
—Se lo preguntaré una vez más, padre, solo para quedarme tranquila —dijo Kivya tras comprobar la silla de su corcel—. ¿Está usted seguro de que esto no es un error?
Entre el bullicio de hombres y mujeres que realizaban las comprobaciones finales al equipo y la carga y descarga de carros y ghuroch regonzones, Midar encontró un instante para mirar a su hija. Tenía los ojos feroces y la tez oscura, igualita que su madre. La armadura de Tyena aún le venía grande a Kivya, aunque quizá esa percepción era tan solo fruto del instinto paternal. La concesión de una moneda Malleus no cambiaba nada en ese aspecto.
—Los ogores Panzarroca son nuestros aliados desde hace años, hija mía —le respondió Midar, poniéndole una mano en el hombro y forzando una sonrisa. La túnica ocre que llevaba ondeaba con fuerza en el recio vendaval de Ghur—. Cuando tu abuelo y sus camaradas colonizaron esta tierra en nombre del Dios Rey, contrataron a los Panzarroca para que combatieran a su lado contra los clanes oscuros. Cuando llegó el tiempo de la bestia, no nos atacaron, sino que fueron a por los orruks del cenagal Glondar. Están asalvajados, pero…
—…pero no son monstruos. —La sonrisa de Kivya se había esfumado. Cogió a su padre de la mano y apretó; a su hija siempre se le había dado muy bien hacerlo sentir como un tontorrón—. Les pagamos. —Hizo un ademán hacia los carros, cargados todos con mojama de lomo de cuernillano y de corazones de yethar. —No mantienen la paz porque sean nobles, padre.
Un mohín de asentimiento contrariado se trazó en el rostro de Midar. Con un suspiro, le puso las manos a Kivya en los hombros. Tras un instante, el rostro se le endureció: ahora era un Mariscal reunido con su consejera.
—Tienes razón y, aun así, partimos —dijo—. Es mi responsabilidad y un día será la tuya. Siempre ha funcionado, desde el principio. No son orruks ni bestias. Por mucho que resoplen y regonzen, los ogores son astutos. Entienden nuestras costumbres. Insistiré en ello todas las veces que haga falta, y los alimentaré todas las que veces que haga falta también, si así se quedan contentos y lejos de nuestras murallas.
Kivya se había convertido en una bola de tensión. Con un suspiro y una risa, Midar le dio un beso en la frente y le alborotó el pelo, que llevaba corto. Con esa sonrisa se convirtió en su padre de nuevo.
—Y además, ¿no te gustaría conocer a los parientes lejanos de Gruella?
—Que no te apure un canalla Panzarroca, mi querida mariscalita —pronunció una profunda voz barítona no muy lejos. Gruella estaba sentada en el borde de un carro suelto comiéndose una oveja entera. Su gran peso tenía el carro totalmente descompensado. La ogora llevaba su equipo de los Gremios Libres, aunque el nido de cuervos que solía llevar a la espalda brillaba por su ausencia. Una alegría, simplona pero sincera, le hacía brillar los ojitos porcinos que tenía.
—Esta menda lerenda fue Panzarroca, y orgullosa, durante mucho tiempo. —Gruella se golpeó ligeramente la tripa acorazada con un sordo repiqueteo. Las mangas se le subieron y revelaron unos tatuajes medio desvanecidos que cubrían su musculosa forma. —Hasta que me apunté a vuestra panda del moco por la manduca. Pero son gente razonable, saben cómo funciona la cosa. —Eructó con tal fuerza que los soldados más cercanos pusieron pies en polvorosa. Midar puso los ojos en blanco y Gruella se carcajeó y le apuntó con uno de sus dedazos. —En esta vida no hay gratis. Eso es lo que dice el gran Globb de los Puñocarne. Pero un ogor no es un matón orruk. Si vosotros nos rascáis la espalda, nosotros os la rascaremos a vosotros. —Sonrió, y su colmillo chapado en oro destelló con ganas.
