
Las torres se erigían lúgubres contra el cielo rojo de Ochopartes: la rugiente roca jefe de Gorko y el zuztótem de Morko. Proyectaban una sombra temible al asomarse, maliciosas, sobre el borde del acantilado. Lo mismo hacían las figuras corpulentas que se arracimaban en torno a sus bases.
—¿Zabéiz? —dijo Krizz, el Jefe Navajero, mientras revolvía entre las baratijas que le colgaban del cinturón—. Una vez hicimoz tratoz con un mago que, zegún él, tenía una “Fortaleza que ze dobla”. Igual la tiene todavía. Podríamos zacarle algo bueno.
Sonrió. Sus chikoz no lo imitaron. Varios pasos a su espalda, otros hobgrotz se cruzaban de brazos, revisaban las armas envainadas y en general trataban de evitar las miradas que les echaban los orruks dispuestos en un tosco semicírculo a su alrededor.
—Le voy a arrancar loz brazoz —dijo Brud. El Megajefe tenía pinta de querer sangre, con los brazos como troncos bien hinchados. Krizz se tensó y echó mano de la espada aserrada que le colgaba de la espalda, pero el hobgrot no era tan tonto como para desenvainarla.
—Nah. —Murkig, el jefe Mandamalo, se sentó y tiró a un lado el cuchillo de desollar. Soltó una risilla—. Retuércezeloz dezpacio. Ez máz divertío.
—Algo retumba en el gran verde —murmuró Zorga. El Eztrambótiko dio dos pisotones y gruñó—. Zuzurroz. Magiaz.
—Callaoz todoz.
El cotorreo entre los tenientes reunidos se acalló cuando Gordrakk se puso en movimiento. El Puño de Gorko, el jefe de jefez, se asomó desde un mirador de piedra improvisado mientras los vientos aullantes silbaban en torno a su armadura. Las hachas dobles Machaka y Aztuta le colgaban de la cintura. Se aseguró de que Krizz pudiera verlas.
—Azí que haz vizto a una de miz peñaz dezaparecíaz.
—Ezo, ezo. —Antes de hablar, Krizz hizo un gesto conciliatorio—. Rezulta que anoche, yo y mi compañía eztábamoz cruzando loz llanoz. Yo me figuro que tuz chikoz iban p’al otro lao, al Pazo Ezpinazo. El Jefe llevaba medio grunta amarrao a la ezpalda y…
—Eze zerá Wozzok —dijo Murkig, sin aportar gran cosa. Gordrakk le clavó la mirada. Hubo una época en la que sus jefes favoritos sabían cuándo cerrar la bocaza. Pero claro, aquí estaba con los tragalodos de los Mandamaloz, deambulando por yermos espeluznantes. Los tiempos cambiaban.
—¿Y por qué iban p’allá? —murmuró Zorga.
—No zé —dijo Krizz—. Dijo que oía en el viento que alguien ze eztaba metiendo con él. —El hobgrot se tornó más ladino—. Dijo que ze iba a ocupar de ello en perzona. Ezo dijo él, no yo.
—¿A quién le importa, jefe? —irrumpió Brud—. Dezde que llegamoz aquí, un montón de peñaz ze han ido por ahí. Gozgrob ze fue a machacar el campamento de loz pinchudoz…
—Gozgrob ez un matón veterano; volverá. No me importa que mantenga a loz chikoz a punto —gruñó Gordrakk—. Pero no hemoz venido a laz Ochopartez pa’ na. Tenemoz una mizión: encontrar la puerta p’al Reino de laz Eztrellaz. ¡No he zacado a loz chikoz del lío que montó Kragnoz en Ghur pa’ que ze vayan por ahí zin máz!
Hubo un silencio largo y denso.
—Pazo Ezpinazo —dijo Gordrakk al fin—. ¿Lo conocez?
—Zí —dijo Krizz. Hizo una pausa—. Oz podría llevar allí por la debida… remunerazión.
Gordrakk consideró brevemente agarrar al vago del mercenario por el cráneo y apretar, igual que debería haber hecho el Gran Dios Verde con los hobgrots hacía siglos.
«No, no. Recuerda lo que dijo Morko en Excelsis. Hay que zer bruto Y aztuto. Te hace falta pa’ncontrar a tuz peñaz. Aún quedan muchoz kolmilloz hazta la puerta de laz eztrellaz. Todaz laz bronkaz zon buenaz, pero algunaz son máz importantez que otraz.»
