jarra de cerveza que tenía delante seguía intacta. No conseguía obligarse a dar un solo trago. Tenía el estómago revuelto. Al principio no oyó al gorracobre. Hizo falta que el duardin se inclinase sobre él y le diese toques en el pecho con la porra para que Bengsson se percatase de que le hablaba a él. Pestañeó al mirar al patrullero, que vestía el conocido casco picudo y la coraza de cuero de su oficio. Su nariz chata y rota varias veces y su expresión agria no sugerían camaradería alguna.
—¿Qué pasa? —dijo Bengsson. El duardin se envaró por su tono.
—Te tienes que largar —gruñó—. Andando, que es gerundio.
—¿Qué? ¿Cómo?
La porra de ferroble dio toquecitos amenazadores sobre la mesa.
—El Tiro Afortunado está reservado para oficiales —dijo el guardacostas.
Otro puñetazo en el estómago, uno que Bengsson no había anticipado. Se le pusieron las mejillas coloradas cuando los parroquianos cercanos se volvieron para mirarlo; eran veteranos y viejos marinos con quienes habría chocado vasos e intercambiado historias de proezas aeronáuticas hacía solo unas semanas. Al mirarlos ahora, no vio otra cosa que la enfurecedora combinación de pena y desprecio.
—¿Y vosotros qué miráis, mangurrianes? —gruñó—. ¿Quién de vosotros ha llamado a los gorracobres, eh? ¿Os faltaban agallas para decirme a la cara que no me queréis aquí?
—Has perdido tu comisión, Garni —dijo un duardin de barba negra apoyado en la barra, rodeado por un grupo de colegas—. No te pongas en evidencia. Las reglas son las reglas y el Código es el Código.
—¿Ah, sí, Capitán Humbolt? —dijo Bengsson.
—Estamos en una época peligrosa —dijo el otro duardin—. Y no podemos permitirnos ni la temeridad ni el desperdicio. No si queremos que Barak-Nar mantenga el control del Geldraad. Has perdido un cargamento entero de aéter-oro procesado, junto con todos tus escoltas y dos peces gordos del Gremio de Aeterquimistas. Tienes suerte de que no te hayan afeitado la puñetera barba.
Bengsson notó que una sonrisa vieja y peligrosa se extendía por su cara. Era la que sus compañeros de escuadra Arkanauta decían que mostraba en batalla, cuando el tiroaéreo comenzaba a volar y la sangre a manar. No había sonreído así en mucho tiempo. No desde que se ganase los colores.
—¿Te importa repetir eso? —Le sorprendieron lo tranquilas que sonaban sus palabras.
Humbolt pronunció la mitad de su respuesta antes de que Bengsson cruzase la distancia que los separaba, lo agarrase de la garganta y le rompiera una botella de Aurora Ámbar en la cabeza.

Lo que siguió fue poco más que un borrón, pero cuando Bengsson recuperó la conciencia en una cámara de contención en el calabozo de babor, se le informó de que se había enfrentado él solo a una escuadra entera y que un camarero bastante nervioso había evitado que estrangulara al Capitán Humbolt con su propia barba. Por su parte, Bengsson había perdido dos dientes y sufría de una muñeca rota y de la peor jaqueca que hubiera tenido en la vida.
—Sin duda causas una primera impresión potente, Maestro Bengsson.
Logró enfocar a su interlocutor: un granuja curtido y surcado de cicatrices, vestido con un desgastado mono celeste cruzado por bandoleras. Se sentaba al otro lado de los barrotes mientras fumaba una pipa y miraba a Bengsson con expresión calculadora. No llevaba ninguna insignia de Barak-Nar, y era difícil adivinar si era soldado, endringeniero u oficial. Bengsson se preguntó si era de los Grundcorps, pero esos chalados de las armas solían mantener la armadura prístina y pulida. Este tipo no lo hacía en absoluto; su coraza exhibía los arañazos y agujeros de la acción reciente.
—Me llamo Meransson —dijo al fin el extraño—. Albas Meransson.
Bengsson se inclinó hacia delante de inmediato.
—Ah. —El duardin sonrió—. Veo que conoces mi nombre.
—Así es. Te has ganado una reputación considerable, tus reclamanaves Vongrim y tú. En lo que al Consejo de Almirantes se refiere, sois poco más que piratas.
Meransson sonrió.
