Crónicas de la Ruina – Destrucción y Ruina

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Las campanas gritaban.

No literalmente. La gran Campana Disgarraforme más cercana se hallaba a kilómetros. Daba igual: gritaban al oído de Nasqueek como si estuvieran a un par de pasos. Su alarido provocaba que el hambre negra se retorciera en las tripas, un azote enroscado en su cerebro. El Garraseñor salivó y dio un tirón a las riendas de su montura. La roebestia siseó y gruñó, arañando la tierra aqshiana con dedos largos.

La compulsión era intensa. La baba se le encharcaba en el casco bozal. Pero no-no, nada de rendirse a los retortijones del estómago. Nasqueek debía mantenerse lúcido. Debía ejecutar sus estrategias maestras.

Desde lo alto de una colina de ceniza, observó avanzar a sus enjambres sobre el asentamiento de las cosas-hombre. Puñal funerario, habían dicho sus esbirros Eshin que se llamaba antes de corretear de vuelta a las sombras. A Nasqueek le importaba poco cómo llamasen los corresuperficies a su madriguera; estaba señalada para morir igualmente. La primera oleada de hombres rata se lanzó contra la barrera arcana que protegía el puesto defensivo hasta sobrecargarla. Sobre sus cadáveres calcinados corretearon más Guerreros de Clan y Alimañas rechinantes en harapos blanquinegros. Eran los colores sagrados, decretados por Lord Vizzik Skour, profeta daemónico de la Rata Cornuda, y los vestían bajo su mirada maligna. Aquí no había clanes: todos servían a la Grande grandiosa Roehorda del Profeta, la manifestación de su voluntad incontenible.

De las cosas-hombre que aún defendían su hogar llegó el ladrido de fuego-fusil. Se hundían en muertos hasta la rodilla. Una sargento rugió una orden segundos antes de que un disparo jezzail le taladrara la frente. Oleadas de balas preparadas a toda prisa atravesaron a los hombres rata, envolviendo a los defensores como una masa líquida. Filas y filas de Skaven cayeron derribadas.

Pero las campanas siguieron repicando. Los Skaven siguieron acudiendo en masa. Y las cosas-hombre cayeron a montones.

Sí, Nasqueek era un genio. Pero aun así, frunció el ceño.

—Tarda demasiado —murmuró el Garraseñor—. Teníamos que estar ya cerca de la costa.

Relámpagos verdes destellaron a lo largo del cielo arruinado y sucio. Nasqueek inhaló, saboreando los espesos vientos disformes que soplaban por todo el Roer. El dominio que los Skaven habían arrancado de Aqshy y habían hecho suyo portaba el hedor de Plagópolis: esa peste persistente, el olor de innumerables cosas repugnantes. A través de la neblina esmeralda corrupta podían distinguirse espiras torcidas de bronce sucio, ciclópeas y malignas en su ascensión hacia los cielos malignos. Le habían arrancado la piel a Aqshy, tornado su sangre tóxica y su superficie virulenta. La supervivencia inusual de este asentamiento de las cosas-hombre, golpeado por las tempestades de magia impura, solo había sido un aplazamiento en la ejecución.

Aun así. Todo iba demasiado lento. Lord Skour exigía purificar el Roer, la primera fase de su grande grandiosa guerra de dominio. Pero esos retrasos no eran culpa de Nasqueek. La Roehorda estaba bendecida con el sufrimiento de la furia del hambre negra, y su frenesí les prestaba fuerza y vigor, pero convertía controlar sus enjambres en un desafío. Todo lo que no fuera una carga directa a través del erial había requerido un alto grado de astucia y esfuerzo.

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Sencillamente, Nasqueek había actuado con la precaución apropiada. Sí, eso era. Aparte de los sigmaritas, había que considerar otras cosas. Las bandas juradas a la cosa-hombre Elegida aún acechaban en el Roer, empeñadas en desafiar todo sentido de la autopreservación. Muchos habían razonado y unido sus fuerzas a los Skaven, pero otros se negaban a reconocer a sus señores reales. Bajo casco bozal de Nasqueek, aún le dolía por toda la quijada la cicatriz que le había dejado la hoja de algún chucho tribal Pactoscuro. Sin embargo, le había dado una lección. Durante los últimos días, había tomado todas las precauciones para evitar que su enjambre se desafilara los colmillos con enemigos poco importantes, aunque eso supusiera largos desvíos. La cosa tenía cierta sensatez astuta Verminus: no te mantenías en la cima siendo temerario.

