
—Vale, Bes —dijo Rionn, sopesando su lanza y alcanzando el yelmo—. ¿Qué posibilidades crees que tenemos esta vez?
Anteriormente, la otra Vindicadora habría respondido a la pregunta con una broma o una baladronada tímida. Como poco, con un encogimiento de hombros o un suspiro. Esa vez no reaccionó en modo alguno, lo que inundó a Rionn de una tristeza casi insoportable. Besara se erguía recta y antinaturalmente quieta, oteando el horizonte entre la ceniza y la ruina de Quiebro de Ratham. Su mirada, antes centelleante, ahora contenía únicamente una especie de vacua vigilancia. Llevaba así mucho tiempo, pero Rionn no se había acostumbrado todavía. Había comenzado en la amarga campaña contra los Saqueadores Rastreaviento, y Bes había muerto tres veces desde entonces. Cada vez que su alma se hacía añicos sobre el Yunque de la Apoteosis, se volvía algo más fría. Algo más distante. Algo menos la amiga junto a la que Rionn había combatido tantos años.
—No hemos matado suficientes —dijo Bes—. Los hombres rata son demasiados y no contamos con recursos para contrarrestar su artillería. Podremos soportar quizá un asalto más.
«Si tenemos suerte», pensó Rionn. Quedaban menos de treinta Martillos de Sigmar para proteger el Quiebro: un surtido desperdigado de infantería, algunos arqueros y dos jinetes de grifo. Era lo único que quedaba de una hermandad entera tras un mes de amarga guerra de desgaste. Allí, al borde del Roer, existía poca opción de recibir refuerzos, los enviaran de Azyr o de otro sitio. Quedaban en pie unas dos veintenas de miembros del Gremio Libre, aunque a duras penas. Se les acababa la munición y, lo que era más importante, la comida.
Rionn se acercó a su amiga y le posó una mano en el hombro.
—Lo hemos pasado peor otras veces —dijo, haciendo una mueca por el desenfado forzado en su tono.
Besara no dijo nada.
—¿Te acuerdas del Portal Pírico? Tú y yo mano a mano contra una horda de saqueadores de Khul. Para cuando acabamos, yo tenía una lanza atravesada en el muslo y me faltaba una mano. Tú, ni un rasguño. Cuatro días y cuatro noches combatiendo y ni un moretón. Siempre he pensado que tenías la misma suerte que Sigmar. ¿Te acuerdas?
Besara se la quedó mirando y un destello súbito de dolor le surcó la cara pálida. Volvió la cabeza.
—No —dijo calladamente—. Espero que sea un buen recuerdo, Rionn. Consérvalo por mí.
Las palabras le clavaron a Rionn otra esquirla de vidrio en el corazón. ¿Cuántas muertes harían falta para borrar a su amiga por completo?
No tuvo mucho tiempo de afligirse por ello. Una flecha se alzó en el cielo, disparada a modo de señal por uno de los exploradores del perímetro. Dibujó un arco alto sobre el puesto defensivo y desapareció por los acantilados de la izquierda. Estalló el movimiento ajetreado y un coro de gritos apremiantes al correr los Forjados y los del Gremio Libre a guarnecer las defensas.
Los Skaven habían vuelto.

Rionn y Besara se apresuraron a unirse a los camaradas que se apostaban en la puerta principal. La entrada al Quiebro había sido una puerta recia de piedra ígnea, pero el fuego brujo y los explosivos la habían reducido a poco más que un cúmulo de escombros apilados, una debilidad evidente en las defensas desmigajadas del puesto defensivo. Unos miembros del Gremio Libre con iniciativa habían clavado unas cuantas picas en el suelo para formar un obstáculo tosco pero efectivo. Varios hombres rata en descomposición colgaban de las puntas, las bajas desafortunadas del último asalto.
A unos cien pasos al otro de la puerta, el estrecho cañón hervía de movimiento. Las ratas acudían en marabunta, tan apiñadas entre sí y moviéndose tan rápido que poseían una cualidad extrañamente líquida. Resonaron disparos. Era imposible decir cuántas de las balas de los Fusileros habían acertado contra algo dentro de esa masa amorfa, pero al rugir el último Gran Cañón del Gremio Libre, abrió una brecha sangrienta, de una evidencia espantosa, en la marea de pelo y carne. Las flechas de los Vigilantes llovían desde el cielo en oleadas salvajes mientras los arqueros hacían lo posible por mermar la inundación.
