Crónicas de la Ruina –Juramento de Odio

En una mañana verdiana limpia y brillante halló su fin la tribu del Cráneo de Serpiente.

Sus números habían menguado ya debido a la matanza de los últimos días. Urkan había visto caer a la mayoría bajo fuego sigmarita, pero aun así lo impresionaba la ausencia de tantas caras: Keheg Narizmocha, Malog, Cenha el Hacha y los gemelos Durg.

De alguna forma la jefa Vasha había sobrevivido a todo aquello. Ahora se encontraba ante ellos, golpeando el hacha contra el escudo mientras vociferaba amenazas y maldiciones contra los cuadros de soldados ataviados de rojo que se aproximaban desde el fondo del valle, arracimados como oseznos bajo la cobertura de sus imponentes máquinas de guerra.

En una época normal, los Cráneos de Serpiente jamás se habrían enfrentado a tal fuerza en campo abierto. Pero los días de emboscar sus lentos convoyes quedaban muy atrás. Se habían reído, entonces, de los cadáveres abandonados en torno a los nidos de raíces de árboles carnator y la sangre que empapaba el suelo, alimentando a las enredaderas cadáver hasta que se hinchaban como sanguijuelas.

Esa primera racha de victorias se había desvanecido como un sueño distante. Primero perdieron las lindes del bosque. Después, las fuentes termales y el Camino de los Altares. Ahora les quedaban las montañas a la espalda y nada más que un erial asolado por la artillería delante. Los urbanitas podían sufrir un millar de bajas y volver poco menos de una estación después con el doble de soldados prestos. Deseaban esas tierras y sus ricas fuentes, y las tendrían sin importar el precio.

—¡Bi’lal se les lleve los ojos! —vociferó la jefa Vasha—. ¡Lord Gulch, ennegrece su carne y quiebra sus huesos! Por el Óctuplo lo juro: ¡moriré con sangre sigmarita en los labios!

Urkan notó una mano en el hombro y se volvió para ver la sonrisa de Regheth. La mitad izquierda de la cara de la mujer se había convertido en un brillante amasijo de quemaduras, y la cuenca vacía del ojo aún goteaba sangre. El dolor debía ser extraordinario, pero a la corpulenta guerrera no parecía importarle.

—Aquí llega, pues —dijo—. ¿Listo para acabar con algunos de esos desgraciados antes de morirnos, atrofiado?

—Hoy no —contestó él—. He jurado mi pacto ante el Vigilante del Humo. He oído su respuesta, Regheth. He renunciado a mi alma, pero tendré mi venganza.

Regheth suspiró.

—Ya han ganado. Nos han sangrado hasta dejarnos secos y ahora han venido a terminar el trabajo. Apilan las murallas de su gran asentamiento sobre los huesos de nuestros ancestros. Esperanza Dorada, lo llaman.

—Recuerda mis palabras —dijo Urkan, y le sostuvo la cara con manos como cepos. Sentía la sangre latirle en el cráneo mientras pronunciaba las palabras—. Recuerda el pacto que he sellado ante los ojos de los dioses. Haré que esa ciudad arda.

Era una declaración vana y ridícula en la más oscura de las horas. ¿Quién era él, salvo un asesino imberbe apenas llegado a la adultez, con no más de media docena de piedras del juramento cumplidas? Pero, al hacer el voto, vio en la mirada de ella que le creía.

Entonces los primeros cañonazos llenaron la atmósfera de metal rugiente. A su izquierda, el hachero Skel desapareció en una erupción húmeda de sangre y hueso. Otros dos guerreros se derrumbaron, gritando al aferrarse a los muñones que antes eran sus piernas.

—¡A la carga! —voceó la jefa, y cada Cráneo de Serpiente aulló su propio grito de guerra mientras bajaban por la loma hacia los cañones a la espera. Más balas de cañón pasaron silbando y más miembros de la tribu fueron arrasados. Algunos de los proyectiles estallaron en una corona de llamas rojas, prendiendo la carne. A cincuenta pasos rugieron los mosquetes, y las primeras filas de los miembros de la tribu perecieron en concierto, desplomándose con ese peculiar aire desmadejado de quienes ya están muertos mucho antes de tocar el suelo.

