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Crónicas de la Ruina – El bosque de muerte

Desde lo alto de un escarpado saliente de roca, la Jefa Lavka divisa el rastro de polvo que dejan sus presas al huir hacia el oeste. Se dirigen a una franja de bosque oscuro que se extiende por el horizonte golvariano. Frunce el ceño. Estas tierras no pertenecen al clan Filocuervo. La tribu cruzó los límites de su conocimiento territorial hace varios días, absorta en la exaltación de la Gran Arremetida y las embriagadoras matanzas que le siguieron. A Lavka no le gusta la pinta de ese bosque, ni las nieblas oscuras y humeantes que coronan sus árboles esqueléticos.

Pero se han pronunciado juramentos. Porta las piedras grabadas con runas en el cinturón, un recordatorio constante y agotador de sus obligaciones. El clan Filocuervo ha prometido eliminar hasta el último de los sigmaritas a la carrera. Sus deidades sedientas de sangre no son de las que aceptan una promesa incumplida.

—Nada de descansar —grita la jefa a sus asesinos a la espera—. Los tenemos. Están tan cerca que huelo su miedo. Esta noche, los dioses se darán un buen festín.

Los guerreros Filocuervo aúllan, chocando las hachas contra los escudos.

Con suerte, atraparán al enemigo en campo abierto.

Al final no lo consiguen. Una súbita tormenta de ceniza llega soplando del este, furiosa, animada por un hambre cruel. Los Filocuervo se ven obligados a buscar cobertura antes de que los detritos azotadores los desuellen vivos. Cuando se despeja, el cielo está casi cubierto por bancos de nubes color sangre, y el mundo está teñido de un carmesí espeluznante.

Encuentran algunos cadáveres hechos jirones en la entrada del bosque, probablemente los que no hallaron refugio a tiempo. El resto logró alcanzar al menos la linde del bosque, disponiendo sus carros a vapor en un semicírculo para protegerse del letal granizo. Los vehículos han quedado abandonados a las afueras del bosque, completamente irreparables.

Drajak, el mejor rastreador de los Filocuervo, no tarda en encontrar las huellas. Sangre, polvo y hierba pisada son clara evidencia de una huída aterrorizada y torpe. Lavka envía una avanzadilla liderada por Broja y Tul para explorar en vanguardia y buscar a los sigmaritas, mientras el resto del clan Filocuervo los sigue de cerca. Tras varias horas de viaje, se topan con más muertos. Los soldados sigmaritas yacen desperdigados en una pila ensangrentada, con la carne tan pálida que parece casi translúcida. Algunos han sido arrollados, otros despedazados por ataques de barrido. Un pequeño número son poco más que trozos de carne en descomposición, y Lavka imagina que han dado sustento al tipo de carroñeros que viven en este bosque.

Al pensar esto, se da cuenta de otra cosa que le perturba. No han oído ningún trino de pájaro desde que han entrado aquí. Ni los bufidos o gañidos de animales distantes, ni el suave crujido de las hojas. Parece como si aquí no hubiera vida alguna.

Drajak la llama hasta uno de los cadáveres. En el cuello de la muerta hay marcas de algo punzante. No son las heridas feas que causan flechas o disparos, sino marcas limpias y precisas justo en el principal vaso sanguíneo del cuello. Lavka mira al cielo, medio visible bajo los dedos retorcidos de las ramas. Hysh desciende y la noche cabalga para ocupar su lugar. En la distancia se oye un improperio vociferado y después un grito largo. El aullido desesperado e irregular de un animal que sufre un dolor espantoso.

—Suena a Broja —dice Drajak, que repite el desagradable pensamiento que ha tenido Lavka.

Aunque un Pactoscuro rara vez admitirá tener miedo, Lavka siente la inquietud que se ha asentado sobre el clan Filocuervo como una sombra enervante. Pero pocos guerreros hay más bravos que ellos, y no piensan rendirse a esa inquietud todavía.

—Continuamos —dice la jefa. Nadie objeta.

La muerte de Broja no ha sido ni fácil ni rápida. Lo han empalado en una rama rota y tiene la carne surcada de perforaciones. Le han arrancado los ojos y está tan pálido como los adoradores de Sigmar muertos con los que se han topado antes. Un rastro de sangre conduce a un claro a la izquierda. Lo siguen, hachas en ristre, esperando que las tinieblas se abran a su paso en forma de monstruosidad infernal. En el centro del claro hay una forma extraña: una pila de pellejos coriáceos que conforman una silueta más o menos humanoide. Hay algo que se agita cuando los Pactoscuro se acercan y después algo peor: una serie de horribles sonidos de succión.