Las andanadas de los sigmaritas recibieron como respuesta chorros abrasadores de rayos disformes desde una batería distante enemiga. Los chillones proyectiles abrieron agujeros en defensas y defensores por igual, fundiendo piedra en un lodo burbujeante y desintegrando a hombres y mujeres in situ. El chasquido de los fusiles largos creció en intensidad. Rionn tuvo que dar un paso atrás para evitar el cadáver de un Fusilero derribado desde la muralla. El hombre tenía un agujero perfecto que le taladraba la frente. Unas feas volutas de humo verde flotaban de la herida.
—¡Preparaos! —gritó el Vindicador Mayor Lucien, y los Forjados alzaron escudos y lanzas en guardia. En el flanco izquierdo de Rionn, Segnen cantaba una plegaria de batalla con voz aguda y ansiosa. Algunos Vigilantes se le unieron, pero la mayoría se encontraba demasiado fatigados para ello, pues hasta su resistencia sobrenatural estaba al límite.
—Te apuesto un barril de cerveza duardina a que no nos morimos —murmuró Rionn a Besara, cuyo escudo tocaba el suyo. Bes la miró y asintió mecánicamente.
—Lo acepto.
En un coro de aullidos chillones y enloquecidos, los hombres rata llegaron a las murallas. Movidos por su pura inercia, muchos se empalaron en las picas de la empalizada. Otros cayeron o fueron arrollados por los suyos. Algunos saltaron sobre las murallas exteriores, intentando escalar la piedra irregular para llegar a los artilleros de arriba. Un chorro de figuras jorobadas se derramó sobre la obstrucción destrozada y se arrojó sobre los Martillos. Los hombres rata tenían la mirada salvaje y demente; su hedor era una alquimia acre de miedo, entusiasmo y odio.
Una veintena de lanzas de Vigilante atacaron con definida simultaneidad, y los primeros enemigos perecieron antes de desatar su ruina. El propio arma de Rionn se hundió en el pecho escuálido de un guerrero Skaven; la retiró y volvió a apuñalar otra docena de veces a diferentes objetivos. Los hombres rata muertos comenzaron a apilarse frente a la posición de los Martillos, pero su empuje era imparable. Los gritos desgarraban el aire. La acometida de la artillería pasó a ocurrir en un único sentido. Los muros rechinaban y se agitaban bajo el incesante estruendo de los impactos. El Gran Cañón había callado. Rionn no podía pararse a mirarlo, pero suponía que los malditos francotiradores habían acabado con el último de los artilleros.
Los Forjados comenzaron a caer. Sencillamente, las ratas los abrumaron, arañando las juntas de la armadura sigmarita con las toscas hojas hasta encontrar un hueco en el que hundirlas. Los relámpagos proyectaban colores estroboscópicos en el campo de batalla, tanto el blanco puro de la energía azyrita descorporalizada como el vil arte verde de los Skaven. Los camaradas gravemente heridos no dejaban de luchar, matando hasta el momento en que sus cuerpos se disolvían en rayos vociferantes y saltaban de vuelta a los cielos. De alguna forma la línea se mantenía. Con los hombres rata siempre era así, se dijo Rionn. Si soportabas los momentos iniciales de su acometida, su mera escala y ferocidad, podías capear el temporal hasta que se desmoralizaran.
Pero siempre era igual con aquellas criaturas despreciables. Cuando pensabas que ya sabías cómo actuaban, te hundían la daga en la espalda.
El suelo se sacudió bajo sus botas. La roca seca se partió y sonó un ruido profundo y catastrófico, como un guiverno cavernario que rechina sus muchos colmillos. Rionn se arriesgó a mirar atrás y observó cómo el suelo del recinto cedía al emerger de las profundidades unas grandes fauces de metal en movimiento, salpicándoles una granizada letal de fragmentos de piedra. La máquina diabólica se alzó en el aire como una ballena sale a la superficie y cayó, aplastando a un grupo de miembros del Gremio Libre entre alaridos. Hubo un momento de calma estupefacta en el que toda la batalla pareció detenerse para asimilar este devastador giro de acontecimientos. Entonces, en el costado del taladro se abrió una gran placa de metal y de su interior surgieron guerreros vociferantes, no solo las nervudas tropas comunes, sino también los horrores corpulentos y babosos que superaban en altura a cualquier Forjado, y cuyos cuerpos estaban surcados por toscos costurones y vetas de piedra bruja pulsátil.