Una de las cosas-hombre de ahí abajo parecía haber organizado un grupo de defensa. Las andanadas de fuego en su dirección le habían arrancado el frenesí hambriento a la garrahorda de Slizk de alguna forma; se volvieron, tropezándose con cadáveres en su huída, los hocicos aún cubiertos de sangre. Una vez el miedo flotó en el aire, el resto pudo olerlo.

—¡Intolerable! —La ira de Nasqueek se dirigió contra los Ingenieros Brujos que se agrupaban en torno al altozano, riñendo por el botín. Apuntó al más cercano con la alabarda brillante—. ¡Tú! ¿Por qué no os habéis ocupado de eso todavía?

Los tecnomagos Skryre vestían el atuendo de la Roehorda, pero les quedaba seso para escucharlo, con los ojos desorbitados tras las gafas. El más cercano hizo una genuflexión.

—Mil disculpas, mi perspicaz señor. —Tras rebuscar entre su túnica, sacó un gritalejos tachonado de cables y chilló hacia el dispositivo.

Mientras Nasqueek miraba, las chimeneas que sobresalían de bulbosos barriles de combustible comenzaron a empujar a través del enjambre. Tres equipos de Lanzallamas brujo avanzaron con una mezcla de optimismo y trepidación, mordiendo a cualquiera que se les acercara demasiado. Mientras las cosas-hombre recargaban a toda prisa, el equipo artillero tomó posición, apuntando directamente hacia el camino principal. Hubo un rugido profundo cuando las boquillas vomitaron cortinas de fuego esmeralda. La calle se desvaneció bajo las llamas mientras los sigmaritas (y los Guerreros de Clan de Slizk) se convertían en velas que chillaban y pataleaban.

De pronto, el rugido se convirtió en un lamento incómodo. Nasqueek no sabía a ciencia cierta si alguna cosa-hombre afortunada había disparado contra un barril de combustible o si un tirador Skaven se había pasado de entusiasta. De cualquier forma, uno de los Lanzallamas reventó de pronto en una nova verde brillante. Lo siguieron sus gemelos, cortando de golpe los chillidos de sus operadores, y la batalla quedó oscurecida de pronto por la conflagración. Nasqueek entornó los ojos, apartando la mirada de las llamas.

Entonces, una voz cercana le chafó todavía más el ánimo.

—Tardas mucho, Nasqueek.

Una figura envuelta en gris trepó al altozano, apoyada en un báculo del que colgaban campanas y colas de rata. Los ojos de Glittik estaban hinchados, signo de la ingestión reciente de piedra bruja. Pero sus cuernos curvados, la marca de los Videntes Grises, hicieron que el Garraseñor se tragara cualquier pulla. Aun así, Nasqueek bufó. La lengua de Glittik era tan afilada y ácida como el cuchillo de un Señor de la Muerte. Lord Skour exigía su cooperación, y lo único que la hacía tolerable era la tendencia del Vidente a desaparecer durante días. En esos momentos, el alivio de no tener que escuchar su voz compensaba las sospechas de Nasqueek. Ahora no contaba con esa piedad.

—Dudas, Garraseñor —dijo Glittik—. Lord Skour ordena a sus guerreros consagrados llevar a cabo sus proclamas de muerte-ruina a la costa, sí-sí. —Hundió un dedo en el horizonte, donde más destellos de relámpagos disformes destrozaban el cielo—. Corona infernal está cerca. Debemos ofrecer nuestra fuerza. No podemos retrasarnos aquí. Eso lo sé. —Hinchó el pecho—. Su Lúgubre Eminencia me habla-rechina a mí. No a ti.

—Eso dices tú, más augusto de los augures —saltó Nasqueek, antes de apuntar a Puñal funerario con la alabarda—. Pero observa. Hacemos progresos.

El Maestro Moulders del Clan Rasp siempre había tenido la sabiduría de postrarse ante la Roehorda cuando desgarraba a través de su territorio y se daba atracones en sus carnepozos. Sus mutantes encabezaban ahora la carga. Mientras las Rataogors saltaban sobre la mampostería derribada, una pequeña montaña de carne avanzaba a través del humo untoso. La Ratahorror atravesaba una espira con su flagelo de cadenas mientras de su cañón montado en el brazo salían llamas brujas entre chillidos. Contra los flancos del monstruo impactaron bolas de cañón, arrancándole trozos. La bestia gorgoteó y se tambaleó un paso atrás, pero no cayó.