—¡Muerte a Sigmar el cobarde! —gritaron los Cráneo de Serpiente, pero su desafío quedó ahogado por la segunda andanada sigmarita. Para cuando alcanzaron la línea de soldados rojinegros, quedaban menos de un tercio de los suyos.

Entonces llegó la masacre mano a mano, y aquí al menos los Cráneo de Serpiente contaban con ventaja. Enardecidos por el poder de los juramentos y la rabia, mataron, hachas mordiendo cuellos y abriendo vientres, convirtiendo en astillas inútiles las armas sigmaritas. Urkan entonó el nombre del Vigilante del Humo, y en la sangre que manaba a chorros de sus enemigos creyó ver el rostro aviar de esa deidad caprichosa, carcajeándose y animándolo. La jefa Vasha, cuyo brazo izquierdo no era más que un muñón ensangrentado, aullaba como una demente al machacar con el borde del escudo el cráneo de un hombre que se debatía. Regheth rugía algo incomprensible mientras empuñaba un trozo de carne deforme que bien podría haber sido la cabeza decapitada de un enemigo. Los urbanitas arrojaron las armas y huyeron desordenadamente. Embriagados de violencia, los Cráneo de Serpiente aullaron su triunfo y los persiguieron.

Pero para entonces, todo cañón del valle apuntaba hacia su posición.

Los envolvió una tormenta de muerte. Bajo la concentración aterradora de balas de plomo, los cuerpos se desintegraban, sencillamente. El aire se llenó de fuego y humo y sangre. Urkan sintió el impacto de una bala destrozarle el codo, y después otro que le arrancó la oreja derecha. Cayó de rodillas, y quizá esto le permitió sobrevivir al cañoneo mientras, a su alrededor, sus parientes eran aniquilados.

El suelo se agitó. Del humo producido por un centenar de mosquetes llegó el fuerte mecanizado del enemigo, que descollaba sobre el campo de batalla como un titán mítico. La fortaleza andante se detuvo y hubo un ruido chirriante y pavoroso cuando sus mecanismos giraron y los proyectiles se encajaron en posición. De sus torres llegó un torrente de estelas humeantes, que giraban y se retorcían en el aire antes de estamparse contra la tierra. La explosión cubrió el campo de fuego, y Urkan sintió el calor abrasador del impacto ampollarle la carne poco antes de que la onda sísmica lo levantara por los aires y lo aventara siete metros. Aterrizó en un cráter lleno de agua helada y fétida. La mera fuerza del impacto amenazó con arrebatarle la consciencia. Se deslizó bajo la superficie. A través del líquido turbio vio florecer más bolas de fuego y sintió el tremor de los cañonazos. Agarrándose a un terrón de barro, se liberó entre arcadas al tratar de respirar con los pulmones lastimados.

Algo llegó al cráter entre volteretas, cayéndole encima con fuerza suficiente para volver a sumergirlo. Mientras la charca se enturbiaba con barro y sangre, miró la expresión muerta de Regheth, partida por una esquirla de metralla que se había hundido en su frente. La rabia y la pena lo embargaron y trató de gritar. Un agua acre le inundó los pulmones y sintió que la fuerza abandonaba sus extremidades cuando trató de liberarse del peso muerto del cadáver de su amiga.

Cuando la negrura lo barrió todo, estuvo preparado para morir y enfrentarse al destino que lo aguardara en la otra vida. Pero entonces, con claridad, escuchó el susurro en su mente: la voz que lo acompañaría el resto de sus días.

Sesenta años después.

El fuego brujo fundió la piedra consagrada hasta que fluyó como el agua, y con un rugido rechinante cayó la primera muralla. Una gran cortina de humo y ceniza onduló en el ambiente. Al combinarse con los incendios rugientes de Esperanza Dorada, tornaba el cielo de un ominoso carmesí oscuro. Los defensores corrieron a la brecha, apresurándose a adoptar las formaciones castelitas bajo las órdenes vociferadas de sargentos manchados de hollín.