—Sí, eso es lo que dicen. Pero claro, el Consejo también te despojó de tu comisión y en el proceso dejó en tierra a uno de sus mejores oficiales, así que la pregunta es: ¿cuánto te importa lo que piensen esos viejos chochos?
—Lo que yo piense no importa mucho —suspiró Bengsson—. Estoy acabado. Jamás volveré a comandar un aerobajel. Estoy en lo más hondo de la escala y aquí me quedaré.
Meransson exhaló una gran nube de humo azulado.
—Así funcionaban las cosas —dijo—. Pero los tiempos cambian, Garni Bengsson. Sobran los viejos marinos celestes como tú a los que circunstancias fuera de su control les han destrozado la vida. Han derribado Barak-Urbaz de las puñeteras nubes y siguen hablando como si se aplicasen las viejas reglas. La verdad es que no hemos tenido cielos así de traicioneros desde el Garaktormum. Ni los mejores de Zilfin pueden mantener su cargamento en el aire cuando una tempestad de hechicería thaggoraki les golpea la popa.
Se detuvo un momento para dar una larga calada de la pipa.
—Y aun así —siguió Meransson, llenando la celda de humo—, el Geldraad está tan centrado en dar aire al mercado hundido que dejan que buenos duardines se cuelen por las rendijas.
—¿Qué quieres decir?
—Que existe otra forma. Te estoy ofreciendo trabajo. Trabajo honrado.
Al ver que Bengsson iba a hablar, Meransson levantó una mano.
—Deja que me explique. Los Vongrim no son un gremio autorizado, técnicamente. No tenemos acceso a la última tecnología aetérica y no podemos pagar el salario de un oficial de la flota celeste. Lo que hacemos es difícil y peligroso. Buscamos botín de rescate en los confines más peligrosos de los reinos, a menudo muy por detrás de las líneas enemigas. No puedo ofrecerte la posibilidad de tener tu propia nave. Al menos, todavía no. Estarás de vuelta currando de militroncho de a pie, y no es algo para lo que cualquier excapitán sin nave esté preparado.
—Por ahora no me lo estás vendiendo demasiado bien.
Meransson rio entre dientes, pero su expresión no tardó en ponerse seria otra vez.
—Esto es lo que te puedo ofrecer: un porcentaje justo y el juramento de que los Vongrim siempre te respaldarán. Cuidamos unos de otros. No nos quedamos ciegos buscando resquicios en el Código que nos permitan echar a un hermano o a una hermana. ¿Cómo lo ves?
Por primera vez, Garni Bengsson sintió que el peso de la vergüenza y el remordimiento se le amortiguaba un poco. Sintió algo que podía hasta ser esperanza. Con una mueca, se puso en pie y se acercó a los barrotes para introducir entre ellos la mano buena. Meransson le dio un apretón firme, y eso fue todo.
—Una cosa, nada más —dijo Bengsson—. ¿Cómo hago para salir del trullo?
—Por eso no te preocupes. Descontaremos el pago del agravio de tu primer mes de paga.

Observaron el aerobajel caer en picado a través de las nubes de ruina, dejando una estela de humo.
—Esa nave está perdida —dijo Jedreg el Jovial, llamado así porque tenía el encanto relajado de una megaloaleta toro con un arpón encajado en el lomo. Pese al pesimismo característico del duardin, Bengsson pensó que, esta vez, el viejo gruñón tenía razón.
Un cañón de artillería de las ratas había alcanzado al bajel, una nave de Barak-Zilfin a juzgar por sus colores azul celeste, y la había arrojado en un picado letal. Más destellos de relámpagos verdiblancos surgieron de la pared más lejana del cañón y le azotaron el casco. Varias figuras cayeron por la borda, manoteando impotentes hasta que desaparecieron de la vista.
—¿Quién vuela sobre los Eriales Oxidados sin escolta? —se preguntó Rulla.
—Un capitán que ha perdido el rumbo —dijo Stenni Brazopiedra—. O al que le han petado las reservas de combustible. Esas cosas pasan. Por eso estamos en esta misión de rescate, ¿no?
—Quienquiera que sea, se le da bien —dijo Bengsson, con una punzada de nostalgia apenada que no pudo contener.