—Ahora, en cuanto a mí, yo nada más que quiero ver a mi viejo amigo Vog. ¿Te acuerdas de Vog, mariscal? El feo. —Gruella rio y rio y sonaba como el motor de un fuerte mecanizado poniéndose en marcha, dándose manotazos en la rodilla y echando babas por todas partes. Midar sonrió con educación al mismo tiempo que los protegía a él y a Kivya de la lluvia de escupitajos. —Pero aplastamos a un montón de charqueros en nuestro día, os lo prometo. Vog y su cuadrilla son chicos listos, mariscalita. Como la buena de Gruella.
—Bueno, si son como tú, Gruella —dijo Kivya, luchando por no sonreírle—, entonces estoy segura de que será todo un acontecimiento.

No tardaron en ponerse en marcha, siguiendo una estricta jerarquía: los Adalides al lado de los carros, y la infantería en sendos flancos. Midar encabezaba la columna, sentada muy recta sobre su montura desde la que contemplaba la transición entre los desnudos páramos del Confín de la Cicatriz y el mosaico fracturado de valles, cañones y acantilados escabrosos que se abrían más allá. Normalmente, según el protocolo, allí era donde sería más probable que los hostigaran las manadas de lobos del Confín, e incluso los enormes Colmibramantes. No obstante, el viento de hoy que silbaba entre los parvos matorrales estaba libre de aullidos y ladridos: una ausencia, un vacío, que parecían extender las llanuras de manera perturbadora de un lado a otro del horizonte antes de estrecharse en el laberinto de cañones.
La espada de Midar le colgaba con pesadez de la cintura. El hombre observó la pared del acantilado que se les cernía encima. Desde que podía recordar, la pared había estado dominada por las enormes pinturas rupestres de antiguos caudillos ogores. Ahora las tapaba un enorme círculo de dientes rojos. De los colmillos le chorreaba un rastro de rojo carmesí.
—¿Una nueva tribu? —Kivya fue la que expresó los pensamientos de Midar. Los cascos de las monturas repicaron cuando esta se acercó a su padre y lo miró inquisitivamente. —Eso cambia las cosas, padre. Es peligroso.
—Estoy de acuerdo —dijo Midar, y tiró de las riendas de su corcel. —Habrá que…
—Nop. Esto sigue siendo territorio Panzarroca.
Gruella se había abierto paso hasta la cabeza de la columna. Respiraba profundamente. Entornó la vista y analizó el símbolo. —Si no, de ahí también estaría colgando lo que quedara de los chavalotes. La nueva tribu tiene que hacer una declaración de intenciones. Y el olor… —Arrugó la nariz e inhaló profundamente el aroma del viento—. Sí, sin duda, Panzarrocas. —Pausó y miró a Midar.
—Me voy a dar una ogorvuelta, jefe. Si quieres te vienes y si no, pues no. —No valía la pena intentar detenerla; Gruella ya se había abierto paso a través de los soldados, maza al hombro, y había echado a caminar con sus toscos andares hacia el cañón. Midar dudó brevemente antes de volverse hacia su hija.
—Llévate a la mitad del destacamento de vuelta al bastión. Alerta a los demás mariscales. Volveremos tan pronto como podamos.
—Padre, no…
—Es una orden, Kivya —Midar ahora le hablaba como padre y como general. Esto último le daba fortaleza a su voz, y lo primero lo llevaba a acariciarle el rostro. Un instante después, se dio la vuelta, tiró de las riendas y se fue tras Gruella, confiando en que sus veteranos lo siguieran.

Los cañones no tardaron en estrecharse. Las paredes de roca se alzaban amenazadoras, como una corte de dioses primitivos que emitiera juicios adustos contra los suplicantes que las atravesaban. La espada de Midar le colgaba de la vaina.
Un instinto primordial, el mismo que insta a la gacela a levantar la mirada súbitamente y otear el horizonte en busca del león, instó al mariscal a mirar hacia arriba. Un frío viento le cortaba la cara. De repente, las vio, sobre el saliente del acantilado: unas figuras fornidas, armadas con una ballesta tan grande como el torso de un humano y ataviadas con gruesas pieles y cueros. Todas los observaban con evidente afán depredador.
