
El Rey Brodd no suele soñar. Cuando lo hace, sueña con un relámpago.
Lo que no es sorprendente. Ha visto muchos relámpagos arañando el horizonte o arrojados por algún tipejillo chillón. Pero solo existe uno que sea ese relámpago, un momento irreversible y singular. Uno no se olvida de una exhibición de poder absoluto tal que te abrasa el ojo y mata a un dios.
Especialmente cuando ese dios es tu padre.
Pero Brodd, cuando se molesta en prestar alguna atención a sus sueños, se recuerda que debe callarse la boca. Es mejor que un rey no mencione ciertas cosas. Un gargante hecho y derecho tampoco debería mencionar ciertas cosas.
Así que Brodd, cuando cuenta las historias a una audiencia de gargantes embelesados y boquiabiertos, no menciona el relámpago que crepita en sus sueños dispersos, aunque a menudo proclama lo que le quiere hacer al diosecillo azyrita de la tormenta. Visceral y frecuentemente. Describe con riguroso detalle cómo le va a retorcer los miembros a Sigmar, el Rey del Martillo, y cómo lo va a aplastar con el piezaco surcado de verrugas, pero nunca menciona la cicatriz que este le dejó en la mente. Relata cómo vio caer muerto a Behemat, el Titán del Mundo, derribado por los rayos traicioneros de Sigmar, pero no habla del sentimiento que se le hinchó en el pecho mientras ocurría.
Cualquier gargante que haga preguntas sobre el tema recibe, en el mejor de los casos, un bufido y un coscorrón. Brodd les cuenta las historias, pero no hace falta que les desnude su alma. Su misión es la venganza y nada más.
Pero existe otro tipo de relámpago, otro que no lo atormenta en sueños. Es real. Al acercarse chisporrotea un verde maligno, que gotea de los colmillos de hierro oxidado de esa máquina que lo empuja al agua sucia de la Estepa Escabrosa. Un barro frío le impregna la pierna cuando Brodd pugna contra la presión mecanizada.
"Ven", parece decirle el relámpago, "duerme donde se durmió Behemat. Muere donde murió tu padre".
Brodd ruge en respuesta. De los huecos entre sus dientes vuelan perdigones de saliva, que impactan contra el Ingenio Parásito con el que forcejea, un monstruo mecánico de varias extremidades, enorme y huidizo. Los rátidos corretean sobre el pellejo de chatarra de la máquina y suman sus voces estridentes a la cacofonía. Brodd aprieta los dientes y se tensa contra las patas de metal. Se le hinchan todos los músculos. Siente que el ojo le va a reventar. Trata de invocar la fuerza divina de su ancestro, pero resulta que se niega a llegar. Gruñe y la exige, y aun así no llega.
El sonido de los demás gargantes, que pelean contra la marea de ratas que acuchillan y muerden, parece distante. Se pregunta cómo lo ven. ¿Fuerte? ¿Como un rey, con las venas protuberantes y las fosas nasales dilatadas? No importa. La boca del Ingenio se acerca y las fauces se abren y escupen odio eléctrico. Igual se muere.
Igual se muere y lo mata el relámpago.

—¿Anoche soñaste, Brodd de los Behemati?
Es Maegran quien le habla. La que Otorga Grandeza aguarda hasta que ha caído la penumbra, y la hoguera, compuesta por tres árboles apilados, se ha consumido y enfriado. Su voz, que suena como el crujido del viento, despierta a Brodd de sus cabeceos. Los otros gargantes de la partida de guerra ya están dormidos. Sus ronquidos retumban como el eco de un nacimiento cósmico.
—¿Qué?
—Que si has soñao. —Maegran se encuentra al borde del campamento, apoyada en su lanza mientras fuma una pipa de hueso mohoso. Pese a la edad aparente y al crujido de sus extremidades, Brodd nunca ha visto sentada a la bruja rarita de los pantanos. Lo cierto es que solo hace dos días que la conoce, pero le parece extraño. Una de sus bestias de pelaje musgoso le olfatea los pies. Maegran le agarra el torque que le rodea el cuello y le da un tirón que quizá pretenda ser afectuoso.