Mucho tiempo había pasado desde la última vez que manejara el timón de una nave, pero no estaba seguro de haber podido aterrizar esa nave tan machacada sin matar a todo el mundo a bordo ni en sus mejores momentos. Pero el capitán de la Fragata lo consiguió de alguna forma, retrasando ligeramente el giro violento y nivelándose antes de que la quilla de la aeronave chocase contra el suelo del valle. La maniobra logró anular suficiente inercia de la nave para evitar que el casco se deformara con el impacto. En su lugar, la Fragata trazó una franja de polvo y roca despedazada por la ladera. Los Vongrim observaron cómo se detenía entre una nube de humo desde el saliente unos cincuenta metros por encima. Por un momento todo quedó en silencio, como si el reino contuviera el aliento tras la estruendosa cacofonía.
Entonces llegó el repelente cotorreo de las alimañas. Los hombres rata llegaban en manada por las grietas de las paredes del cañón, cayendo sobre la nave afligida como bichos sobre un cadáver. El chasquido limpio de los fusiles de tiroaéreo indicó a los Vongrim que al menos parte de la tripulación de la Fragata seguía en condiciones de pelear. Pero no aguantarían demasiado bajo tanta atención.
—¿Cuál es el plan, jefe? —preguntó Stenni.
Bengsson revisó la carga de su pistola.
—El plan es bajar y cargarnos a tantos thaggoraki como podamos. Poned a salvo a la tripulación y a ver qué podemos recuperar en el proceso. ¿Preguntas?
Rulla sonrió:
—¿Cuenta ahora la Fragata como parte de nuestro contrato de reclamación?
—No soy Tallacódigo, Rulla. Alabado sea el Gran Hacedor. Primero salvemos lo que podamos, y ya pondremos en orden los detalles luego.
Y con esto se arrojó al vacío.
Cayó, empujado por el peso de la endrina sujeta a la espalda, y dejó que sus giroestabilizadores mantuvieran el descenso nivelado. Muy por debajo, pero acercándose a marchas forzadas, se encontraba el aerobajel estrellado. Era una masa deforme de metal ardiente, pero distinguió figuras reunidas en un círculo en la cubierta de proa, agachadas tras la exigua cobertura que pudieran encontrar. En el otro extremo de la nave, media docena de equipos de artillería Skaven equipados con engorrosos cañones rotatorios hacían llover una granizada feroz de balas verdes sobre ellos. Hombres rata armados con espadas y lanzas se acercaban cada vez más a la tripulación acorralada. Los cadáveres de duardines y thaggoraki surcaban el pecio de proa a popa.
Bengsson decidió que los artilleros morirían los primeros.

A treinta metros de altura activó su equipo de salto y la súbita flotabilidad de la esfera potenciada por el aéter detuvo su caída, lo que le permitió aferrarse a un saliente de roca de la cara del acantilado. Se alejó de una patada, inclinándose en el descenso para posicionarse justo sobre su presa. El humo de la endrina principal de la Fragata, en llamas, y el ensordecedor runrún del fuego brujo y el tiroaéreo, habían ocultado la llegada de los rescatadores. Ninguna de las feas criaturas levantó la vista hasta que fue demasiado tarde.
El primer disparo de Bengsson convirtió la cabeza del artillero a retaguardia en un revoltijo sangriento. Los demás Skaven chillaron sorprendidos, con los ojos desorbitados al toparse con la compañía de duardines equipados con endrinas a punto de caerles encima, pero con las torpes tolvas de metal y las armas descomunales que llevaban, les costó huir a tiempo. Bengsson aterrizó sobre otra rata y su peso le aplastó la columna con un crujido satisfactorio. Las botas magnéticas de amortiguación absorbieron la fuerza cinética, y antes de que sus enemigos reaccionasen, Bengsson ya estaba lanzando el gancho de guerra para desviar el cañón rotatorio de otro arma. Escupió un torrente de balas que le peinó la cabeza, retumbándole en el cráneo y tronando dolorosamente en sus oídos. Entonces, Stenni Brazopiedra aterrizó junto al tirador y le hundió el sable en la espalda.
—Buen trabajo —gritó Bengsson, vaciándole el cargador a otro hombre rata y lanzándolo sobre la regala entre chorretones de sangre. En un parpadeo, la mayoría de tiradores habían muerto y el resto escapaba. Los thaggoraki, quizá sin comprender lo escasos que eran los atacantes, ahora vacilaban. Al hacerlo, dieron a la tripulación de la Fragata la oportunidad de un contraataque. Los Arkanautas salieron de un salto de la cobertura y cargaron contra ellos con pistolas y sables.
