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Crónicas de la Ruina – La Siega

—Esta discusión me hastía—dijo el Rey Ainhurr.

—Pero tan firme es vuestra conciencia que me dais el capricho —dijo Odhem—. Sois tan pocos los Akhelianos dispuestos a enfrentaros a cuestiones existenciales…

—Es mejor dejaros esos temas a vosotros, los Isharannos. En tal estima tenéis el sonido de vuestras propias voces que debatiríais sobre filosofía hasta que se secasen los océanos.

Odhem frunció el ceño, pero en su rostro apareció una leve sonrisa. A Ainhurr siempre le había gustado el Escudriñaalmas pese a la tendencia de su compañero hacia la introspección. La suya era una camaradería poco habitual entre los Profundos. Los Akhelianos, de tendencias marciales, rara vez consideraban a los de la orden Isharanna como algo más que rivales, pues el equilibrio de poder entre ambas clases sociales era tenue. Pero el Rey Ainhurr siempre había apreciado la agudeza de Odhem, y respetaba su disposición a dar voz a ideas que otros habrían confinado con gusto a las fosas más profundas del abismo.

—¿Qué querríais que hiciera? —dijo el Akheliano—. ¿Ordenar a mis guerreros que vuelvan? ¿Enviarlos de regreso al enclave con intenciones honorables como único consuelo? Cada año que pasa, más y más de nuestros hijos nacen con el marchitar. Si no emprendemos cazas de almas, nos consumimos.

—No confundáis mis palabras con la debilidad de un terrestre —dijo Odhem—. Mis propias manos están manchadas de sangre. Durante siglos he cambiado las mareas en busca de espíritus poderosos y os he guiado a ellos. Y aquí estamos de nuevo, atrapados juntos en un momento de necesidad.

—De modo que estamos de acuerdo.

—No lo estamos. Yo hablo del futuro de nuestro pueblo, no de una incursión.

Ainhurr extendió las palmas en gesto de invitación.

—¿Conocéis otro modo, Escudriñaalmas? Hablad y os escucharé.

—Lo ignoro. Pero tampoco se me ha concedido la autoridad para investigar. Tampoco se ha dedicado ningún miembro de mi orden a buscar realmente otro camino. Un camino mejor. Y en todo este tiempo, mirad lo que han conseguido los demás. Morathi-Khaine se ha adueñado del manto de la divinidad. ¡Una ascensión verdadera! El señor de los humanos ha forjado guerreros inmortales a partir del tapiz de los cielos, y sus ejércitos mantienen a raya a los Ruinosos. Hasta Teclis el Creador ha revigorizado su imperio caído. Mas nosotros nos contentamos con existir en estasis. Como criaturas malditas que se alimentan de almas robadas.

Ainhurr no dijo nada, ponderando sobre el discurso de Odhem, que era la condenación implícita del único modo de vida que los Idoneth habían conocido durante siglos. La única razón por la que hablar de esta forma no era blasfemia se debía a que pocos Idoneth pensarían siquiera en hacerlo. Mas pese a su aversión instintiva de las palabras del Escudriñaalmas, no podía negar que lo perturbaban.

—Yo me pregunto —dijo Odhem suavemente—. Cada vez que matamos para prolongar nuestras vidas, ¿no demostramos acaso que el Creador tenía razón? ¿No nos revelamos como los monstruos que trató de destruir? Preferiría abrazar el olvido a caer en eso.

—Yo no —dijo el Rey Ainhurr con firmeza—. Con gusto sacrificaré mi propio honor si con ello granjeo un futuro para nuestro pueblo, sin importar cuán duro y violento haya de ser.

En silencio observaron el avance Namarti, que escalaban paso a paso los acantilados azotados por las lluvias, permitiendo que las corrientes en auge del mar aetérico facilitaran su ascenso. A la luz plateada de las lunas gemelas ghyranitas se asemejaban a espectros pálidos. Sobre los acantilados se encontraba el campamento de guerra del enemigo, y desde su posición oculta en un saliente sombrío en la ladera rocosa, Odhem y Ainhurr alcanzaban a distinguir las siluetas de los centinelas recortadas contra el cielo. A ninguno le quedaban más que algunos momentos de vida.

—La incursión de esta noche será dadivosa —dijo el Rey Ainhurr.

—Sí —dijo Odhem—. Sí, así lo creo.

Al principio, pareció que Odhem tenía razón.

El enemigo se mostraba temerario, quizá empachado de demasiadas victorias fáciles. Sus centinelas eran descuidados, y algunos de ellos estaban totalmente borrachos. Los desdichados murieron uno a uno sin siquiera saber que los atacaban, mientras las brumas marinas los envolvían y las flechas Namarti se clavaban silenciosamente en ojos y gargantas. Nadie emitió un sonido al caer.

