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Crónicas de la Ruina – El Barón de Acero

La capitana castellana Varna Lask se echó al coleto un trago de la petaca. Cuando el denso líquido le quemó la garganta, torció el gesto. Sabía a aceite de motor, pero le prendió en el estómago como un incendio y eso mitigó un poco el frío. Luego se frotó con ganas las manos enguantadas, aunque de poco sirvió.

—¡Vamos, perros! —gritó Haybry a la torre proel del costado de sotavento; la voz le arrastraba lo justo para insinuar una cierta ebriedad. No conseguía verlo en el mastodóntico pecio del Barón de Acero, pero los gritos del muy bocazas serían capaces de despertar a un troggoth—. Ya sabéis dónde estamos. Asomaos y dad la cara.

—Cierra el pico —gruñó Lask—. Si los orruks estuviesen al caer, lo sabríamos. Tenemos a los montaraces patrullando el pantano de una punta a otra.

Tendría que reprenderlo. Echar un trago era una cosa, pero la ebriedad era otra. No podía culparlo por querer calentarse la tripa. Por lo general, la dotación del Barón de Acero jamás sufría el frío, pero ella había ordenado cerrar la arcocámara de combustión del fuerte mecanizado cañonero hasta el último momento. Iban faltos de esquirlas de piedrascua. Gladrick se le había quejado amargamente, quejándose de lo perjudicial que era un arranque en frío para un arcocombustor. Era consciente a su espalda de la actividad febril del mecaherrero, ocupado en la sala de máquinas, gruñendo entre dientes. 

Los fundehierros se preocupaban de sus fuertes mecanizados como si de recién nacidos se tratara. Puso con cariño la mano en el pétreo armazón del Barón.  

—Se necesita más que un combustor defectuoso para tumbarte, viejo amigo —murmuró. 

Arrugó el entrecejo, atenta a la cresta de roca desnuda que entreveía a través de la niebla de primera hora de la mañana y que daba la impresión de espesarse, de adquirir la densidad de la leche agria. ¿Había visto algo moverse en la ciénaga? Probablemente un carroñero en busca de un jirón de carne. Al asomarse al parapeto vio a los excelsianos agazapados tras el muro de escudos. A su derecha vio emplazada una máquina de asedio fundehierro en la meseta escarchada que cubría a la perfección el valle.

Estaban tan preparados como podían. El Cuerpo Montaraz les advertiría si la horda verde cerraba sobre ellos, pero por lo visto la peña se desplazaba al este a través de Fuerte Piedrámbar. El Barón y su dotación estaban allí para vigilar el flanco y apoyar al 112.º Excelsiano si las cosas se ponían feas. Por mucho que pasara un frío de pelotas de oso blanco, aquello era preferible a la matanza constante de la última campaña. 

Pensaba en ello cuando la primera lluvia de proyectiles de pluma negra salió disparada de la niebla; uno rebotó en el armazón del Barón, a medio palmo de su cara. Una esquirla de piedra le hizo un corte profundo en el cuero cabelludo. Reculó con un grito de sorpresa, y aquel tropiezo fue lo único que la salvó de acabar perforada por un segundo proyectil que le pasó silbando por la sien. Algo enorme, parecido a un ave, cayó del cielo a su derecha, y oyó el grito de horror de uno de los artilleros de la meseta cuando lo arrastraron al cielo, forcejeando entre las garras de una monstruosidad que ella apenas distinguió.

Se incorporó a toda prisa, desnudando el sable. Le corría la sangre por la cara. Apenas distinguió los rostros de expresión idiota que asomaban de la niebla, rostros exagerados, pintados en los escudos rojos y amarillos. 

—¡Zafarrancho de combate! —gritó a voz en cuello, maldiciendo a partes iguales su complacencia y su suerte—. ¡Enciende motores!