—¡Demasiado lento! —chilló Glittik—. ¡Típico de un señor Verminus con sesos de gachas! Por suerte —dijo sonriendo—, ya he tomado medidas sabias-inteligentes para resolver este problema.

—¿Medidas? —preguntó Nasqueek. Algo en esa mención hizo que se le erizara el pelaje. La sonrisa de Glittik no ayudaba. El Vidente Gris se giró y descendió del altozano. Con una última mirada a Puñal funerario, Nasqueek dio un tirón a las riendas de su montura y le instó a seguirlo.

Atravesaron colinas y valles donde las arenas cinéreas brillaban verdes. Glittik parecía poco preocupado por una posible traición. Nasqueek, todo había que decirlo, sentía la suficiente curiosidad para evitar hundirle la hoja en la espalda.

De momento.

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—Es hora de que comprendas mi visión —dijo Glittik, entrando en una caverna bajo una duna. En los braseros de fuego brujo centelleaba la esmeralda: eran trece, rodeando el espacio central. Alimañas con bozal ocupaban los puntos cardinales; los retortijones de hambre que les retorcían las tripas se reflejaban en los ojos enmarcados de rojo. Pero eso no fue lo que llamó la atención de Nasqueek.

—Todo está listo —rio Glittik entre dientes, mientras otras Alimañas emergían de una caverna lateral. Empujaban a un clérigo hacia el espacio ritual de la cueva. Su almilla sigmarita estaba desgarrada, revelando los símbolos de ocho puntas pintados en la carne que cubría. No estaba solo. Doce figuras se arrodillaban allí, atadas y sujetas. Un chamán tribal Pactoscuro. Un ser esbelto con una máscara plateada. Hasta el Portador de la Plagalabra del Clans Pestilens.

Era el último prisionero, aunque eso hizo que Nasqueek se detuviera un momento. Este estaba ataviado con una coraza negra y dorada, aunque era fácil pasarla por alto por las cadenas de forja disforme y los ribetes rúnicos grabados en cada centímetro de su cuerpo. Los grilletes lo encadenaban al altar, igual que la abrazadera que se cerraba sobre su mandíbula como una máscara, mientras los Skaven cercanos lo amenazaban con alabardas, recelosos. La seguridad parecía adecuada. Pese a la hechicería que claramente lo aturdía, en la mirada del prisionero brillaba una indignación callada pero colérica.

—¡Este es de la Guardia de Varán! —La voz del Garraseñor era un siseo; la adrenalina le inundaba la sangre—. ¿Has apresado a las espadas juramentadas del Elegido? ¿Has estado… recolectando estos individuos? ¡Explícate!

—Siervos de los rivales de nuestro Lord Skour —dijo Glittik con una sonrisa—. Los que dicen falsas verdades. He invertido mucho esfuerzo. Algunos, capturados de sus campamentos. Otros, comprados a la corte de Krittok Cuchillavil. En su sangre se halla el poder, Nasqueek. Poder para desgarrar-arrancar el velo y llamar a los parientes del Profeta.

—Pero esto… —Nasqueek se sacudió; la cola le temblaba. Nada de la alacena de Cuchillavil carecía de un coste oculto, pero esa era la última de sus preocupaciones—. Las hordas del Elegido ya confían poco en nosotros. Teníamos que pelear juntos. Si esto se sabe… ¡es demasiado, demasiado!

—No-no. Ahora, nada es demasiado para nosotros —canturreó Glittik, apartándose intencionadamente del Garraseñor—. ¡Estamos en auge! La era de nuestros rivales ha terminado-acabado. Eres cobarde-débil, Nasqueek. Inadecuado para la nueva era.

En la caverna se ondularon tempestades infernales. Crepitó una corona de luz oscura. Las campanas zumbaron aún más alto cuando Glittik se acercó al altar, daga de piedra bruja en mano. Como si su presencia lo agitara, el Guardia de Varán dio un respingo, forcejeando infructuosamente contra las ataduras, que brillaban de un verde virulento. Ignorándolo, Glittik entonó un cántico. El pavor inundó el pecho de Nasqueek.

 —¡Espera-espera! —aulló, mientras las Alimañas hundían las alabardas en los prisioneros y Glittik arrastraba la daga por la protuberante garganta del Guardia de Varán.