—No —miente Brodd. Lleva la mano a su gran garrote obelisco y lo acaricia de forma inconsciente.
—Mentiroso. —Maegran se carcajea y exhala un anillo de humo que se desvanece en la noche. Cuando se vuelve hacia él, enseña los dientes con una mueca burlona.
—Tos los reyes d'antaño soñaban. Cuando gobernábamos esta tierra y los enclenques se arrodillaban ante nosotros, nuestros reyes soñaban.
—Pos bien por ellos.
—No suena digno de un rey, Brodd. —Sigue sonriendo.
—¿Y tú qué sabes d'eso? —pregunta tras fruncir el ceño.
—Ya te lo he dicho. Hablé con ellos. Con los viejos reyes Behemati. Antes de los dioses de la tormenta y los dioses de las púas, cuando uno podía ser rey de gargantes de verdad.
—Entonces, ¿nosotros qué somos?
—El jefe eres tú. Ya me dirás.
A Brodd le da jaqueca esta charla cíclica llena de enigmas que tanto le gusta a Maegran. Oye un cotorreo siseado por la oreja izquierda. Uno de los duendecillos de piel roja que lleva siempre agarrados tiene algo que opinar, parece. Brodd aprieta al Siniestro con un dedo y este huye justo antes de que lo aplaste.
Al levantarse Brodd se le quejan las rodillas. Camina entre la masa de gargantes dormidos, recordándose hacer el esfuerzo de no pisar a sus súbditos. Algunos duermen cerca de donde merodea Maegran: sus seguidores, que creen que su magia los hará poderosos si quiere. Para Brodd, la noción es estúpida en el mejor de los casos y vagamente blasfema en el peor. Quizá sea un problema en el futuro. Pero por ahora (ahora siendo el largo y vengativo presente que persistirá hasta que Sigmar sea una pasta sangrienta, que es lo único que le importa a Brodd) es una aliada.
—Tú no has hablao con ningún rey antiguo, bruja —dice Brodd mientras camina a pisotones hacia el borde del claro y observa las llanuras pantanosas que hay debajo—. Lo tuyo solo son cuentos.
A lo lejos, en la penumbra nocturna, entre las neblinas de la Estepa Escabrosa, chisporrotea una luz de un verde desvaído. Si lo que le dijo Maegran en la cueva era verdad, hay rátidos en los pantanos profundos. Tratan de recuperar armas que Brodd destrozó cuando perturbaron el sueño del Titán del Mundo. Ahora profanan su misma tumba. Pero la Estepa es territorio gargante, de ahí la banda dormida a espaldas de Brodd, lista para aplastar y aporrear cuando se alce el sol.
—¿Ah, no? —croa Maegran con una carcajada que hace que varios gargantes gruñan y se den la vuelta. Avalanchas en miniatura—. ¡Con razón eres rey! Me conoces mejor que yo misma. Hasta el Titán del Mundo habría retumbado con aprobación.
—A él tampoco lo conociste. No pienso oír esas tonterías.
—Eso quisieras tú. Igual no te habría gustado lo que él pensaría de to' esto. Si es que te dedicara algún pensamiento.
—¿Qué dices, bruja?
—Bueno, ¿cuál es la leyenda de Brodd? Hablando en serio. ¿Aplastar un poco aquí y allá en una furia mu' larga? ¿Cuánto piensas tú en estos zoquetes que te siguen, dando guerra y creyéndose cada una de tus palabras? ¿Qué hace tu gente en este pisotón de venganza?