—A ver qué te parece ezta “remuneración” —gruñó Gordrakk—. Zi me lo enseñaz, no te aplazto.
—Hecho —se apresuró a decir Krizz. Gordrakk gruñó antes de alejarse del borde del acantilado. En la llanura a sus pies, cientos de orruks se daban de puñetazos. Las peñas de Grunta arrollaban a los grupos en trifulca. Piñozgrandez, su Muerdeaplazta, parecía ajeno a los virotes que le sobresalían del pellejo al tumbarse sobre unos cuantos Rezioz.
Una bonita imagen, pero tenían una misión que cumplir.
—¡A VER! —El grito resonó a través del barullo. Piñozgrandez alzó la cabeza y rugió en reconocimiento. Los orruks dejaron de estrangularse unos a otros al escuchar el rugido de Gordrakk—. ¡To’z liztoz! ¡Noz vamoz!

El Paso Espinazo hacía honor a su nombre. Los picos gemelos que se alzaban de las llanuras encostradas de huesos parecían vértebras rotas. Gordrakk no le dio mucha importancia, al compararlo con las montañas de Thondia o los abismos de Donse. Aun así, Krizz pareció seguro de que este era el sitio.
Las peñas que lo seguían se mostraron algo más impresionadas. Pero desde su punto aventajado a lomos de Piñozgrandez, la atención del Puño de Gorko se centró en los orruks reunidos al pie de las montañas. Habían formado en grupos defensivos listos para saltar. Gordrakk frunció el ceño al ver los cadáveres calcinados de Piñohierroz y Mandamaloz salpicados por todas partes. Tomó aire.
—¡OYE…!
El señor de la guerra parpadeó al ver que su expresión brillaba en el aire, las sílabas destellando como fuego lila. La atmósfera se tensó.
—¡Aquí vienen, chachoz! ¡Rebanadoraz en riztre! —gritó uno de los orruks errantes.
Fue como si se perforase el aire. Se desgarraron portales, prendiéndose los bordes mientras unas formas carcajeantes brotaban de ellos entre cabriolas. Retozando y chillando, saltando sobre cañas como hojas de palma, los daemons arrojaron llamaradas a chorro desde dedos con ventosas. Unos pocos se detuvieron a medio gorjear, como desconcertados por la segunda horda verde que se les echaba encima.
A Gordrakk no le hizo falta dar órdenes. En cuanto vieron enemigos, fue tonto el último. Las peñas se empujaron y alborotaron por ser las primeras. Piñohierroz a lomos de cerdos gigantes se pusieron en cabeza, pulverizando daemons en humaredas azules y rosas. Brutambótikoz enmascarados, con los ojos de un verde brillante, agitaron los manguales y abrieron franjas erráticas de destrucción. Lluvias de virotes que desgarraban carne de daemons anunciaron la participación de los Mandamaloz, que se burlaban mientras pateaban a duendecillos de fuego.
Piñozgrandez reventó un carro volador de un manotazo mientras Gordrakk partía en dos a su jinete cantarín. Seguía buscando a Wozzok. Ni rastro de él.
—¡Jefe! —Incluso mientras invocaba el rostro aullador de Gorko para que desterrara a gritos a una manada de daemons, Zorga señaló el pico más cercano. Una grieta en la falda de la montaña brillaba amenazante; los hobgrots de Krizz ya se dirigían a ella, navajas preparadas. Gordrakk gruñó. Tras resbalar por el lomo de Piñozgrandez y palmear el costado del Muerdeaplazta, el señor de la guerra encontró al orruk más cercano y se dirigió hacia la apertura.
—Ezto ez eztrambótiko, jefe. —Lo primero que dijo Krizz al entrar Gordrakk en la caverna sonaba casi decepcionado por no haberse encontrado una maravillosa cueva de tesoros. Pero tenía razón. En lugar de roca, las paredes parecían ser cristal negro. Desde lo más profundo se escuchaba como un cántico. Un cántico y rugidos.
Grodrakk cruzó el pasaje con decisión hasta un saliente desde el que se veía una cámara más amplia. Abajo, entre runas pintadas en la tierra y armas de aspecto antiguo y estandartes harapientos, Wozzok aullaba y peleaba contra cultistas enmascarados. Esquivaban ágilmente los puñetazos del orruk y hundían las dagas en su carne. Pero los humanejoz no pelean, o no propiamente. Se parecía más al bailoteo de un chamán. Otros cultistas dibujaban un corro en el espacio, cantando y sosteniendo las cadenas de bestias engendro ululantes.