—¡Guerreros de Sigmar! —gritó el Mariscal Adalid Orvis Cade, guiando a su corcel por la retaguardia de la línea de batalla—. ¡Este es vuestro hogar! Vuestros abuelos se deslomaron y sangraron para construir este santuario. Arrancaron esta tierra de manos de adoradores de la ruina y sacrificadores humanos, y la purificaron con la fuerza de su fe. ¿Cuál será vuestro legado, soldados de Sigmar? ¿Vais a permitir que caiga la ciudad u os aprestaréis y mataréis a cualquiera que ose cruzar esa brecha?

Los rugidos a pleno pulmón que contestaron a las palabras de Cade demostraban que sus tropas aún no habían perdido el espíritu. Esa moral se puso a prueba hasta el extremo tan pronto las primeras sombras asomaron por la abertura surcada de escombros.

Primero llegó una losa colosal de carne grisácea, marcada y surcada por cicatrices. Era un bruto ciclópeo que aferraba en las manos un trozo inmenso de mampostería. Lo recibió una andanada arrolladora de disparos; aulló cuando parte de su quijada reventó en una salpicadura de sangre y hueso. Vacilante, arrojó el tosco proyectil. Los del Gremio Libre estaban tan apretujados que no pudieron evitar el pedrusco. Aplastó el cráneo de un Yelmoférreo y dejó a otros dos hombres chillando con los huesos hechos polvo.

El Mariscal Cade urgió a su montura a cruzar el hueco entre las líneas de infantería y echó mano de su pistola dragón, enfundada en la pistolera en el flanco del caballo. La sacó y apuntó al gigante de un solo ojo. Disparó, la mirada fija en la nubecilla de humo rojo que produjo la bala al impactar contra la sien del monstruo. Se derrumbó el gigante en el suelo, muerto o moribundo.

Emergieron más figuras: guerreros enormes de hombros anchos envueltos en metal inscrito con símbolos que llenaban la boca de Cade con bilis ácida y le provocaban una jaqueca pulsátil. Desde todos los flancos chocaron balas contra la cuña blindada, resonando y rebotando contra escudos y gorjales. Algunos de los brutos cayeron. Muchos otros se limitaron a ignorar la andanada entre risotadas y aumentaron el ritmo, arrollando a la línea de Yelmoférreos e, implacables, obligando a retroceder a los sigmaritas. Cade soltó una maldición al reconocer que el resultado de la batalla dependía de si lograban contener a los enemigos en las puertas.

—¡A mí, Adalides! —gritó, y sus jinetes de élite formaron a su espalda una cuña de metal y carne de caballo. Cabalgaron contra el flanco de los adoradores del Caos, golpeando con mazas y cortando con espadas de caballería pesadas, aprovechando la mole de sus corceles de guerra para hundir a los guerreros en el barro y aplastarlos bajo los cascos. Mataron a muchos en esa carga, pero la densidad del enemigo era tal que su inercia se agotó enseguida. Ahora, hojas rúnicas apuñalaban a los jinetes en el vientre o en el costado y manos enguantadas arrancaban a Adalides de las monturas para masacrarlos.

El Mariscal Adalid animó a sus soldados a seguir luchando. Gritó hasta dejarse la garganta en carne viva, alzando la voz sobre el ensordecedor choque de aceros y el estruendo de los disparos. Pese a su precio en sangre, la carga había detenido el avance del enemigo. Al ver a su líder en batalla, hombres y mujeres al borde del pánico recuperaron el coraje. Pareció que aún podría evitarse la derrota. Entonces Cade vio a la monstruosidad reptiliana caminar pesadamente hacia él y el yelmo de guerra de su jinete, tan elaborado en su ornamentación, con cuernos dorados, que solo podía ser un señor de la guerra. Cade trató de maniobrar para recibir el ataque de su rival, pero el combate era demasiado caótico y su corcel estaba demasiado cansado, y sangraba de varios tajos profundos.

El hacha de su enemigo apartó su sable sin cuidado y se hundió en el hombro del Mariscal. El hueso se astilló con un crujido húmedo. Una agonía cegadora lo hizo soltar las riendas y sintió que su brazo se le desgajaba mientras él se deslizaba de la silla y se estampaba contra la tierra fría y húmeda.