El gran banco de nubes opacas se onduló sobre el borde de los acantilados y se abatió en silencio sobre las tiendas del enemigo. No tomaron a todos los humanos belicosos desprevenidos. De hecho, los gritos de alarma sonaron ahora deprisa y se replicaron por todo el campamento. Pero ningún guerrero, no importa cuán formidable, podía superar al mar aetérico. La magia enervante de las profundidades oceánicas onduló sobre los fuegos de cocinar, extinguiéndolos.

Barrió a bandas de asesinos de ojos nublados, que se tambalearon aturdidos, hipnotizados por la masa ondulante. Les sorbió los sesos, llenando las mentes mortales con imágenes a medio vislumbrar para incitar el terror y la indefensión. Sobre todo, enmascaró la Falange del Rey Ainhurr hasta que cernieron sobre su presa.

El Rey Akheliano la lideraba a lomos de su alazán profundo Maloth, clavándose en el corazón del enemigo mientras sajaba contrincantes a diestra y siniestra. Su Guardia Ishlaen avanzó a su lado, y sus anguilas colmimoras sisearon con deleite al mancharse el mar aetérico con sangre recién derramada. Mientras las primeras víctimas atontadas se derrumbaban, y las almas abandonaban sus cuerpos destrozados, atraídas por las luces señuelo de los Desgarraalmas, las formaciones Namarti llegaron a lo grande, los Saqueadores disparando flechas a la carga mientras sus hermanos del frente atacaban con las hojas curvas lanmari.

—¡Elfos marinos! —gritó un guerrero barbudo, antes de que la espada de Ainhurr le cortara el gaznate y lo silenciara para siempre.

Eran criaturas duras, estos asesinos marcados y tatuados. Saqueaban igual que hacían los Idoneth, aunque sus recompensas fueran tan viles como el expolio y la matanza. Sus almas estarían dañadas, y los Dioses Oscuros no se dejarían despojar de su tributo tan fácilmente. Pero al menos seguían siendo humanos. Se aferraban a su frágil mortalidad aunque pendieran del precipicio de la autoinmolación. Aún no estaban tan mancillados por la malignidad como para carecer de valor, y por tanto cosechaban sus almas sin clemencia.

—Rodeadlos —ordenó Ainhurr—. Que no escape nadie.

Sus Ishlaen se dispusieron a obedecer, acorralando al enemigo en un círculo de energía crepitante que bailaba en el flanco de sus monturas acuáticas. Ainhurr combatió y mató hasta que su brazo palpitó de dolor por asestar un golpe mortal tras otro. Pero mientras el enemigo perecía, se percató de algo desagradable. ¿Es que el enemigo no había reunido a más guerreros? Hasta los informes más incompletos de sus exploradores Namarti sugerían que su número sería mayor. ¿Dónde estaban los demás?

Fue entonces cuando estalló el penetrante estruendo de los cuernos de guerra. Pareció resonar a su alrededor y, donde antes les habían ayudado en su avance, ahora las brumas ofuscadoras del mar aetérico obstaculizaban la visión de los Idoneth. El Rey Ainhurr oía los pesados pasos de las botas y los alaridos enloquecidos de las criaturas que moraban en los confines ignaros de los reinos.

—¿Majestad? —preguntó Lagainne, su capitán Ishlaen; las palabras del aelfo, por lo general impávido, estaban cargadas de inquietud.

—Sabían que veníamos —murmuró Ainhurr—. Lo sabían no sé cómo. Nos estaban esperando.

Lagainne abrió la boca para hablar, pero algo cayó del cielo y atravesó su armadura de coral, clavándolo a la silla de su colmimora. La bestia enfurecida se encabritó y retorció, y el cuerpo inerte de Lagainne se derrumbó, sujeto por el asta negra de una jabalina. De la niebla emergieron formas por todos los flancos: estos no eran guerreros borrachos ni drogados, sino campeones oscuros ataviados con corazas embrujadas de pies a cabeza, asiendo en alto iconos de dioses tres veces malditos.

—¡A mí, Morrsarr! —gritó Ainhurr, y sus jinetes de anguila se reunieron en una punta de lanza, con la armadura crepitante al canalizar la bioelectricidad de sus monturas ansiosas. Ainhurr hundió los talones en los flancos de Maloth, ordenando a su alazán profundo una carga directa, y las anguilas colmimoras lo siguieron a toda velocidad, nadando como el rayo hacia el bloque de espadas, escudos y caras congestionadas de odio. Impactaron en una erupción estroboscópica de relámpagos que dejó a los adoradores de la ruina tambaleantes, medio cegados mientras su carne humeaba y se quemaba. Ainhurr hundió el helsable en la cara de uno de los monstruos cornudos, y Maloth se inclinó para destripar a otro con las garras.

Entonces, el enemigo se recuperó y cerró filas, y comenzó la verdadera matanza.