Mirad lanza un hachazo contra la figura en el suelo. Se eleva un borrón súbito de pelaje y carne cuando unos murciélagos del tamaño de perros salen aleteando, chillando con furia al ser ahuyentados de su alimento. Algunos se quedan agarrados como sanguijuelas hinchadas, demasiado ahítos para moverse. Los ojos de Tul sobresalen de una máscara sangrienta, blancos y completamente trastornados. Lavka se da cuenta, con una nauseabunda sacudida en las tripas, de que el hombre sigue vivo de alguna forma.

—Matadme —gime.

Arrojan lanzas y hachas. Las criaturas henchidas de sangre son demasiado torpes para evitarlas todas. A las que aciertan estallan como odres de agua, salpicando la tierra con la sangre de Tul. Todo el bosque parece despertar al momento. Más murciélagos surgen de los árboles, girando y cayendo en picado en una tempestad enloquecedora. Flota un aroma hediondo, no solo el olor acre de las criaturas descomunales, sino algo mohoso y húmedo, como aire de ciénaga.

Aullidos. Aullidos en la distancia, entusiastas y hambrientos. Y tras la espantosa cacofonía, el clamor de los cuernos. Pese a su terror, Lavka no entra en pánico. Tampoco los guerreros del clan Filocuervo. De inmediato forman un muro de escudos, un puño cerrado listo para golpear.

No se esperan que el primer asalto venga desde abajo.

Una lanza emerge de la tierra húmeda y se hunde en la ingle de Yanach. La guerrera aúlla, le chorrea sangre de la herida espantosa. Sujeta el asta de la lanza una mano descarnada, huesos manchados de tierra. Los Filocuervo se sumen en un trance horrorizado al contemplar cómo los muertos se abren paso. Una sobrevesta de escamas de hierro oxidado mantiene unidos huesos y harapos. El muerto se tambalea hacia Lavka con torpeza, la lanza ensangrentada por delante. Ella le parte el cráneo en dos de un hachazo.

El terreno bajo sus botas se retuerce de forma obscena cuando más guerreros muertos salen de las tumbas excavando con las uñas. Un chasquido de dedos busca los tobillos de los Filocuervo, y las puntas de la espadas emergen del suelo franco como briznas de hierbacuchilla. Destruyen algunos de los muertos antes de que se levanten, pero son muchos. Demasiados. El bosque entero es un cementerio que se despierta a su alrededor. Más esqueletos salen a trompicones desde los árboles a su espalda y a cada flanco. Comienzan a acorralar a los Filocuervo, empujándolos hacia atrás ante un muro imparable de lanzas y hojas melladas.

Así comienza la lenta e inexorable retirada. Los merodeadores caen con los cuellos abiertos por metal oxidado. Otros son lanceados una y otra vez, sacudiéndose entre espasmos mientras los masacran. Más esqueletos surgen del barro pútrido mientras el número de los Filocuervo mengua. Lo peor es que el enemigo los está dividiendo, separando sus filas y ocupando los huecos. Lavka maldice y ruge mientras intenta recuperar la cohesión de los Filocuervo, pero no sirve de nada. Ahora cae una lluvia intensa de agua helada que torna el suelo aún más traicionero y resbaladizo. Los guerreros Filocuervo no pueden sino ceder terreno.

De la penumbra se alzan monolitos de piedra musgosa. Viejos, muy viejos, de una época en la que estas tierras eran provincia de humanos, no monstruos. No están enterrados sino encajados en el suelo, ahora colmado de densas raíces y negras lianas, feas y enredadas. Lavka otea a su alrededor en busca de terreno defendible y solo halla una opción: el túmulo más grande, rodeado por una fortificación ruinosa de púas de hierro oxidadas.

—Nos defenderemos allí —gruñe, reuniendo tantos guerreros como puede.

Se abren paso a empujones entre los enemigos que se tambalean en su camino, y alcanzan la puerta. Tan cerca del lugar, Lavka siente que un peso opresivo cae sobre ella, una sensación de malicia antiquísima tan intensa que casi la asfixia. Sabe, sin entender por qué, que este es un lugar maligno, un lugar que ha presenciado deseoso los actos más horripilantes. Por supuesto que ya ha visitado antes sitios así. Sus dioses hacen de ellos su hogar. Pero mientras que los sangrientos lugares de ofrenda de los Ruinosos abundan en potencial, al ser una fuente de poder a la espera de ser reclamada por quienes tienen la fuerza de hacerlo, este sitio es distinto. No ofrece otra cosa que una condenación eterna e insidiosa.

Pero es esto o enfrentarse a esas lanzas.