Cuánto estuvo allí, retorciéndose de dolor, no supo decirlo. Le habían cortado la extremidad y sin duda se había partido el cráneo en la caída. De alguna forma, ni los guerreros apiñados ni los caballos aterrorizados lo arrollaron hasta la muerte. Al final, la batalla lo dejó atrás. Los defensores de Esperanza Dorada habían huido hacia el interior de la ciudad al ver caer a su Mariscal. A su alrededor resonaban los gritos y las carcajadas, y Cade no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos y escuchar esa cacofonía de horrores.

—Has luchado bien para ser uno de los cachorros de Sigmar. Ha sido una carga osada.

Cade abrió los ojos y observó el rostro cubierto del guerrero que lo había derribado. El jinete de la bestia iba acompañado de una docena de escoltas, hombres gigantes, salpicados de sangre y mugre de pies a cabeza.

El señor de la guerra clavó talones en los flancos de su montura reptiliana y se acercó lentamente al Mariscal Adalid. La bestia babeaba hilos de saliva rancia que dibujó líneas fundidas en su coraza. Sus fauces abiertas estaban llenas de filas de dientes negros, y entre los colmillos colgaban trozos de carne putrefacta. El hedor era insoportable.

—Nos puedes matar a todos —jadeó Cade—, pero esta es nuestra tierra. Este es el reino del Dios Rey y tus dioses jamás gobernarán aquí.

El jinete se lo quedó mirando un momento y se echó a reír. El resto de guerreros ruinosos no se contagió de su humor, y observaron al Mariscal Adalid con expresiones de odio homicida.

—Vuestra tierra —repitió el hombre al fin—. ¿Sabes? A veces se me olvida lo pobre que es en realidad la memoria humana. Dos generaciones. ¿Solo eso hace falta para que las mentiras del dios cobarde suenen a verdad?

Cade dio un respingo cuando la horrible bestia hizo rechinar las mandíbulas a escasos centímetros de su cara. Apestaba a carne podrida y bilis agria. El jinete bajó de la silla y aterrizó con el crujido del metal. Con una orden siseada mandó lejos al reptil, que miraba aún con hambre el cuerpo ensangrentado de Cade. Su amo se arrodilló junto al Mariscal antes de quitarse el casco, revelando una cara curtida con una cabeza cubierta de pelo gris muy corto. Su mirada era brillante e inteligente, pero el izquierdo estaba retorcido por una protuberancia similar a un cuerno que emergía de la sien, tirando de la piel de forma que ese lado de la cara parecía una máscara de mirada maliciosa. Por lo demás, a Cade lo sorprendió lo normal que parecía. Lo cuerdo.

—Esta tierra jamás fue vuestra —dijo el señor de la guerra—. Esto era territorio de Cráneo de Serpiente… hasta que un día llegaron vuestras máquinas de guerra y los barrieron a todos con fuego y balas.

—¿Y qué? —escupió Cade—. ¿Crees que eso habría de avergonzarme? Eran saqueadores y asesinos, como todos los que se arrodillan ante los Ruinosos. He combatido en las tierras interiores. He visto los horrores que provocáis. Camaradas desollados vivos. Puestos defensivos saqueados, masacrados hasta el último hombre. Deberíamos haberos quemado a todos.

El labio del señor de la guerra se retorció en lo que podría haber sido una sonrisa.

—Pero fracasasteis —dijo—. En realidad, tu gente me hizo lo que soy. Os lo agradezco. Ese día fue una bendición que me guió al sendero hacia el poder verdadero. Urkan de la Tribu de Cráneo de Serpiente era un idiota medio ciego que cojeaba en las tinieblas de un mundo que no podía aspirar a entender.

Se inclinó hacia él hasta que su rostro quedó apenas a unos centímetros del del Mariscal. Cuando Cade miró esos orbes grises, vio las luces oscuras que ardían tras ellos y los mundos de horror que había presenciado. Vio que, pese a su apariencia tranquila, ese hombre estaba loco. El miedo se adueñó del corazón de Cade, más intenso que el dolor.

—Ahora he abierto los ojos —susurró quien antaño fue Urkan—. Y estoy aquí para cumplir un juramento.

Se alzó y volvió a ponerse el yelmo.

—Lleváoslo —ordenó a sus guerreros—. Cuando arda la ciudad, que este imbécil arda con ella.

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