—Peña de los Garrabestias —murmuró Gruella, escudriñando la apariencia de los toscos ogores—. Y Hafscarcha Mataiguales también… Pensaba que andaban mucho más cerca de los Glaciares Centelleantes.
—¿Son una amenaza? —preguntó Midar con un susurro. Gruella tardó un instante en responder.
—Pos no sé.
Los dos carros que los acompañaban, cuyos ejes chirriaban como cerdos en el matadero, siguieron a su lado hasta alcanzar el bastión Panzarroca. El fuerte era, más bien, un simulacro de castillo destartalado, construido sobre las paredes del acantilado y sus cavernas. De las rudimentarias ventanas salía humo. Humo, y un acre olor a carne, y sobre todo unos cánticos tectónicos desposeídos por completo de la jocosidad arrogante e indomable que Midar conocía, típica de los Panzarroca.
—Groff-kosar-mawgurgar-kos-mawgorg. ¡Groff-kosar-mawgurgar-kos-mawgorg!
Los cánticos cesaron.
Las antorchas que iluminaban las entradas de las cavernas titilaron bajo el poderío de unos rotundos pasos. Inexorablemente, como vísceras que se desparraman de una herida, emergieron ogores y más ogores. Estaban tatuadísimos, en brazos y piernas y cara. Midar vio la marca de marras otra vez: los dientes y las fauces, marcados en carmesí, chorreando. Había huesos, muchos, expuestos como trofeos y clavados en la gruesa piel de los ogores. Algunos de ellos babeaban.
La respiración de Midar se aceleró; su caballo se removía, presa también de la creciente tensión. No encontraba palabras.
—¡Panzarrocas! ¡Nuestros queridos aliados de toda la vida! —Señaló los carros llenos de comida sin dejar de aferrarse con fuerza a las riendas. Los ghuroch resoplaban, desesperados por zafarse de los arneses que los aprisionaban. —Hemos venido a ofreceros nuestro pago y así cumplir con nuestra parte del trato.
Los ogores empezaron a murmurar entre sí. Los filos romos de sus cuchillas centelleaban bajo el sol. Algunos de ellos se bamboleaban como si estuvieran en trance. Al fin, uno de los brutos dio un paso adelante. Se había condecorado con unos nauseabundos trofeos que le colgaban de la bandolera que llevaba puesta. Era difícil distinguir si lo rojo que le cubría la mandíbula era pigmento o sangre reseca.
—Nop.
A Midar se le hizo un nudo en el estómago. Gruella le ahorró la necesidad de responder y dio un paso adelante con gesto de pocos amigos.
—¿Vog? ¡Vog! Por los clavos de Globb, chavalote, pero, ¿qué pintas son estas?
El otro ogor la reconoció al fin. Había algo ahí, tosco pero sincero. Vog, pensó Midar, parecía de repente ahogado por su disfraz de salvaje. Entonces frunció el ceño y escupió.
—No queremos oír nada de ti, traidora. Ni tampoco del Fauces Relucientes.
—¿Traidora? ¡Vog, no me seas bocazas, que te colgaré de los pies! —Gruella se agarró a su maza y sacó los dientes—. ¿Y por qué no podemos hablar de Globb? ¿Del Tirano de Tiranos?
—Porque está muerto.
Los ogores empezaron a golpearse los cubretripas sin ton ni son. Se apartaron a los lados y el muro de carne hedionda que habían formado se abrió en dos. Por la abertura entró una nueva oleada de hedor: hedor fétido, hedor de carne. Los ogores inclinaron la cabeza y murmuraron una especie de tosca deferencia cuando el objeto de su devoción emergió de las cavernas. Iba vestido con una túnica recubierta de entrañas que se le pegaba al cuerpo, y cargaba con una olla de cobre llena de unas gachas viscosas. El chamán-carnicero sonrió; entre dos dientes se le había quedado pegado un trozo de intestino.