—¡Retirada! —gritó el Vindictador Mayor Lucien—. De vuelta a la segunda línea.
La última línea. Poco más que el esqueleto calcinado de los antiguos barracones del puesto defensivo, destruidos por el fuego y repletos de heridos y moribundos. Allí combatirían hasta que no pudieran seguir haciéndolo, y caerían uno a uno.

Rionn estaba lista para obedecer la orden de su Mayor cuando se percató de la apertura de su flanco abierto. Un hombre rata se abrió paso hasta ella para atacarla, pero le hundió el borde del escudo en la cara y lo pateó en el pecho tan fuerte que notó romperse sus costillas. No veía a Bes por ningún lado.
Al principio, Rionn creyó que su amiga había caído, pero un destello de sigmarita le indicó que aún peleaba, ignorando la orden del Vindicador Mayor Lucien. Rionn se quedó sin aliento. Besara estaba rodeada de cadáveres. Un círculo de Skaven siseaba y trepaba trabajosamente, intentando reunir el valor para atacarla en masa.
—¡Bes! —gritó Rionn—. Retírate, joder.
Su amiga la miró un instante y en sus ojos chisporroteantes Rionn no halló amistad alguna, ni siquiera un destello de reconocimiento. Besara se había ido, consumida por un fervor asesino desapasionado que Rionn había visto antes en la expresión de camaradas perdidos. Esa mirada hueca de los que han pasado por demasiadas Reforjas, cuyas almas se han desgastado hasta quedar convertidas en algo frágil y sin alegría que solo ansiaba una batalla justificada. Al creer que su enemiga estaba distraída, los Skaven se acercaron. Ahí se equivocaron. Besara se movió con una agilidad terrible, trazando un amplio semicírculo con la lanza que derribó a dos hombres rata para después clavarla una, dos, tres veces. Varios cadáveres más se unieron a la pila a sus pies.
Rionn vio la Rataogor por el rabillo del ojo antes de que atacase, una masa de carne y músculo rancia y cerosa que se movía tan rápido como se abalanza un león. Irrumpió entre la multitud y chocó contra Besara, derribándola.
—¡Bes!
Rionn ignoró los gritos de sus camaradas en retirada y se lanzó a ayudar a su amiga. El enemigo se apiñaba en un grupo cerrado, pero ella bajó el escudo y se abrió camino a empujones con una fuerza nacida de la desesperación. El monstruo babeante y abotargado arañaba la coraza de Besara con garras como dagas. Hilillos de baba ácida goteaban de sus fauces sobredimensionadas, y las cicatrices que se entrecruzaban en su espalda latían con una espantosa luz verde bilis. Ella le hundió la lanza en el costado. La Rataogor se encabritó y aulló. Besara, cuya armadura estaba quebrada por una docena de sitios y goteaba sangre, se liberó de alguna forma y estampó el puño en la quijada de la bestia, reventándole los dientes. La Rataogor se echó atrás, agarró a la Forjada herida y la lanzó por los aires. El cuerpo de Besara giró como una muñeca. Aterrizó sobre su cuello con una fuerza espantosa.
—¡No! —gritó Rionn, consciente de que ya era tarde.
Hundió la lanza en el hueco del lomo del monstruo. Este segundo golpe lo hizo tambalear, aullando y aferrándose la herida. Pero aquella cosa maldita no caía. Se le aproximaba chillando a lo loco. Una pata impactó de lleno en el escudo de Rionn. La fuerza del golpe la derribó. Cayó de espaldas, aturdida. Vio a través de una neblina cómo la bestia se le aproximaba y levantaba ambos puños para aplastarle el cráneo.
Una sombra los engulló a los dos. Algo enorme cayó y aferró a la Rataogor con garras brillantes. El coloso alado tiró del monstruo y se lo llevó por los aires; después lo aplastó contra el suelo en un borrón de alas coriáceas. Rionn vio una capa de escamas rojas y un destello de armadura dorada, y un rugido partió el aire. Se arrastró hacia Bes lanza en mano.
