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Crónicas de la Ruina – La Naturaleza de la Luz

Nos crearon para brillar, los dioses gemelos. Con una temeridad impensable, a través de medios imposibles, extrajeron luz del corazón de las más atroces sombras y le dieron un nuevo propósito. En nosotros, sus vástagos Lumineth, imbuyeron todo lo que era suyo: nobleza, habilidad, fuerza, sabiduría.

Y tambien algo más, creo. Es difícil de cuantificar. Si se me convenciera de intentarlo, podría aventurar que es su más sincera esperanza. Siendo más precisos, sus expectativas.

No soy mago, mas tampoco obtuso. He subido los peldaños de la erudición del Teclamentari y sé que no fuimos los primeros aelfos, ni en estos reinos ni en los anteriores. Giran los ciclos, florecen los kalpas. Quizá, con el tiempo, también nos convirtamos en antecesores míticos. De igual forma se esperan de nosotros ciertos atributos, como se esperó de quienes nos precedieron. Contamos con una historia que nos enseña y con dioses vivos que nos guían. Hemos recibido multitud de dones tanto físicos como arcanos, pero en la entrega había una obligación muda: hemos de ser precisos en nuestra actuación, limpios de pensamiento y puros de corazón.

Debemos encarnar el ideal.

En lo alto de su corcel Farael, rodeado por pendones ondulantes y magos que conjuraban luz de la nada, Lyrior Uthralle observó a la legión osia emprender su tercer avance.

—Poseen una resilencia indescriptible, Regente Supremo. —Thaena habló con suavidad, lo que no bastaba para ocultar una tensión que ya la atenazaba al principio de la batalla. La oficial Vanari no permitía que quebrantase su deber; susurró órdenes entrecortadas a su halcón adivinador y lo invitó a volar.

—Solo porque saben que la batalla está perdida. —A Lyrior le habían dicho que hablaba con desdén aristocrático. No era intencional, más bien una peculiaridad del acento de la Provincia de Muavheil en comparación con el áspero dialecto ymetricano, pero no veía beneficio alguno en contradecir a quien así lo creía. Siempre que estuvieran ganando, quienes se encontraban bajo su patrocinio solían interpretar el desdén como confianza fortalecedora. 

Qué forma de pensar tan prosaica, quizá indigna de alguien elegido para hablar con la autoridad de un dios hasta el punto de contradecir a su gemelo divino. Mas Lyrior hacía tiempo que sabía cuán frágiles eran los ideales.

—Para ellos, todo es puro análisis. Algo medible. Si comienzan a perder más recursos de los que creen que pueden ganar, se retirarán. Ahora ya conocemos cómo actúan. —La expresión del Lord Regente era tan lúgubre como siempre aunque acariciara la melena de Farael con seguridad señorial—. Será inminente.

Al hablar, observó cómo se iba cumpliendo su predicción en los movimientos de las cohortes sobre las llanuras de arena. Los designios estratégicos del día encajaban al fin tal y como se habían ideado, como un mecanismo delicado y cristalino. Resplandecientes muros de picas Vanari marchaban para interceptar a los escalones Mortek; el muro de armas de asta de los Osiarcas se abría para permitir el paso de constructos grandes y pesados en pos de los aelfos, y entonces se lanzaban flechas de metal solar que penetraban los gruesos caparazones del oponente. Cuando detectó que vacilaba el flanco izquierdo Mortek, la caballería aelfa emprendió su asalto en pleno, perforando las filas enemigas entre crujidos de huesos fracturados. 

La caballería no muerta del flanco derecho estaba inmovilizada por las formas colosales de los sagrados Kjengi, Tattanu y Eventonor: tres espíritus de la montaña encarnados que destrozaban varios cuerpos con cada barrido de sus martillos de piedra. Quizá el fuego dedicado de los batallones a distancia hubiera podido amenazar a los aelementores, pero se lo impedían las flechas del templo Hurakan y las espadas de los Ydrilanos, que partían y horadaban las filas osias. Una tempestad, un mandala, iluminados por el destello del aetercuarzo o los haces desterradores de la artesanía aetérica hyshiana.

Al fin tocaron los cuernos. Tan sonoros y profundos como solo podían ser los instrumentos shyishianos. La hueste osia comenzó a retirarse. Lo hicieron en buen orden, pero no sin exudar el frío amargor de la derrota. Era más que una derrota, pues ahora sabían que hoy los habían superado. A ellos, una creación solo motivada por la perfección marcial. 

—Victoria, mi regente —dijo Thaena, permitiéndose soltar el aliento que había contenido hasta ahora. Se volvió a su comandante, más relajada y más alta—. ¿Debo dar órdenes de que los persigan?

—Pronto entrarán en las montañas. Demasiado riesgo. Hemos puesto traba a su ambición y por ahora bastará. —Lyrior ya se había alejado. Su mente había pasado a la siguiente batalla, a la siguiente campaña. Ymetrica aún estaba plagada de enemigos. Los huesos de las ciudades aelfas aún retumbaban con sus aullidos. Las mancillaban sus indulgencias. Lo de hoy no era más que lo que se esperaba de los Lumineth. Lo mínimo a acometer.