No es la respuesta que espera. Durante un rato largo, Brodd, el que refunfuña, patea y ruge, no sabe qué decir. Él es el Profeta, ¿no? Empoderado y atormentado por los restos del espíritu de su padre muerto, ¿verdad? Mira en derredor al grupo durmiente: Odro, el del goteo de nariz perpetuo; los trillizos Fog, Marog y Babog, roncando apilados con la boca impregnada todavía por los restos de los humanos que han engullido; Begra, que gruñe en aprobación de cada palabra que dice Brodd y se apresta a su lado de brazos cruzados, como su esbirra, luciendo con tanto orgullo esa cicatriz estrellada en la barriga. Se vuelve a Maegran entonces, con el ojo bueno entornado tras el yelmo de cráneo de draco. Relámpagos distantes le iluminan la cara.
—Me estás poniendo a prueba, Otorga Grandezas.
—¿Acaso no estoy aquí pa' eso, Rey de los Grandes? ¿P'asegurarme de que estos tarugos no se tuerzan y sean dignos de tu sangre? —Maegran sigue sonriéndole burlona, pero en su mirada halla ahora algo inquietante. Las muchas efigies pétreas que le cuelgan del cuerpo le observan, fulminantes, y no hablan.
—Has vuelto aquí, a donde derribaron a Behemat los que eran todavía más fuertes que él, para aplastar ratas con esa fuerza divina que se te ha pegado, Brodd. Y sí, está mu' bien, es mu' propio. Pero la grandeza no siempre es tamaño. A veces la grandeza es de espíritu. Llegará el momento en el que tengas que considerarlo.
A Brodd no le gusta cómo suena eso.
—No me gusta cómo suena eso.
—Pero te tocará hacerlo —dice Maegran, y ahora le brilla la mirada mezquina—. Y más vale que estés listo pa' eso. O va a resultar que de lo único que eres rey es de las cañas y el barro.

A Brodd se le olvida la conversación durante un tiempo. Parecen las vaguedades nocturnas de una bruja rarita, lo que a estas alturas ha comprendido que es de esperar. Además, el inicio de la batalla de la mañana siguiente va bien. Las neblinas de la Estepa Escabrosa se tornan densas, como si pretendieran esconder a los gargantes en su acercamiento a los chisporroteos verdes. Entonces salen de la penumbra a la carga, armando un jaleo tremendo mientras se abren paso entre la muchedumbre rátida a patadas y lanzan rocas que hacen estallar sus cañones en una metralla de bronce y astillas.
Y entonces, en el corazón de la ciénaga, un tecnobrujo roedor consigue, entre chillidos, prender el relámpago y tirar de suficientes palancas para traer de vuelta a la vida al Ingenio Parásito. Se levanta del pantano entre exhalaciones de gas venenoso. Un lanzazo de rayos verdes sale de un cañón parecido a un cuerno y le abrasa la garganta a Begra. Esta cae de espaldas y provoca un maremoto de agua turbia y ya está, muerta, los ojos vacuos vueltos con incomprensión al cielo. Brodd está pensando que no hay derecho a que un gargante muera así cuando el Ingenio se le echa encima con todo su peso terrible. Alcanza a agarrarle las extremidades frontales justo a tiempo.
Y entonces llega el relámpago a matarlo.
Justo antes de que la potencia de la máquina pueda abrumarlo por completo, algo le provoca una sacudida con un gran chillido metálico. Del agua pantanosa han surgido lianas resbaladizas e hinchadas para enredarse en torno a una de sus extremidades, y tiran tan fuerte que le hacen perder el equilibrio. Le ofrecen el respiro suficiente a Brodd para dar un paso atrás y recomponerse. Oye por encima del hombro que Maegran murmura cantos místicos, siente que la energía crepita al brotar de la lanza levantada y de las bestias que la acompañan mientras teje el hechizo.