Lanzas abrasadoras surgidas de Azyr partieron en dos los cielos repugnantes que ondulaban sobre su cabeza. En un estallido devastador se liberó energía de tormenta que lanzó hombres rata por los aires con la carne abrasada y ennegrecida. El polvo levantado en esos impactos oscureció el campo de batalla y Rionn escuchó un cántico: voces graves y sonoras se unieron en una endecha que hablaba de batallas antiquísimas y camaradas perdidos pero no olvidados. Unas figuras lúgubres y silenciosas emergieron de la nube de polvo, con siluetas imponentes familiares y a un tiempo terriblemente extrañas. Se internaron en las filas aturdidas de los Skaven como el martillo del Dios Rey. Ahora los gritos que partían el aire eran los lamentos entrecortados de hombres rata aterrados. Envueltos en oro oscuro, estos Forjados mataban con la misma frialdad brutal mostrada por Besara. Allá donde oscilaban sus espadas el enemigo era partido en trozos. Olvidado su frenesí, los hombres rata rompieron formación y huyeron en un enredo caótico de miembros y colas.

Pese a este revés inesperado, la batalla se había vuelto irrelevante para Rionn. Tenía la mirada fija en Besara. Su amiga yacía inerte: su yelmo roto revelaba una fea herida, mortal a todas luces. La mirada vacía de la Vindicadora se posó en Rionn. Las palabras le burbujearon a medio formar en los labios ensangrentados.
—Bes —dijo Rionn, limpiándole la sangre de la mejilla—. Déjate ir, amiga mía. Es hora de que vuelvas a ver las estrellas de Azyr. Nos encontraremos allí.
Rionn notó una mano en su hombro. La invitaba suavemente a levantarse.
—Hemos venido a por tu camarada —dijo el recién llegado. Las palabras le brindaron escaso consuelo, pues las pronunciaba una voz que crepitaba como un estertor.
Pero no estaba desprovista de compasión. Se volvió para mirar al guerrero que había descendido en dragón para salvarle la vida. Su yelmo era un cráneo adusto, su armadura estaba pintada con los huesos y símbolos del templo Relictor. Lo reconoció al instante. Todos los miembros de la Hueste de los Primeros Forjados conocían a Ionus Criptanacido, héroe de las Guerras por los Portales. Había oído rumores sobre sus nuevos deberes lúgubres, aunque hasta ahora había deseado que no fueran más que habladurías.
—El Guardián de los Perdidos —susurró.
—Di adiós a tu amiga —le dijo él—. No volverás a verla.
—¿A dónde os la vais a llevar?
Él se quedó callado un momento. Ella se percató de que los sonidos de batalla habían cesado, salvo por los gemidos de los heridos y el traqueteo distante de los disparos. Apenas fue consciente de que algunos humanos se tambaleaban entre el humo y los escombros del puesto defensivo. El Vindicador Mayor Lucien y algunos pocos Forjados avanzaban entre las pilas de Skaven asegurándose de que todos los cadáveres ensangrentados estuvieran de veras muertos.
—La llevaremos a un lugar donde será recordada —dijo al fin Criptanacido—. Donde seguirá sirviendo al Dios Rey, igual que ha hecho desde que la llamara. Hasta el momento en que esté lista para cruzar el último umbral.
—Se merece más que eso.
El hombre susurró: otro estertor.
—Es cierto. Igual que todos nosotros. Pero la existencia es a menudo cruel, y debemos consolarnos con lo que podemos. Sabe que se encontrará entre otros que han sufrido las mismas dificultades. Sabe que se le honrará y que sus hazañas se escribirán en los anales de los perdidos. Eso tendrá que bastar.
Con los ojos anegados, Rionn asintió. Se agachó una última vez para tomar a Besara de la mano. Pensó, por un momento, que la nube de negrura se despejaba de la cara de la guerrera afligida y que sus ojos volvían a brillar de vida. Sintió que Bes le apretaba la mano con fuerza súbita y, aunque quizá solo lo imaginara, que la cabeza de su amiga parecía inclinarse, como si aceptara su destino.
—Gracias —dijo Rionn, y la dejó marchar.
Descendieron serafines con alas de fuego oscuro. Con reverencia sujetaron a la heroína caída, elevando su cuerpo hacia los cielos. El Guardián se acercó a su draco a la espera, que observaba los procedimientos con dignidad grave y con la Rataogor despedazada y muerta a sus patas. Extendió las alas cuando Criptanacido subió a la silla ceñida a su lomo. Los cielos, sofocados durante tanto tiempo por nubes de hechicería, se despejaron brevemente. Un haz de luz iluminó las ruinas de Quiebro de Ratham cuando se llevaron a Besara al destino que fuera que le aguardaba.
El Guardián de las Almas Perdidas dijo la verdad. Rionn jamás volvió a ver a su amiga.

