Sobre el espacio ritual flotaba una esfera de energía crepitante que ondulaba y se expandía con cada sílaba entonada… y con cada aullido de frustración que soltaba Wozzok.
—Eztán invocando algo —murmuró Zorga—. Y cazi eztá aquí. Debían de necezitar a un orruk p’al ritual. Wozzok no ez máz que al que han conzeguío atraer hazta aquí.

—Menudo idiota —masculló Gordrakk mientras se dejaba caer desde el saliente. Aterrizó con un golpe sordo. La sorpresa detuvo el cántico durante un momento; un fuego daemónico destelló sobre la armadura de Gordrakk antes de pensárselo mejor y retirarse. El Puño de Gorko gruñó y golpeó a un cultista, que estalló en una explosión roja.
—¡Jefe! —Wozzok sonaba contento, como si no hubiese causado todo este embrollo.
—Luego me ocupo de ti. —Gordrakk irrumpió en el rito. Lo siguieron chikoz y hobgrots con gritos de “¡Waaagh!”, ignorantes a (o quizá sin que les importaran) las abundantes energías siniestras. Los cultistas más cercanos se volvieron para lanzar fuego contra los orruks; los que estaban en la periferia aceleraron sus cánticos, dibujando símbolos en el aire y soltando a sus bestias engendro para que reptasen y corrieran a zancadas. Gordrakk hundió a Machaka en una de ellas mientras golpeaba con Aztuta al humanejo más cercano. De pronto, un estruendo le empujó a levantar la vista.
La esfera de magia había alcanzado masa crítica y se colapsaba en sí misma. Desde el espacio negativo surgió una carcajada maníaca. Unas extremidades blindadas y aviares se desplegaron mientras un halo de luz cambiante tocaba el suelo de la caverna y se extendía por él.
—Hijos… Fieles… —La voz del Príncipe Daemon era un siseo presumido. Envuelto en una túnica centelleante y una armadura iridiscente, el daemon dobló las extremidades mientras sus adoradores caían de rodillas—. Trescientos treinta y tres años han pasado desde que caí presa de la raza ignorante de esa criatura en los campos de Abhash’Morn. Me habéis servido bien. El aéter se agita con la sed de batalla de esta bestia tosca convertida en furia impotente. Y ahora…
Gordrakk esprintó mientras su armadura traqueteaba. Agarró al Príncipe Daemon y le metió un cabezazo. Este dio un paso atrás con un alarido. El señor de la guerra orruk le dio otro cabezazo. Y otro.
Doblegando la gravedad a su voluntad, el Príncipe Daemon arrojó a Gordrakk por los aires. Cayó con fuerza al suelo y Machaka se le escapó de entre los dedos. Un humo como el ébano escapó de la entidad en volutas que desafiaban la cordura. De su pico retorcido emanaron lamentos de malicia que se internaron en los cuerpos orruk y hobgrot y los hicieron reventar. El daemon desplegó alas de plumas rosas y azules que rezumaban magia fundida. Un fuego mutagénico brotó de sus garras, convirtiendo la carne verde en fauces y tentáculos azotadores que consumían y estrangulaban a sus huéspedes.
Gordrakk aún asía a Aztuta. Con un gruñido se levantó y se abrió paso a través de Piñohierroz, Mandamaloz y cultistas de máscaras picudas. Su enemigo le daba la espalda. Alzó el hacha.
El daemon lo miraba de frente. No se había vuelto; sencillamente estaba ahí, mientras el aire se agitaba por su tan antinatural reposición. Que hiciera trampas no bastaba para que Gordrakk se estremeciera. Solo cuando emergieron brazos adicionales de los montones de plumas para desgarrarle la armadura y la carne dio un respingo mientras la sangre le goteaba entre los colmillos.
—Cae, bruto. —El aliento del daemon era incienso ritual. Su voz resonaba estrambóticamente en el cráneo de Gordrakk—. Durante siglos he conspirado para regresar. Tu idiotez bestial no va a interrumpirlo.
Gordrakk estaba acostumbrado al sabor cobrizo de la sangre, aunque por lo general no fuera la suya propia. Enseñando los dientes, trató de levantar el hacha solo para que el daemon retorciera las garras en su interior. Su pico se curvó en una sonrisa maliciosa y llena de odio.