Tan pronto cruzan ellos el umbral, los esqueletos se detienen. Lo hacen al unísono, inquietante en su sincronía la súbita detención. El único sonido es el húmedo azote de la lluvia y los gritos de los guerreros Filocuervo heridos que se han quedado atrás.

Hay un chirrido tan grave que les vibra en los dientes, y se vuelven para mirar otro gran portal de piedra negra abrirse a su espalda, tan colmado de liquen que pensaban que era un muro. Más allá descubren una cámara amplia y ornamentada, iluminada por braseros que arden tenuemente. Lavka se pregunta cuánto llevan encendidos. Los Filocuervo entran pues, ¿a qué otro sitio pueden ir? Vislumbran los sarcófagos que cubren las paredes y el estrado al fondo del vestíbulo, ocupado por una única silla alta de oro forjado.

En el trono se sienta una figura envuelta en sombras. Dos pozos de carbón hundidos arden en las tinieblas, colmados de hambre monstruosa. Lavka mira esos ojos y siente una sensación mareante de vértigo, como si se asomara al borde de un pozo negro.

—Intrusos —dice la criatura ofuscada. Tiene la voz grave pero extrañamente melódica, con el toque áspero de un acento que Lavka no reconoce—. ¿Con tanta impaciencia buscáis vuestra condena, ganado? Hace mil años que ningún mortal profana las criptas de mi familia.

—Vhampir —sisea Mirad, usando el término arcaico—. Lamesangre.

Los guerreros Filocuervo se revuelven y maldicen. Pocos odian a los muertos que caminan más fervientemente que ellos, pues recuerdan los días oscuros en los que los espíritus inquietos asolaban la tierra.

—No hay más dominio que el del millar de dioses —gruñe Lavka. Sus guerreros se extienden, avanzando hacia la entidad sentada. Esta sonríe, y Lavka observa el brillo de dientes blancos en la oscuridad.

—La arrogancia mortal jamás dejará de divertirme —dice la cosa—. He cazado a los vuestros desde el momento en que salisteis de las cavernas, suplicando la salvación que cualquier dios fuera a brindaros. ¿Creéis que durarán los berrinches de vuestro panteón maldito?

—En nombre del Águila Sangrienta que te cortaré la cabeza, monstruo —gruñe Lavka.

La criatura se levanta. Cuando sale de las tinieblas distinguen su verdadera forma: un hombre alto y demacrado con una voluminosa melena negra azabache, ataviado con una ornamentada coraza esmaltada. Una mano reposa en la empuñadura de una espada mientras la otra sostiene un cáliz de cristal negro. Pese a sus facciones apuestas, Lavka da un paso atrás. Puede oler la peste de la tumba enmascarada por una repugnante capa de dulce perfume. Él sonríe y observa cómo se le acercan con una expresión casi apenada. A su pesar, la jefa vacila, perturbada por su confianza.

—¿Todos a la vez? —dice él abriendo bien los brazos—. ¿O por turnos?

Mata a dos Filocuervo antes de desenvainar su arma. Mirad es la primera en perecer. Lavka no está segura de cómo ocurre exactamente, pues el movimiento es tan rápido que sus ojos no lo pueden explicar. Cuando la Filocuervo va a por él a toda velocidad, el monstruo separa los dedos y corta el aire, y de pronto de la garganta de Mirad mana un grueso torrente rojo. Jorac sigue a Mirad y la sangre le salpica en la cara haciendo que se tropiece. Antes de que recupere la compostura, la criatura lo agarra y le retuerce el brazo de la espada hasta partirlo mientras le hunde el puño en las tripas. Las atraviesa y emerge por su espalda, desplegado como una flor roja. Ahora, el rostro del vampiro no exhibe ni una humanidad fingida. La boca del señor no muerto se extiende en una sonrisa amplia y burlona para revelar colmillos monstruosos.

Van a por él todos a una, sin preocuparse ya de quién reciba el honor de matarlo en tanto destruyan al enemigo. Pero el vampiro se mueve como la plata fundida, evitando cada golpe que le asestan, girando y sajando con su sable resplandeciente como respuesta. Dos Filocuervo se derrumban partidos en dos. Otro yace gritando mientras se sujeta un puñado de entrañas. Ni siquiera han marcado al enemigo.

—¿Esto es todo lo que podéis ofrecerme? —dice, y se lleva una mano ensangrentada a la boca para lamerla. Hace una mueca—. Sabéis a servilismo insípido.