Una luz verde emergió de la herida como un explosivo de presión Skryre. Glittik se echó al suelo, entre alaridos, mientras las Alimañas quedaban reducidas a cenizas. La caverna gruñó como si sintiera dolor. La Roebestia de Nasqueek retrocedió aterrada, arrojándolo de la silla mientras salía corriendo. Una forma vasta y macabra se izó desde el corte en la realidad en el que se había convertido el cadáver del Guardia de Varán.

El daemon era un arañazo en el mundo. Le brillaban los ojos con malicia concentrada. Nasqueek podía oler su repugnancia incluso sobre la mezcla empalagosa e intensa de su almizcle-miedo y el del Vidente Gris.

—Vaciladores. Poco dispuestos. —Las palabras del Señor Alimaña eran cuchillos que rasgaban su mente—. ¿Quién osa invocar al poderoso Garrachirriante? ¿Cuál de los hijos pisa-lodo de Skour busca ayuda para satisfacer al Profeta?

La mirada de Nasqueek se clavó en Glittik. El Vidente Gris estaba aún acostumbrándose a los destellos de la invocación. El Garraseñor vio la oportunidad. Señaló al hechicero.

—¡Lo ha hecho él, más terrible de los señores!

Apartándose de los restos carnosos del sacrificio, el Señor Alimaña se inclinó. Tomó a Glittik y le segó la cabeza con los incisivos antes de consumir su cadáver. El daemon tragó mientras en los ojos le chisporroteaban relámpagos verdinegros.

El traqueteo de la risa atrajo la mirada de Nasqueek hacia arriba, hasta entonces enterrada en el suelo. La de Garrachirriante lo desolló hasta la médula.

—El Profeta escoge marionetas curiosas. —El daemon hablaba como si paladeara las palabras, como si lo saboreara a él—. Pero… maleables. Bastarás. —Dilató las fosas nasales—. Huelo aroma-guerra. Hay que matar. —Soltó una carcajada suave—. Cálmate. Tus enjambres despedazarán a las cosas-hombre y les partirán los huesos, como ordeno… como desea el Profeta. —El Señor Alimaña asintió, curvando la cola—. ¿No es por eso que permitiste al Vidente Gris conspirar, para pagar la penalización por dejarnos caminar por este reino?

Sí… sí, era verdad, ¿no? Nasqueek había permitido las maquinaciones de Glittik, y mira dónde estaba ahora. Al despuntar el filo letal de pánico, Nasqueek sintió que se le escapaban carcajadas maníacas de la garganta. Las reprimió. Su mirada se posó sobre las pilas de carne que habían sido sacerdotes de ruina reunidos.

—¿Alguna pregunta? —Garrachirriante ladeó la cabeza.

—Solo… solo… —Bajo el protector del hocico, el Garraaseñor se humedeció los labios secos. Ahora tenía la garganta llena de hambre—. ¿Por qué ellos, pavoroso? ¿Por qué usar las almas de los Caos-jurados para invocaros?

—Porque su tiempo se acaba. Llega el nuestro. Ahora estamos entre ellos, sentados en su panteón —dijo Garrachirriante, cuyo aliento quemaba como viento envenenado—. Nos han despreciado, obligado a escondernos en las sombras. Pero estaban miedo-llenos, pues sabían que éramos su antítesis. Nuestros enjambres matan con frenesí, no con rabia. Conspiramos no para cambiar, sino por el dominio sin cambio. Profanamos sin traer nueva vida. Consumimos sin alegría. Sí-sí, siempre hemos sido las ratas que les mordisquean la barriga. Lo aprenderán igual que las cosas-hombre brillantes, en esta era nueva. Usaremos a los Caos-jurados, haremos a nuestros enemigos papilla con ellos. Y después, también roeremos-tragaremos sus huesos.

Despacio, el daemon se acercó al Garraseñor y levantó una zarpa. La posó sobre la cara de Nasqueek. El miedo lo inundó, como las visiones de su garganta cortada y la sangre a chorro. En su lugar, Garrachirriante le desabrochó el bozal. Cayó al suelo con un ruido metálico. Nasqueek jadeó, mordiendo y royendo el aire mientras la voraz saliva le brotaba libremente. Las campanas eran casi ensordecedoras.

—Ahora álzate, vástago-nuestro —dijo Garrachirriante con una carcajada—. Y royamos este mundo hasta convertirlo en ruinas.

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