Pese a todo, se detuvo un instante.

—Aunque… dejemos que nuestros nobles aliados Hurakan disfruten de la caza, al menos un rato. Luna y sol, tampoco es que sigan a menudo nuestros consejos.

Suelo cavilar respecto a ser los segundogénitos de los Señores Luminosos. Los Cythai llegaron primero. No tengo rencor alguno hacia nuestros tristes predecesores por ello, ni siquiera hacia sus descendientes Idoneth, marchitos y rencorosos, pues carecieron de elección en su naturaleza y sino.

Aun así. De ser nuestras almas las más poderosas, habrían llamado antes su atención. Antaño pensábamos que en la carrera por la excelencia solo debíamos batirnos a nosotros mismos; tal osadía dejó Hysh convertido en poco más que un erial. ¿Qué sugiere esto? ¿Es peor nuestra debilidad por creernos inmunes al fracaso de los que llegaron antes? ¿O demuestra fortaleza, pues logramos retroceder del borde del abismo?

Han nacido y muerto generaciones aelfas desde que los dioses moldearan al primero de nosotros. Ahora, nuestras decisiones son eso mismo: nuestras. No olvidemos jamás nuestros orígenes, pues las luces más brillantes pueden ser las más cegadoras.

No se requerían ojos aelfos para ver cómo se acercaban los grots de las llanuras. A su paso se elevaban nubes de polvo; la luz se reflejaba en su armadura abollada y la que protegía a sus lobos. Combatían, como siempre, de forma miope. Todos trataban de superar al resto de la manada, ansiosos por dar caza a la caballería aelfa que huía de ellos.

—¿Nos han visto? —Mientras hablaba, Lyrior tiraba ligeramente de las riendas del impaciente Farael. A cada lado, sus jinetes revisaban sus equipos. La luz danzaba por sus espaldas desde el menhir de cristal que los acompañaba.

—El menhir nos envuelve en el brillo de un millar de estrellas, comandantes —dijo Thaena mientras se encajaba el casco emplumado—. Los ojillos de esos pequeños monstruos no pueden contemplarlo. No tienen ni la menor idea de que estamos aquí.

—Entonces, ataquemos. Nuestros parientes ya han desempeñado su papel de cebo durante tiempo suficiente. 

De la lanza Azote de daemons destelló la luz cuando Lyrior la sostuvo en alto. Más abajo, a esta señal, la caballería aelfa se alejó hacia un costado de acuerdo al plan. La cabalgada grot se ralentizó al intentar hacer lo mismo. Algunos de los monstruitos, deslumbrados de pronto, gruñeron. Para entonces, los jinetes de Lyrior ya cargaban separados en tres puntas de flecha bien dibujadas.

Templanza. Lyrior se repitió la palabra como lo había hecho muchas veces ya, justo hasta que alcanzó al jefe grot al frente de la manada. Entonces alzó la vieja furia carmesí; los tejedores de acero Syari habían forjado Azote de daemons con el fin de ser exactamente lo que su nombre indicaba, pero irónicamente el arma derramaba sangre con el mismo vigor que aquellos a quienes debía destruir. El pánico titiló en los ojos del grot cuando Lyrior lo lanceó con un rugido; el arma brotó de su columna con un chorro de sangre hirviente. Entre gritos, la criatura se deslizó por el asta mientras Lyrior fijaba la mirada en sus ojos moribundos con el rostro contraído de odio.

Le devolvió el recuerdo de sus parientes muertos y desmembrados en las ruinas de Muavheil. Sobre las ruinas aún ondeaban estandartes de guerra orruks. Así había mirado a cada uno de los brutos idiotas y monstruitos cobardes que había matado desde entonces, deleitándose en el momento de sus muertes.

Sacudió al grot de la lanza antes de atravesar con el arma a dos jinetes montados en un único lobo. Hundió la punta en llamas de Azote de daemons en el flanco de un carro, prendiendo la madera. Solo salió de su furor de batalla por un grito.

—Ya están muertos, Regente Supremo. —Salpicada de sangre, Thaena hizo un gesto hacia los grots que yacían desperdigados por todas partes. Los aelfos acababan con los últimos supervivientes, observando suspicaces a su comandante. 

Lyrior respiró. Se colgó a Azote de daemons del costado, aún vibrante entre los dedos. De nuevo el rostro se le convirtió en una máscara austera.

—Continuemos, pues.

Pese a ello, lo hacemos lo mejor que podemos. Tratamos de evitar los errores del pasado. Es más fácil decirlo que hacerlo, en particular por el descontento que genera entre nuestros aliados.

En ocasiones podemos resultar… distantes. Tuvimos que aprender humildad; no nos era inherente. Y, en aras de vivir a la altura de nuestra herencia como defensores del orden, debemos mantenernos atentos a cuestiones elevadas. No podemos permitir que nos controlen la sensiblería y la pena, no importa cuánto lo deseemos. Es necesario para derrotar al azote de lo ruinoso. Esto nos hace parecer despiadados, impasibles, engreídos. Los demás no ven cómo cerramos el corazón ante la llamada de decisiones crueles. No entienden el precio que conlleva luchar por un bien mayor.