Gladrick se dirigió a todo correr hacia el arcocombustor, maldiciendo la terquedad de la capitana castellana. No tenía otra que arrancar en frío el motor del fuerte mecanizado. Hacerlo en plena refriega era, por decirlo muy suavemente, lo contrario de lo ideal. Un proyectil perdido o una esquirla minúscula de combustible podían prender un fuego que los reduciría a todos a ceniza, junto a todo aquel que resultase estar a quince pasos del fuerte. Con la aqtracita de motor no se jugaba.

Sopesó una de las cargas de piedra del reino aqshiana con toda la cautela de la que fue capaz. Abrió la escotilla del combustor e introdujo el bloque en el depósito. Prendió de inmediato, despidiendo un fulgor carmesí, y lanzó un aullido cuando las llamas le alcanzaron las yemas de los dedos. Qué insensatez. Qué tontería.

—¡Mecaherrero! —rugió la capitana castellana—. Maldito seas, ¡necesitamos potencia!

Gladrick le dio a la palanca con fuerza entre improperios mascullados hasta que el penacho de vapor y llama recorrió los conductos superiores. Llenó el ambiente el fuerte tufo acre de la ardiente piedrascua. El frío matinal ghurishano se esfumó en un instante para dar paso a un calor intenso, y Gladrick reculó hasta pegar la espalda al pasamano cuando el fuerte mecanizado emprendió los lentos andares de un león al acecho entre el triquitraque y el gruñir de sus extremidades de pistón. 

En el extremo opuesto del Barón de Acero, el mecaherrero oyó el estruendo de un escupeplomo de cureña y al estúpido de Haybry a punto de ahogarse de la risa.

Al menos alguien se lo estaba pasando en grande.

Para el artillero Mackim Haybry, el tedio era un mal mucho mayor que el peligro mortal. Había pasado tres lunarios congelándose la barba en su púlpito, la vista fija en la distancia, rezando para que se armase un buen lío que no tuviese nada que ver con ahuyentar al ocasional caranchillón en busca de carne humana. Casi había abandonado toda esperanza.

Y ahora estaba metido hasta las cachas, incapaz de borrarse la sonrisa del rostro.

—¡Vamos, perros! —rugía—. ¡Acercaos y os daremos lo vuestro!

Pivotó el graniferro al ver un hatajo de brutos desgarbados con los escudos pintados que cargaba al pie del fuerte mecanizado, en dirección al flanco de los castelitas asediados. Vació sobre ellos todo el cargador, sonriendo torvo mientras rugía el arma, compensando el traqueteo de la sujeción metálica que le sacudía el cuerpo.

Media docena de orruks rotos quedaron envueltos en una bruma rojiza, trastabillando desmañados. El resto titubeó, frenada la carga lo bastante para que los rematase en tierra una descarga de fusilería.

—Se acercan demasiado —anunció el bombardero Frenk, arrojando sobre el enemigo una granada con la mecha prendida que estalló en un torrente de llamas—. ¿Por qué diantres no nos movemos? 

—¡Cierra la boca y a lo tuyo! —voceó Haybry, corriendo el cerrojo de la recámara para introducir una nueva carga.

La niebla, húmeda y hedionda, era tan densa que apenas distinguían lo que sucedía en tierra. Un cuerpo pasó de largo, gritando, por la batería de Haybry. Los virotes del enemigo dieron con estruendo en la regala, y supo que tarde o temprano los orruks ajustarían bien el tiro y lo asaetearían con metal emponzoñado. Lanzó un juramento y pivotó la pieza en busca de otro blanco.

Distraído, pensó que los temblores que sacudían su posición se debían al tembloroso combustor del fuerte mecanizado. No reparó en la manaza de piel curtida que atravesó la niebla para aferrarlo por el torso con tal fuerza que sintió que se le astillaban las costillas y las entrañabas le agonizaban.

—¡Gargante! —oyó gritar a Frenk—. Por la sangre de Sigmar, ¡un gargante tiene a Mackim!