Un grito súbito escapó del daemon. Krizz se había abierto paso hasta su espalda para hundirle el espadón aserrado en el muslo. Cualquiera que fuera el veneno exótico que goteaba del filo de la hoja bastaba para ennegrecer hasta la carne de daemon. El Príncipe retrocedió y sus garras salieron de Gordrakk.
Eso fue lo único que hacía falta. El Puño de Gorko pateó a su enemigo en pleno pecho, hundiéndole la bota en el torso para mantenerlo inmóvil. Materia aetérica líquida brotó de sus costados desgarrados. Gordrakk enganchó el filo de Aztuta en el pecho del daemon y tiró hacia abajo. La carne infernal se partió con un obsceno sonido de desgarro liberando ríos de sangre y magia.
—Tú… tú… —Saber que su ruina era inminente parecía demasiado para el Príncipe Daemon. Su indignación era tan profunda que no podía ni pronunciar un encantamiento; solo podía escupir fuego brujo por el pico con ojos confusos—. Estás marcado, bestia. Los coros y el aquelarre del remolino centelleante más allá de este mundo conocerán el insulto que nos has proferido. Criatura primitiva, engendro del bruto de dos cabezas, puño miserable que golpea el cosmos: sabe que te has ganado mi ira. ¡Sabe que te has ganado la ira de dioses!
—Chacho, que me he peleao con diozez —bufó Grodrakk—. Y tú no lo erez.
Y después atravesó el cuello del daemon con Aztuta.

Gordrakk se giró a tiempo para ver cómo despedazaban a los últimos cultistas. El Engendro del Caos se disolvió, consumido por las repercusiones de la muerte del Príncipe Daemon. Krizz se inclinó sobre el cuerpo de una cultista y le arrancó sus kacharroz arcanos. El hobgrot miró hacia él y asintió.
—Mu’ bien, jefe.
El primer instinto de Grodrakk, mientras recuperaba a Machaka, fue ignorarlo. Fue para su propia sorpresa que se volvió hacia el hobgrot.
—No lo haz apuñalado nada mal. —Lo dijo con un gruñido, pero alcanzó a ver a Krizz levantar una ceja. Gordrakk se encogió de hombros—. ¿Cuántoz tipejoz como tú eztáiz haciendo el payazo por ezte territorio?
—Máz de loz que pienzaz, jefe. Por aquí no faltan loz que necezitan un navajazo. —La sonrisa de Krizz era mezquina. Gordrakk se descubrió casi imitándolo.
—Dilez que zi lez apetece zaquear el Reino de laz Eztrellaz cuando acabemoz con él… Igual tengo un curro pa elloz.
—¡Jefe! —Interrumpió una voz. Wozzok logró al menos parecer algo contrito mientras se acercaba. La mitad de su manto de piel estaba calcinado, pero aun así sonreía—. Ezcucha: eztaba a punto de volverme cuando…
La sangre brotó de su cuello mocho cuando Machaka decapitó al orruk. Gordrakk vio a Wozzok derrumbarse antes de agacharse para recoger la cabeza.
Fuera de la cueva, las nubes habían reventado. Unas aguas que hervían la carne lavaban el icor daemónico acumulado y causaban picazón a los pellejos curtidos de los orruks. Una vez muertos los enemigos, las peñas reunidas se echaron miradas entre recelosas y deseosas. El sonido de pasos pesados retrasó la violencia. Gordrakk los miró a todos antes de levantar la cabeza de Wozzok.
—Ya que parece que ze oz olvida, oz voy a recordar pa qué eztáiz aquí. —Señaló al horizonte, donde la luz roja estaba baja—. Noz vamoz pa’l Reino de laz Eztrellaz. Vamoz a recordarle al Dioz Martillo cómo ze pelea. Pa ezo me eztáiz ziguiendo. Ya vale de diztraccionez. Cuando lleguemoz allí oz podréiz pelear to’ lo que queráiz. Pero de camino, oz peleáiz con lo que yo oz diga.
Un rumor distante sacudió los cielos de Ochopartes. El diluvio se intensificó, pero Grodrakk no cedió. Escupió una flema sangrienta sobre la cabeza de Wozzok; rojo sobre verde.
—¿Alguna pregunta máz?
