—Skulgus —murmuró Gruella mientras observaba al carnicero—. Pues vaya, ¿así que ahora te crees que eres el jefe?
—Yo no me creo nada, tripafalsa —respondió Skulgus con un eructo. Midar hizo un amago de retroceder; así pudo acercarse a la boca del cañón y gesticular discretamente a sus soldados para que siguieran su iniciativa—. Globb ha muerto. Nuestro gran y hambriento dios se hartó de él. Nos llevaba por el camino equivocado, haciendo tratos con estos debiluchos… —Gesticuló hacia Midar y luego le hizo un mohín a Gruella.
—Y los urbanitas como vosotros… Mala gente. Blasfemos y tal. Eso dice el Hambriento —afirmó Skulgus—. Ahora lo oímos mejor que nunca. Nos recordó lo que habíamos olvidado. Y una cosa te diré, chicuela… —Skulgus soltó una risita, el sonido más feo que jamás había oído Midar—. Se va a dar un festín con tus entrañas. O a lo mejor solo le sirven de aperitivo.

Gruella era una criatura oronda, pero arrancó a correr con una velocidad sorprendente, lanzándose como un tren desbocado, maza en alto. Skulgus respondió con sorna. Metió la mano en la olla y sacó un estómago. Con la lengua llena de verrugas que tenía, lo lamió, pronunció una palabra inaudible y le arrancó un mordisco.
El estómago de Gruella explotó. Explotó como un petardo en el día grande Cometario, como una bengala de entrañas. Las piernas aún le seguían corriendo cuando se miró el estómago e intentó salvar cuanto pudo a dos manos, metiéndoselo todo adentro. Con un enorme estruendo, Gruella se desplomó, se arrastró un par de metros, y luego ya no se volvió a mover.
El hedor de la muerte enloqueció a los ogores. Se lanzaron en estampida, machacándose unos a otros, frenéticos por abalanzarse sobre el cadáver de Gruella, hundiendo la cara en su panza reventada. Otros se habían precipitado sobre los Gremios Libres, arrancándoles los brazos y partiéndoselos en dos para sorberles la médula ósea. Una banda de Fusileros intentó disparar, pero Vog irrumpió en medio de la formación y sajó a tres de ellos con un solo gesto. Midar estaba en medio de gritar órdenes cuando la energía primitiva y los rugidos abrumaron a su corcel. Entre berridos, el corcel lo desmontó y Midar cayó con fuerza contra el suelo, desorientado.
—¡Padre!
El sonido de la voz de Kivya apartó el dolor y dio paso a la otra cara de la moneda, la más siniestra: el terror. Midar alzó la mirada y vio a su hija, a su niña valiente y necia, valiente y necia como lo había sido su madre, que se había metido con sus jinetes en la guarida de los Panzarroca, gritando que venía a rescatarlos. Disparó a un ogor a quemarropa en la cabeza y la materia gris le roció la cara.
—¡Kivya! —aulló Midar mientras intentaba ponerse pie. A su alrededor, no cesaba el sonido de carne abriéndose, de huesos rompiéndose, de entrañas derramándose—. Kivya, no, hija…
Por encima del fragor de la batalla oyó un sibilo, como una bestia pisando nieve. Y entonces vino el proyectil serrado, tan largo como Kivya era alta, y que la empaló por la espalda y el estómago. Se revolvió por un instante, ojiplática, escupiendo sangre, clavada a un caballo moribundo. Cuando caballo y Kivya se desplomaron, se oyó una carcajada lejana. En lo alto del acantilado, uno de los exploradores ogores bajó la ballesta. Sus camaradas seguían disparando contra los Adalides que seguían de pie.
Midar contempló el cadáver de su hija. Una sombra se cernió sobre él; no podía ver a Skulgus, pero olía su hedor, y sentía la apestosa baba cayéndole como una cataplasma sobre la espalda.
—Oh, sí —gruñó el monstruo—. Tú me irás muy bien para el estofadito.
Una manaza agarró a Midar. La cosa no se alargó mucho más.




