Tuvo tiempo de oler el aliento rancio del gargante antes de que él y su cañón fuesen arrancados del costado del fuerte mecanizado y volaran por los aires. Lo último que vio fue la ladera gris de la montaña, que se le acercaba a toda prisa.

En las entrañas del Barón, el titiritero notó el golpe del gargante pese a que su sordera parcial no le permitía distinguir el quejido del metal o los gemidos de los moribundos. 

Nadie conocía ese fuerte mecanizado mejor que Igny Mollar, ni siquiera la capitana castellana. El piloto vivía ahí, en la ajetreada negrura y el asfixiante calor de la cámara móvil, asido a un amplio surtido de cadenas, poleas y palancas: una araña metálica en pleno corazón de la máquina de guerra, pendiente de la menor alteración en su telaraña de hierro.

Sintió el tirón del guantelete izquierdo del arnés, prueba de que la capitana Lask giraba con alma el timón, intentando que el Barón virase por avante. Unas vibraciones apremiantes lo alcanzaron a través de los cables de la torre artillera central, una indicación de hacia dónde debía encarar la fortaleza.

Mollar sonrió, dejando al descubierto los dientes podridos. Antaño estuvo a punto de ser víctima del hacha del verdugo. Por aquel entonces era un ser retorcido, con el rostro quemado por el mismo incendio con el que quiso asesinar a aquel mercader codicioso, con la pierna zurda rota tras la caída que debió de alejarlo de la escena del crimen. Asesinato, incendio premeditado, robo de suministros de la cruzada: lo juzgaron por todo, y por separado cada acusación comportaba sentencia de muerte. 

Pero no fue ese su final. Necesitaban pilotos para los fuertes mecanizados, tanto como para peinar los pozos de reos. Era la muerte o el servicio, le dijeron, y no pocos criminales optaron por lo primero, ante la perspectiva de pasarse décadas metidos en esa jaula ensordecedora, asfixiante y oscura, jadeando, sudando mientras, como titiriteros, “tiraban de los hilos”. 

Pero no así el bueno de Mollar. Había firmado con alegría su privación de libertad. Después de todo, ¿de qué le había servido gozar de ella? Nunca se había sentido tan en casa como cuando puso un pie en el armazón de piedra y metal del Barón de Acero

Resultó que había nacido para piloto. Su trayectoria criminal, la vida desesperada que había llevado, le habían proporcionado la resiliencia y el don de memorizar las complejas secuencias de tirones y virajes que desplazaban el fuerte mecanizado. Comía y bebía bien, porque toda la condenada dotación, de Lask para abajo, sabían que sin él eran carne para ogor. Sí, percibía el desagrado de sus rostros cuando le miraban, cuando olían su rancio hedor tras meses sin darse un baño, o cuando debían sacarlo de su guarida para efectuar labores de mantenimiento. Pero lo necesitaban y querían que estuviera contento. Eso le hacía sentir poderoso, importante, algo que rara vez había experimentado en su miserable vida.

Y en ese instante lo necesitaban de nuevo. Manipuló las poleas axiales con diestros tirones, extendió la pierna derecha para nivelar el fuerte mecanizado. y sintió, más que oyó, el canturreo, el chirrido de los pistones que hacían de articulaciones flexionadas a sus órdenes. Bajó ambos puños entonces y jaló de los cables más elevados mientras temblaba su jaula y el arnés le mordía la piel cuando el Barón de Acero viró para encarar a su agresor.

Con su primer golpe, el gargante perforó el flanco izquierdo del armazón del Barón. El motor entero acusó la sacudida del impacto, y Rogin Borland estuvo a punto de partirse el cráneo al dar con una caja de munición. Aturdido, se puso en pie como pudo. Era como tener un panal de abejas en la cabeza.

—¡Fuego todas las piezas! —rugía la capitana Lask—. ¡Hay que tumbarlo!