La rabia supera al miedo y Lavka profiere una súplica sin palabra a los Oscuros para que la llenen de fuerza. En ese momento lo daría todo por la oportunidad de ver a este ser humillado y suplicante a sus pies. La furia la mueve en una acometida directa en la que oscila su hacha sin habilidad pero con una fuerza temible. Aparta el esbelto sable de un golpe, vuelve a atacar y dibuja una grieta fina y profunda en la coraza del enemigo. El vampiro queda ojiplático durante un momento y, por primera vez, ella percibe que ha perforado su escudo de orgullo desdeñoso. Arroja a su paso uno de los guerreros de Lavka y ella derriba al pobre necio sin dudar. No se detiene. Sus ataques son tan salvajes e improvisados que, pese a la fuerza y habilidad superiores de su oponente, apenas puede defenderse.

—¡Basta! —ruge.

Derrota al último Filocuervo con un desdeñoso revés y extiende una mano, que cierra en un puño. Unas serpientes de sombra emergen de los rincones oscuros de la cámara y envuelven a Lavka, retorciendo sus extremidades y frenando la velocidad que le han brindado los dioses. Ella se derrumba, el hacha se le resbala de los dedos débiles; aún gruñe y se debate, pero es incapaz de liberarse.

—Me has marcado la carne. —Pronuncia las palabras con frialdad, pero ya sin un ápice de burla—. El último mortal que lo logró pereció hace siglos.

Ella se retuerce y maldice, pero incluso en su furia de batalla sabe que es inútil. Él se arrodilla y de pronto ella está contemplando esos ojos rojos y sin fondo, brillantes fuentes muertas de hambre infinita. Una podría perder la cabeza mirando esos ojos, piensa.

—Tienes una fuerza fuera de lo común para una mortal. Pero podrías ser mucho más. Han pasado muchos años… pero quizá… en estos tiempos tan complicados, no debería desperdiciarse tal potencial.

Las palabras quedan amortiguadas y poco definidas, como si surgieran de un sueño a medio recordar. El mundo se disipa. No hay otra cosa que un lago de carmesí burbujeante que se extiende en el infinito, alimentado por un millón de lentos riachuelos de sangre. Un ansia súbita y terrible llena a Lavka. Por primera vez en su vida no piensa en los dioses a los que sirve, ni en las consecuencias de fallarles. Solo quiere descender al lago resplandeciente y sumergirse en sus aguas rubí. La necesidad es casi insoportable.

Siente un súbito e intenso dolor en el cuello. Se desvanece.

Cuando despierta, siente un hambre terrible. Tiene la impresión difusa de que ha pasado mucho tiempo, aunque no puede adivinar cuánto. Su entorno ha cambiado. Se encuentra en un lugar poco familiar, pero no está atada. De hecho, las sábanas en las que yace son de satén. En algún punto en la distancia, alguien canta. ¿O quizá son gritos? Se levanta, maravillada por la potencia de sus miembros. Pese al ansia que le muerde las entrañas y la garganta, Lavka nunca se ha sentido tan fuerte.

Al otro lado de la cámara, varias figuras se encuentran engrilletadas por las muñecas a la pared. Reconoce vagamente algunas de sus caras. Ahí está Drajak. Es familia. O lo era. Al mirarlo ahora, lo único que siente Lavka es un hambre dolorosa y profunda. Puede percibir cómo el torrente sanguíneo del hombre recorre sus venas, y oler su picosa exquisitez supurar de los rasguños que marcan su rostro y brazos. Se relame y se corta la lengua con la punta de un afiladísimo canino.

—Aliméntate —dice una voz entre las sombras.

Otra cara familiar. Un hombre alto y demacrado con ojos rojos y hundidos.

Drajak la mira fijamente, sorprendido y aterrorizado.

—Pertenece a mi gente —dice, volviéndose—. Es del clan Filocuervo.

El chupasangre sonríe con una expresión desagradablemente aduladora.

—Dime, ¿sientes algún parentesco con esta criatura?

¿Lo siente? Aparece un dolor distante que podría ser culpa, pero el hambre es tan terrible que ahoga todos los demás pensamientos.

La sonrisa del vampiro se desvanece:

—Conozco la sensación que arde bajo tu piel. Quizá creas que puedes negarla, pero intentarlo es provocar un resultado aún más espantoso de lo que puedas imaginarte. Esta es tu primera lección. Habrá otras. Por ahora, bebe.

Lavka lucha contra el ansia durante un momento. Pero solo durante un momento. Apenas es consciente del peso de su elección: que está cambiando una forma de servidumbre por otra, y que esto la condenará para siempre a ojos de los Ruinosos.

Lavka descubre que no le importa.

Primero cae sobre Drajak. Se harta de su sangre como un lobo hambriento de un cadáver, y no siente ni culpa ni vergüenza en ello. Después consume a los demás. Sus juramentos, pronunciados ante los dioses vigilantes, no son sino recuerdos olvidados.

Ahora solo hay ansia. Es todo lo que conocerá jamás.

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