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Crónicas de Ascuagarda – Sangre en las Minas

Sangre en las Minas

Antaño llamaban el Yesquero a ese lugar. No había sido una mala elección: la riqueza de Ascuagarda procedía de las vetas de piedra del reino que surcaban sus minas. Ardían y humeaban día y noche, destellando con el brillo encolerizado de la piedrascua. Subterra tenía por lo general la decencia de ser fresca y húmeda. Pero esto era Aqshy, así que por supuesto que tenía que ser tórrido, tanto que la armadura abrasaba al contacto con la piel sudorosa.

Ardorn Correllamas había decidido que lo odiaba. Odiaba que el calor le taponara la garganta. Odiaba el techo bajo de los túneles de la mina, con sus estalactitas de granito y basalto, y odiaba la forma en que serpenteaban en burlonas curvas ciegas, que en nada se parecían a las ondulantes praderas de hierbardiente en las que había cazado de joven. Odiaba la vieja excavación multinivel que se extendía como terrazas de madera quemada sobre piedra negra. Desde el borde de un abismo vertical surcado de plataformas de madera, raíles cortados y cabestrantes desvencijados, echó un vistazo a la oscuridad. Llegaba a las entrañas de la montaña Monteceniza, iluminada por cúmulos pulsátiles de piedrascua que nadie había sido aún tan necio como para intentar recuperar.

Pero lo que odiaba más que nada era el chirrido y las chispas del afilado de cuchillos.

—Por las campanas del Dios Rey, ¿puedes parar con eso?

El sonido del afilado cesó. El Forjado en la Tormenta suspiró antes de mirar por encima del hombro. Una sombra se separó de la pared de la cueva. Vestía un atuendo similar al de Ardorn, pero con más partes de la armadura ocultadas por capa y tela. Media máscara y una capucha cubrían la cara de la guerrera; solo se le veían los ojos, y llenos de desdén.

—Debo mantener afiladas mis hojas, Ardorn. —La voz de Farasa la Renacida, con su acento curioso y difícil de ubicar, no transmitía rencor obvio. Pero su reprimenda era evidente, tan cortante como los cuchillos ahora envainados en su cintura.

—Está claro —dijo Ardorn. Se notó gruñir.

—Si hemos de cumplir nuestra misión de proteger estas minas, todos debemos mantenernos a punto. —Hizo un gesto hacia la piedra de afilar que sostenía y habló con la paciencia fingida de un tutor. Se preguntó si Farasa habría sido predicadora en su primera vida, aunque no estaba claro de qué fe—. Eso lo entiendes, ¿verdad?

—Entiendo que llevamos meses aquí abajo, evitando a toda costa que las zarpas de las alimañas y las manos de nuestra errada gente toquen esta piedra del reino.

Ardorn escupió las palabras. Dio un paso adelante, cara a cara con Farasa, con la mano apretada en un puño.

—Entiendo que este deber nos ha apartado del frente de guerra —dijo Ardorn—. Entiendo que en cada esquina que doblamos podría esconderse una muerte súbita e indigna. Y entiendo que, pese a todo, insistes en hacer alarde de tu irritación. Afilas tus espadas con gran ceremonia y cortas y apuñalas con cada palabra. ¿Buscas provocarme, Farasa? ¿Te sonríes bajo esa máscara por haberlo conseguido?

El techo de la caverna retumbó de pronto, salpicando gravilla y ceniza. En lo alto volvían a bombardear la superficie arruinada de Ascuagarda, aunque era imposible decir qué bando. Dio pausa suficiente a la discusión creciente como para que un suspiro la atravesara.

—Os juro que tenemos esta pelea todos los días.

Yurik se había sentado en una excavadora volcada para revisar su ballesta. El hombre de más edad se había quitado la máscara Impasible y la había dejado a su lado. Miró a los dos mientras se rascaba la mandíbula color teca y los ojos le destellaban con un brillo irónico.

—Antes de que os hagáis pedazos mutuamente y tengáis que dar cuentas ante el trono del Dios Rey, ¿qué tal si respiráis hondo y recordáis dónde estamos?

Ardorn llenó los pulmones y frunció el ceño. El humo le quemó el fondo de la garganta por las ardientes emanaciones arcanas de la piedrascua. Hizo una mueca. La piedra del reino aqshiana, tan concentrada como en el fondo del Yesquero, siempre hacía hervir los sesos y la sangre. Te asaltaba por sorpresa si no te dominabas. Con voluntad se obligó a calmarse.

—Perdóname, hermana —dijo Ardorn, extendiendo la mano derecha sobre su izquierda en un viejo gesto tribal de contrición—. Me he dejado llevar.