Para cuando el enemigo fue expulsado del campo de batalla, quedó claro que Dhom-hain no se beneficiaría de ese saqueo de almas. Habían caído demasiados Namarti, y sus cuerpos se apilaban sobre los cadáveres de quienes habían venido a cosechar. Aunque la contraemboscada del Caos hubiera sido repelida, muchas de las almas segadas en el brutal combate cuerpo a cuerpo se encontraban demasiado mancilladas por la corrupción para ser de utilidad para los Isharann.

Sus propias bajas eran una herida amarga que no sanaría fácilmente.

—¿Cómo lo han sabido? —dijo Odhem. Era difícil distinguir sus palabras, enmascaradas como estaban por la sangre que burbujeaba en su garganta.

Ainhurr suspiró.

—Es imposible decir cómo. Pero no somos la única Falange de saqueo que ha sido emboscada en esta época amarga. Ahora, los terrestres conocen nuestras costumbres. Ni vuestra magia Isharanna puede ocultar todos nuestros secretos.

—Nos han atraído hasta aquí —dijo Odhem con voz rasposa, y después emitió un ruido que podría haber sido una carcajada afilada y amarga. Terminó en una tos dañina que salpicó su túnica de gotas de sangre.

El Rey Ainhurr se arrodilló junto a su camarada moribundo. Una astilla de la lanza de un caballero ruinoso había perforado el costillar del Escudriñaalmas y la herida estaba más allá de lo que cualquier sanador pudiera remediar. A decir verdad, Ainhurr no tenía ni idea de cómo su amigo podía siquiera hablar. Habían vendado el torso arruinado del aelfo con algas pardas y ungüentos de sacos de huevos de tiburones diamante, pero con ello solo lograrían hacer más soportables los últimos momentos del Escudriñaalmas.

—¿Veis por qué hemos de cambiar? —preguntó Odhem—. ¿Veis por qué nuestra existencia solo nos conducirá a la perdición? Los reinos se ciernen sobre nosotros, amigo mío. Nuestros actos no pueden ya ocultarse, ni mediante nuestra magia más poderosa. Nos conocen. Nos ven. Antaño evolucionamos para sobrevivir a la aniquilación. Debemos volver a hacerlo.

—No habléis —dijo Ainhurr.

Odhem gruñó de dolor, un sonido tosco salido del Isharann de voz suave.

—Me muero —dijo él—. Pero os paso mis dudas y mis miedos.

—No soy filósofo. Soy un guerrero. ¿Qué he de hacer yo con la duda?

El Escudriñaalmas tomó a Ainhurr del cuello; le clavaba dolorosamente las uñas en la piel expuesta. Entornó los ojos, y con los dientes ensangrentados y prietos tenía una apariencia feral y perturbadora. Para cualquier Idoneth era tabú ponerle la mano encima a un camarada de esa manera, y Ainhurr quedó tan conmocionado por ello que no supo cómo reaccionar.

—Piensa —gruñó Odhem—. Siente. Pregúntate cuál es el curso de acción adecuado y cuál es mera conveniencia. Ha llegado el momento de que los Idoneth nos enfrentemos a una elección, quizá la más importante en nuestra larga y trágica historia. Tu deber como Rey Akheliano, como líder, es asegurarte de que tomemos el camino adecuado.

Entonces, con una sacudida, el Isharanno se fue. Su mano cayó inerte desde la garganta de Ainhurr. El Rey Akheliano miró al cielo, donde los primeros haces del resplandor de Hysh lanceaban a través de las nubes, bañando el campo de batalla en luz dorada. La pena era una indulgencia en la que los Idoneth rara vez podían permitirse tomar parte, pero aun así, el fallecimiento de Odhem le había dejado un dolor profundo. Tenía la sensación de que había alguna reacción cuerda que debía llevar a cabo, algún ritual de recuerdo u otro gesto simbólico. Pero no se imaginaba qué podía ser, y por tanto se limitó a quedarse mirando al Isharanno muerto.

—¿Mi señor? —dijo una de los miembros del séquito de Odhem, una mujer demacrada vestida con una túnica plateada de algas tejidas. ¿Los había oído? Hablar como Odhem no era ningún crimen, pero la mayoría de Akhelianos e Isharannos habrían considerado sus palabras una locura.

—Ocupaos de vuestro cometido —dijo Ainhurr cerrándole los ojos a Odhem—. Los Desgarraalmas tenéis muchas almas que reclamar si es que vamos a equilibrar las pérdidas de hoy.

Aún no estaba listo para enfrentarse a las verdades más crueles. Ni lo estaba su pueblo, como bien sabía. Algún día llegaría el momento de filosofar, tal vez, pero no mientras los enclaves pendían al borde de la ruina. Por el momento, el Rey Ainhurr viviría con sus pecados.

Mas mientras endurecía su corazón y se centraba en sus tareas, el Akheliano oía el eco de las últimas palabras de su amigo en el fondo de su mente. Sospechaba que lo haría siempre.

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