Le ha salvado, aunque quizá ni siquiera importe. Los gargantes que lo han seguido hasta aquí se estremecen y comienzan a vacilar. ¡Casi arrollan a su rey! Eso significa algo para ellos, parece. El Ingenio Parásito recupera el equilibrio con un siseo mecánico; se le desconchan los paneles del blindaje. Brodd se puede imaginar a la rata maníaca que lo controla, sonriendo ante lo que cree que es una victoria.

—¡Oye!
Brodd ruge la palabra como una andanada de artillería. La batalla se detiene con el avance de la explosión tectónica de sonido. Hasta el Ingenio Parásito parece retroceder, aturdido y receloso. Brodd da un paso adelante y se aporrea el pecho con el puño entre resoplidos. A su alrededor, los gargantes comienzan a dar pisotones con esos pies enormes, coreando por lo bajo. Por lo general, Brodd lo encuentra algo molesto. Ahora, hasta les dedica una sonrisa maliciosa.
—¿Vienes aquí, rata, a territorio gargante, y crees que puedes tomar to' lo que quieres? Nah. A la ciénaga con tos vosotros. Pudríos y caed en el olvido a la sombra de los huesos de nuestros padres. Como deberían tos los fantoches.
Pronuncia cada palabra despacio, y grave, y claro, y burlón. Habla, en cierta manera, como lo haría un rey. El Ingenio Parásito parece ofenderse. Por sus barbas y puntas crepita de nuevo el poder mientras el cráneo de roedor mecánico le devuelve la mirada a un Brodd impávido.
Pero el Rey Brodd ya está en marcha, moviéndose más rápido de lo que debería algo tan inmenso como él. Le vuelven las fuerzas, la potencia de Behemat, que fluye mientras sus seguidores corean su nombre y siguen a pisotones el ritmo de poder. Las lianas que ha conjurado Maegran tiran del Ingenio otra vez, arrastrándolo aún más hacia la ciénaga. Se desconcentra el tiempo suficiente para que Brodd tome el garrote a dos manos y lo golpee como un meteorito.
El garrote obelisco se estampa contra la carne de hierro del Ingenio Parásito y no se para. Abolla el metal y los motores chirriantes y provoca una cadena de furiosas detonaciones internas cuyos estallidos de fuego brujo incineran a la tripulación skaven entre alaridos. Brodd arranca el arma en una profusión de tripas mecánicas. Deja que caiga y vomite un torrente de agua sucia. Le queda tiempo para escupir dentro de las fauces abiertas del Ingenio antes de que lo revienten las explosiones internas.
Tarda un momento en percatarse de que el rugido que oye no es solo el de las llamas que engullen la máquina. Sus gargantes corean su nombre. Lo han hecho muchas otras veces, pero esta es diferente para Brodd. O quizá sea que, hasta ahora, nunca hubiera prestado verdadera atención. Si se lo permitiera, podría acostumbrarse a algo así.
—Esto sí que es digno de verse —dice Maegran mientras anadea hasta Brodd, observando con un murmullo cómo los restos del Ingenio Parásito comienzan a hundirse en el pantano—. Puede que Behemat mirase así a esa cosa.
—Mmmm —gruñe Brodd—. ¿Te ha parecido digno de un rey?
—Ah, sí. Es un comienzo. —La forma en la que lo dice le hace reír entre dientes. El sonido le resulta raro hasta a él. Se sacude las últimas púas de la explosión y levanta la mirada. Los rescatadores skaven han entrado en pánico y chapotean por las aguas de la Estepa intentando escapar, y los gargantes ansiosos ya los persiguen a largas zancadas torpes. Pero algunos de los jefes rátidos intentan obligarlos a recuperar cierta semblanza de orden, azotándolos con las colas y empujándolos hacia los titanes con lanzas crueles.
—Bueno, grandedad —dice Maegran—, parece que no has terminao el trabajo.
—Bien —dice Brodd aferrando de nuevo la maza con ambas manos—. Este sitio pertenece a los Behemati. Y esto no es más que el calentamiento.


