—¡Matadlos a todos! —rugió una figura pelirroja envuelta en un traje de vuelo de Capitán, cuya pierna derecha estaba tan destrozada que era un milagro que siguiera consciente. Disparaba un arma de repetición de cañón largo con una mano mientras con la otra usaba un poste de embarque como muleta—. ¡Por Barak-Zilfin, y por la Viajero de las nubes!
Bengsson supuso que eso último era el nombre de la Fragata. Reconoció la angustia y la rabia en el grito de la capitana. Lo único que la mantenía en pie era la adrenalina desesperada del momento, pero después, percatarse de que su vida jamás volvería a ser la misma la golpearía como un pistón de forja. Él simpatizaba con ella más que nadie.
—¡Largaos de aquí, diablos! —rugió Jedreg el Jovial, disparando el rifle tiroaéreo como si, por una vez, se lo estuviera pasando bien.
Los Skaven no tardaron en romper filas, como Bengsson había anticipado, enredándose con sus propias patas para evadir la ira de esta nueva amenaza inesperada. Los Vongrim mataron a todos los que pudieron, pero Bengsson ordenó detener toda persecución. Los thaggoraki tenían el desagradable talento de cambiar las tornas cuando parecían derrotados. Se dirigió hacia la capitana herida, que se había desplomado contra la borda mientras analizaba la ruina destrozada de su nave con ojos inyectados en sangre. Bengsson se acuclilló a su lado.
—Deberíamos rescatar lo que podamos y marcharnos antes de que vuelvan —dijo—. Puede que los hayamos mandado a hacer gárgaras, pero tan pronto se den cuenta de los pocos que somos, sacarán las armas pesadas y se acabó lo que se daba. Tenemos un cúter de carga escondido a varias leguas, y podemos llevaros hasta la estación ventosa más cercana.
—Me van a dejar en tierra por esto —gruñó ella—. La Viajero de las nubes acababa de salir de los astilleros Zilfin. Era uno de los últimos modelos, con una refinería aetérica integrada y las últimas turbinas Inggrind-Kaz. Era preciosa. De un valor incalculable. Y la he perdido junto a la mitad de mi tripulación.
—Yo también tengo experiencia de vuelo —dijo Bengsson—. Fui capitán de Fragata, también. Era bueno. Pero de tocarme tu papeleta, dudo que hubiera conseguido aterrizar de una pieza. Has hecho lo que has podido.
—Al Consejo no le va a bastar con eso.
Bengsson se encogió de hombros.
—Tienes la bodega intacta. Mi tripulación puede extraer casi todas tus reservas de combustible y lo demás que lleves. A juzgar por lo que he visto, es un botín decente. Nos quedaremos con una parte, claro, pero sin extorsiones. No soy una sabandija de Barak-Mhornar; no vas a volver con las manos vacías.
Echó mano de la bolsa de estiba asegurada a la pierna herida, haciendo una mueca al sacar una botella cerrada. Al abrirla y darle un sorbo, Bengsson captó el aroma embriagador y ahumado del “aceite de endrina” de Zilfin. Le ofreció un trago y él lo aceptó. Le dejó una quemazón agradable al tragar.
—Aunque lo que dices sea verdad —suspiró ella—, he perdido el mando. El aéter-oro que nos queda en la bodega no borrará esa mancha. Tendré suerte si me degradan a las compañías.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Bengsson.
—Kelfjaar. Mora Kelfjaar.
—Bueno, Capitana Kelfjaar, aunque te lo arranquen todo, te lo digo por experiencia: no estás acabada. Estando como están las cosas, necesitamos oficiales como tú más que nunca. Vuelve a Barak-Zilfin y soporta el juicio inventado que te monten de cara a la galería. Di lo tuyo, aprieta los dientes y pasa el mal trago. Si consigues mantener tu comisión, mejor que mejor. Pero si no, si te dejan en tierra, tira para el cuartel gremial Vongrim en la calle del Sifonador y diles que te envía Garni Bengsson.
Ella se lo quedó mirando, con dudas pero también con un leve destello optimista. Él le tendió la mano y la ayudó a izarse, ayudándola a sostenerse sobre una pierna.
—Hora de irse —dijo él—. Ya discutiremos de camino mi compensación por el rescate.
