Farasa dudó antes de imitarlo con incomodidad.

—Hemos sido ambos.

—Y Sigmar observó que la paz volvía a reinar en los salones de Altoheim, y sonrió secretamente y pensó que era bueno. —Yurik rió entre dientes al citar a uno de los dramaturgos azyritas a los que tanto cariño tenía—. Solo porque se acerque el fin del mundo no hay que dejar la educación de lado, ¿no?

La mirada mordaz que ambos le echaron quedó interrumpida cuando otro fuerte temblor agitó la caverna. Llegó en un estallido fantasma de calor y ruido, y el filo de una explosión aún mayor provocó un desprendimiento en un túnel adyacente. Los tres Forjados se giraron en posición de combate. Yurik se levantó y se colocó el yelmo.

—Eso no ha sido un bombardeo en la superficie. —Era verdad; a estas alturas, todos conocían el sonido de las bombas disformes.

—Vienen los Skaven, hermanos —dijo Ardorn. En sus palabras vibraba un toque feral mientras alzaba y preparaba su pistola ballesta—. Al fin, una presa sobre la que dar rienda suelta a nuestra furia.

—Una explosión exquisita-magnífica, ilustrísimo Brujo. Si-si pudiera aconsejar…

—No puedes.

Zikkit Roerroca estaba de un humor demasiado bueno para soportar la indignidad de explicarse. Olfateó y sus bigotes se sacudieron al percibir el dulce hedor azufre de la detonación. La roca se desgajó y cayó de la herida aserrada en la pared del túnel. Aún no lo habían atravesado del todo, pero entre las grietas se vislumbraba el brillo delator de su tesoro. Una veta rica en piedrascua, una de las que las cosas-hombre habían sido incapaces (o, probablemente, demasiado estúpidas) para recuperar antes de que el Gran Ascenso se las tragara. Ahora, Zikkit se haría con todo ello, como era correcto y apropiado.

—Sí, malignidad, lo único… —gimoteó Nitch Morroquemado. El Acólito llevaba una máscara de gas que no ocultaba su tono de adulación. Cambió el peso de un pie a otro entre respingos nerviosos mientras las bombas que le colgaban de las bandoleras entrechocaban. Una rata gorda se acurrucaba en su hombro y siseaba al Brujo—. Lo único, no estamos solos aquí abajo, no-no. Otras bandas-clanes. Y las cosas-tormentosas…

Se detuvo en seco, boqueando y graznando, cuando la garra mecánica de Zikkit se cerró en torno a su garganta. El Brujo sonrió al levantar a Nitch, cuyos pies y cola se movían y agitaban en un borrón frenético. Zikkit apretó más y Morroquemado graznó, manoteando débilmente contra las garras de hierro que lo estrangulaban.

—No entiendes mi visión, gusano. Quieres ser Bombardero, ¿no-no? ¿Unirte a los tecnoaquelarres? Pierde-abandona este… nerviosismo. Necesito esbirros, pero no eres irremplazable. —Zikkit siseó cada palabra mientras sus gafas brillaban con luz interna. Nitch asintió desesperado. Con un bufido, Zikkit lo dejó caer y el Acólito se sacudió y jadeó antes de volver contra la pared. Se le impuso una mirada de irritación.

—Aun así… Piedrascua volátil, sí-sí. Taladro, quizá. ¿Y Rittak? —Su segundo se había desvanecido en busca de más piedra del reino, y aunque le había facilitado pensar, ahora lo necesitaba. Murmurando, Zikkit levantó su propio taladro. Condensar la energía necesaria para accionar una tuneladora bruja en un dispositivo a dos manos hacía que el cacharro siempre temblara peligrosamente, pero en tanto se limitase a temblar, era un problema para el futuro.

—Lo haré yo, entonces, sí-sí.

—Maestro.

El Brujo estaba a punto de decidir cómo desmembrar a Morroquemado cuando se percató de que no había hablado él. Al fondo del túnel se agazapaba Krittatok, tanteando el terreno con largas garras de metal. La máscara del Acólito se encaró hacia Zikkit. Se vio obligado a sofocar un estremecimiento. Krittatok tenía algo raro, y no solo la voz rasposa con la que se empeñaba en hablar.

—La piedra habla —dijo el Acólito, girando la cabeza de pronto—. Se acercan cosas-enemigas.

—Yo no oi…

Zikkit se detuvo. Sí que oía algo resonar a través del techo de piedra. El golpeteo de pies correteando antes de que las tablas de madera usadas para bloquear una grieta en el techo reventasen. Unas formas doradas se dejaron caer por la abertura con un revoloteo de capas.