Aunque sepamos mejor que nadie lo que ha de hacerse.

—Descanso de Sivejr se halla al otro lado de las montañas. Nuestros jinetes os escoltarán hasta allí, pero debéis ser raudos.

El tono señorial de Lyrior sirvió para sacar a varios de los humanos de su ensimismamiento. Otros no apartaron la mirada de los cadáveres de los sectarios hedonistas que los aelfos echaban a las piras. Los degenerados habían emboscado a la caravana entre las dunas de arena, tal y como los videntes de Lyrior habían predecido. Sus alaridos de éxtasis habían cambiado de tono tan pronto como las flechas aelfas les tachonaron la espalda; las hojas aelfas habían puesto fin a su gozo de forma preventiva.

—Centelleante señor… —Una de los humanos, una anciana envuelta en sedas blancas y polvorientas, se adelantó al grupo. Con dedos finos frotó los contornos de marfil de la coraza de Lyrior; luego enterró la cara en su capa—. Centealleante señor… salvador… —Era un murmullo que adoptaron varios de los demás. Lyrior lo permitió un momento antes de tirar con gentileza de su capa y ponerlos en camino.

—Lord Guardián.

Esta vez no era Thaena, sino Sedrell quien se aproximaba. La expresión del vidente Scinari era deliberadamente seria; los colgantes rúnicos brillaban ligeramente.

—Hemos investigado el rastro de corrupción, mi señor. —La voz de Sedrell era débil, pero en su postura leyó seguridad. Cabeceó hacia un grupo de humanos a los que habían separado de sus camaradas bajo la premisa de que los atendieran sanadores aelfos. Se acurrucaban en una carreta cubierta por lino, entre murmullos y miradas suspicaces. Lyrior apretó los labios.

—¿Ellos?

—Quizá. Quizá sea uno de ellos. Quizá un enemigo colocara una baratija maldita en su morada para atraer a los Hedonitas. Quizá nos… —Sedrell no pudo obligarse a decir “equivoquemos”. Su leve cabeceo lo expresó suficientemente bien.

Antaño, Lyrior se habría doblado bajo el peso de todas sus responsabilidades. Pero ahora era una carga familiar. Así ignoró el Regente Supremo el vacío de sus entrañas, el estremecimiento de pena mortal que lo atravesó de lado a lado. Se volvió hacia los espaderos Vanari que flanqueaban a Sedrell, marcados por los altos cascos.

—Actuad como sea necesario. Sed piadosos, llegado el momento —dijo, y arrió a su corcel para que siguiera al resto de la caravana—. Pero sed minuciosos.

El agua corriente susurraba sobre las rocas ovoides que llenaban las charcas del santuario de montaña. Cuando el aire altitudinal atravesó libremente las campanillas que colgaban del bonsai, estas suspiraron con suavidad. Una espiral de cuarzo perfecto se enroscaba hasta el centro del santuario. 

Allí se arrodilló Lyrior Uthralle, Protector de Ymetrica, con la respiración entrecortada y grave.

—Es demasiado. 

Había dejado el casco y la lanza en la base de la montaña con Thaena, y la capa de su posición sobre la silla de Farael. Hasta había dejado atrás a los Tres Velos, los Cathallares que atendían su mal espiritual. Lyrior alzó la mirada. Sus delicadas facciones aelfas dibujaban un agotamiento abismal.

—La sombra de la ruina crece cada día. Por cada victoria obtenida se exigen cinco más. Y cada elección reverbera por todo el cosmos. A cada palabra puedo salvar o condenar a un número incontable. ¿Conocían los hermanos divinos la carga que nos impusieron al crearnos, antiguo espíritu? —Rio entre dientes con amargura—. ¿Es propio que mi único deseo sea… ser más fuerte? ¿Más puro? ¿Soportarlo mejor?

Avalenor, el Rey del Corazón de piedra, lo observó sumido en una calma silenciosa. El más anciano y venerado de los espíritus de montaña de Hysh parecía la roca inanimada de la que se había esculpido su forma. Sobre los contornos dorados de su máscara parecía danzar una extraña sombra sin origen claro. Lyrior había oído que algunos sabios Alarith se arrodillaban allí durante semanas, inmóviles, para escuchar apenas una palabra del aelementor. En realidad, no esperaba nada.

Pero la sombra desapareció de súbito. Sobre la faz cornuda de Avalenor se movió una extraña luminosidad antes de que su voz retumbante llenase el santuario.

—¿Crees que tus dioses se sintieron diferente a ti cuando anduvieron en forma mortal? —Pasaron largos minutos en los que su mirada tectónica pareció aplastar a Lyrior desde lo alto—. Hysh resiste. Sus gentes resisten. No solo los aelfos. Se acerca la noche, mas brilláis.

Avalenor calló y dejó a Lyrior a solas, arrodillado en la meseta ventosa. El Protector de Ymetrica tomó aliento. Su columna se colmó otra vez de roca. Se puso en pie, y mientras lo hacía en sus labios apareció una sonrisa muy poco habitual.

—Mas brillamos.