Pero Borland y su coartillero Deerling a duras penas se mantuvieron en pie cuando el conjunto del fuerte mecanizado acusó aquel inmenso golpetazo.

Estaba a punto de ponerle el grito en el cielo al lelo de Mollar a través de la tubería cuando el fuerte mecanizado se echó hacia delante con miras a romperle la nariz al megagargante, justo cuando este se disponía a descargar un nuevo golpe de garrote. Tras un gruñido porcino, seguido por una salpicadura de sangre, el titán cayó de espaldas.


El alivio inundó a Borland, pues el enemigo que tanto se había acercado ya no tenía ocasión de asestar el golpe de gracia. Ahora sentía en el estómago el vaivén del fuerte; la capitana Lask había virado la rueda a la izquierda y el piloto del fuerte mecanizado respondió con asombrosa velocidad y precisión tras los pasos vacilantes del gargante. 

Igny Mollar era despreciable, pero no fue aquella la primera vez que Borland agradeció a todas las estrellas de Azyr que formase parte de la tripulación.

—¡Aliento de draco cargado, señor! —dio la voz el joven Deerling, lívido su rostro anguloso en el que destacaban los ojos, tan abiertos que la expresión resultaba cómica. 

—¡Aguarda! —advirtió Borland, con un puño enguantado en alto. Solo tenían una oportunidad de disparo.

El gargante se cubría la cara, escupiendo sangre y esquirlas de la dentadura. Volvió la vista y miró con odio al Barón, y a Borland, puesto que fue como si el muy salvaje perforara con la mirada la tronera del cañón. El artillero sintió un frío gélido en el estómago y combatió el instinto de abandonar su puesto en la torre.

—¡Apunta! —se oyó decir. 

Tras levantar el mazo con ambas manos y sacudir la cabeza como un perro empapado, el megagargante echó a correr hacia ellos. Justo en la trayectoria del imponente cañón.

—¡Fuego!

Un destello y un trueno sacudieron la cámara. Una bola de hierro hueca, del tamaño de la cabeza de Borland, salió disparada hacia la oscuridad y golpeó en el pecho al titán que se abalanzaba sobre él, atravesándole la caja torácica antes de estallar y convertirse en una flor de llamaradas rojas y anaranjadas. Después, el humo, denso. Asfixiante. A través de él, Borland vio el torso del gargante, perforado por un agujero lo bastante grande como para que él pudiera colarse por él. Había ahí una carnicería entera de restos chamuscados, desparramada una parte cuando el salvaje se derrumbó con un estruendo que hizo temblar el suelo.

Al tiempo que Deerling aullaba y saltaba triunfal, Borland hacía un esfuerzo soberano para no vomitar la comida.

—Basta ya —dijo, tenso—. Cárgame otra de metralla, hijo. Hay un montón de orruks a los que impartir la justicia del Barón.

A ojos de la capitana Varna Lask, les había ido de un pelo. Suspiró aliviada e intentó ignorar el dolor insistente que le recorría el brazo: se había dado un fuerte golpe en el codo contra el casco del Barón cuando los había embestido aquel condenado coloso, y sospechaba que se lo había roto. 

Muerto el gargante, solo debían preocuparse por el volumen cada vez mayor de proyectiles que salían disparados de la niebla. Solo el Dios Rey sabía qué estaba pasando por ahí abajo, porque la maldita niebla hedionda lo ocultaba todo.

Tocaba valorar sus opciones. ¿Quedarse ahí esquivando arpones, a la espera de que un milagro despejara el ambiente? ¿O adentrarse en la penumbra y dar con algo que poder aplastar? 

Fácil elección.

—Agarraos fuerte, muchachos —advirtió, metiendo a fondo la palanca de aceleración. A sus pies, el Barón de Acero apretó el paso con una sacudida, aplastando el cadáver de un enemigo–. ¡Allá vamos!