Krittatok tendría que haber sido aplastado por el aterrizaje de las cosas-tormentosas, convertido en papilla. Pero, cuando aterrizaron, el Acólito ya no estaba allí. Estaba desenroscándose de la oscuridad y saltando a la espalda de una de esas moles con capa y media máscara. Saltaron chispas cuando sus dedos-hoja chocaron contra dos cuchillos.

Morroquemado había conseguido no ponerse del todo en evidencia. Había tardado menos de un suspiro en preparar una bomba y lanzarla entre tics. Quizá por eso detonara prematuramente. La roca se desprendió de la pared del túnel y el líder de las cosas-tormenta se giró y protegió la cara frente a las esquirlas desolladoras.

El flujo de adrenalina permitió a Zikkit absorber todo esto. Era muy consciente, pues, de que el guerrero en la vanguardia de la manada de cosas-tormentosas lo apuntaba a él con una ballesta, y su punta crepitaba con plasma tormentoso.

Sus glándulas de miedo-almizcle se preparaban para chorrear cuando escuchó el rugido rasposo de un motor acercándose rápidamente.

Rittak Verm daba alaridos de alegría. Se perdían en el lamento motorizado de la Rueda de Muerte que nunca abandonaba y siempre insistía en acelerar al máximo. Giró en un borrón cegador; su jinete enloquecido soltó aún más carcajadas. Y cuanto más rápido giraba, más chisporroteaba el taladro bláster de piedra bruja montado en el frente.

Zikkit se lanzó a un lado cuando un proyectil brujo brotó de la punta del taladro hacia el fondo del corredor. Acertó al tirador en el pecho y lo derribó mientras disparaba, errando el tiro. Golpeó la Rueda de Muerte de Rittak, que se sacudió hacia un lado lo suficiente para chocar contra una roca y salir volando, rozando la pared del túnel mientras Rittak gritaba y otro proyectil brujo errante se perdía en la oscuridad. Se le unió otra explosión, igual que los gritos maníacos de Morroquemado. Aquel mundo confinado se estrechó aún más. Humo. Gravilla. Lenguas de fuego que arrancaban el aliento.

El instinto salvó al Brujo. Sintió el aire desplazado antes de ver la hoja y levantar el brazo mecánico para agarrar al líder Forjado en la Tormenta mientras lo atacaba. Músculo forjado por los dioses se abultó contra el acero manchado de hollín.

Zikkit rompió la presa y se agazapó hacia atrás, tomando el taladro a dos manos. Rechinó al activarse, chisporroteando mientras el Brujo intentaba apuñalar con él. El Forjado en la Tormenta se vio obligado a retroceder ágilmente. Los virulentos rayos disformes rebotaron contra la armadura dorada.

El Forjado había desenfundado una pistola ballesta. Si Zikkit no se hubiera lanzado ya a por él, el virote le habría perforado el cráneo angular. En su lugar, cortó una línea crepitante en su mejilla, y la punta de su Tuneladora Bruja arrancó un trozo del costado del Forjado.

Se separaron entonces, alimaña e inmortal, jadeando intensamente mientras se miraban a través de la abarrotada infraoscuridad. Mientras la batalla se desarrollaba a su alrededor, el acero cantaba y los motores rugían. Sus posiciones se habían invertido, percibió Zikkit. El Forjado se erguía de espaldas a la pared debilitada, un centinela lleno de odio en cuya cara se dibujaban las ansias de hacer-matar. Durante un momento, lo llenó el miedo. El Brujo se agitó con el ansia-huir.

Y entonces, desde las fisuras en la profundidad de las paredes del túnel y por las grietas creadas por la explosión, la luz destelló como si los llamara. Una cascada de brillo-ascua ambarino extendió un calor enfermizo y furioso por su cuerpo y provocó que el Skaven siseara y le enseñara los colmillos. La cosa-tormentosa pareció percibir también la cascada ardiente. Sus rasgos aristocráticos se retorcieron de odio; la herida del costado le goteó sangre al tiempo que la escupía por la boca.

—¿Quieres la piedrascua, alimaña? Te invito a que la tomes.

—Sí-sí —asintió Zikkit como si fuera obvio. El destello del fuego se reflejó en sus gafas mientras cargaba la potencia de su taladro—. La roca-rabia es mía-mía. Métetelo en la cabeza, cosa-hombre. No te salvará.

El techo se agitó de nuevo bajo la furia del bombardeo sostenido. El metal chocó, el relámpago destelló… y la piedrascua enterrada brilló ardiente.

Entre gruñidos de furia, el Forjado avanzó espada en mano. Envuelto en energía disforme y luz de piedrascua, Zikkit siseó y saltó a su encuentro.

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