
Irathu había muerto. Desplomado contra un terraplén, con la carnecorteza ennegrecida y la savia mezclada con inmundicia viscosa, Athyllar se entregó a una sola causa.
Los Agusanados.
—Su cámara cardial está vacía —dijo Dryaneth con una voz ronca como el ruido de un vendaval de inverno recorriendo el Bosqueterror. Se arrodilló al lado del Anciano caído, temblando de la rabia, apretando los puños del dolor.
Athyllar observó consternada el enorme cadáver del Señor Arbóreo, deteniéndose en cada marca y señal que le habían causado las torturas infligidas. La llama de la venganza fría arreciaba en su interior.
Una figura apareció en lo alto del terraplén, entre las nieves que lo cubrían, cerniéndose sobre la pequeña banda de Aparecidos Feéricos que se habían reunido en el lugar de reposo final de Irathu.
—Aquí hay un rastro que lleva hacia la Arboleda Nocturna —señaló Neleth desde su posición aventajada con voz profunda—. Regaremos los árboles con la sangre de los intrusos.
Estaban a punto de moverse cuando algo emergió de la negrura viscosa en que se había convertido el abdomen de Irathu. Un engendro de carne gangrenada y pálida. Entre maullidos puso rumbo a rastras hacia la penumbra del bosque. Parpadeaba. Emitió un bostezo nausebundo, labios cubiertos de pústulas, estómago invadido de llagas. La repulsión echó atrás a Drynaeth, que abandonó por completo sus ensoñaciones.
Athyllar se lanzó a por la criatura, primero con el odio de su mirada y luego con el filo de su archa. Trazó un arco con ella y luego se la clavó por completo. El grito antinatural del engendro fue breve pero penetrante, y estalló como una burbuja tóxica. Cuidándose de no inhalar las esporas liberadas, Athyllar redirigió su ira hacia las profundidades del bosque.
—A la Arboleda Nocturna —proclamó.

Cuanto más se adentraban en el bosque siguiendo el rastro que habían dejado los asesinos de Irathu, peor era la enfermedad que se apoderaba del lugar. Las lianas, que goteaban lodo, se enroscaban en torno a los árboles como espumillón tóxico. En el suelo a pesar del frío burbujeaban charcos de fango. Un calor febril se había apoderado de esta parte del bosque como una manta enfermiza. El Señor Arbóreo había incubado sin saberlo la enfermedad y, en su pánico por escapar, la había propagado por las marismas gélidas del Bosqueterror.
Los Aparecidos Feéricos llegaron al umbral de la Arboleda Nocturna. El aire se espesaba con una enfermedad latente, y Neleth ordenó que se detuvieran.
—Está aquí… —susurró, con el odio tiñéndole la voz.
—Yo también lo siento —dijo Dryaneth, ya desenvainada la espada.
Athyllar acucló sus ojos sobrenaturales: —Encontradlo.
Los Aparecidos se dispersaron con sigilo en la marisma. No tardaron en encontrar lo que buscaban.
El pozo era como las fauces de la oscuridad, de bordes escarpados y lo bastante grande como para engullir a un Señor Arbóreo entero. Y era profundo, como un aljibe negro que solo albergaba fecundidad rancia. El hedor y el aura perturbadora que emanaban eran tales que incluso Athyllar se detuvo.
—Hay algo en el aire, como un lamento infecto en el cántico espiritual —avisó Neleth.
—Quizá deberíamos regresar y traer más guerreros para matar a los intrusos —sugirió Dryaneth al notar las dudas de Athyllar.
Athyllar bufó con desdén y se lanzó al pozo.

El fondo del pozo se abría en una maraña de túneles, cubiertos de raíces tóxicas y resbaladizas como venas cancerosas. Aquí la miasma se espesaba tanto que casi se podía tocar. Pero no estaban a oscuras. Había una luz, un hilo de amarillo ictérico.
Los Aparecidos Feéricos se dirigieron hacia ella.
Se toparon con sus camaradas Dríades antes de dar con el enemigo. Las habían matado y descuartizado, y luego las habían apilado como leña para la hoguera impía que iluminaba la cámara arbórea. Era un fuego hediondo, antinatural. De los cadáveres que lo alimentaban surgía un humo grasiento y tóxico.
Neleth estalló en sollozos, temblando de furia ante tamaña profanación.
De repente, de las tinieblas aparecieron unos monstruos de carne pálida y cubierta de varicela. Olisqueaban el ambiente mientras los Aparecidos se adentraban en la cámara. Tenían los ojos cubiertos con trozos de chatarra. De sus manos esqueléticas colgaban hachas recubiertas de sabia. Estaban listos para el combate.
Atormentada, Athyllar profirió un grito de guerra al lanzarse contra la hueste tóxica. La escoria se mantuvo arrejuntada, contando con su superioridad numérica, aunque poco importaba esta frente a guerreros como Athyllar y sus congéneres. Las criaturas enfermizas cayeron ante los furiosos Aparecidos, quienes les causaron el máximo dolor posible, con la mayor crueldad. Pero no se lo pusieron fácil. Las heridas que deberían haberlas derrotado apenas las ralentizaban, pues su carne pútrida parecía indemne al dolor. Athyllar y sus camaradas se vieron obligados a cometer actos cada vez más crueles, espoleados por el odio que sentían. Para cuando terminaron, los cadáveres descuartizados alfombraban la cámara.
Dryaneth contempló la hoguera, ahora ya reducida a rescoldos.
—¿Esto qué es? Arde, pero… Siento la contaminación de sus llamas —fue a tocar la hoguera, pero en el último momento, retiró la mano.
—Es una profanación —masculló Neleth.
—Están emponzoñando la tierra —afirmó Athyllar—. Y esto es no es más que la cabeza del gusano. Debemos encontrarla… y cercenarla.
—¿Cómo sobreviven en el bosque? —preguntó Dryaneth, al tiempo que gesticulaba hacia los cultistas muertos, ataviados con poco más que harapos.
—Apenas sienten dolor —elucubró Athyllar—, y estas hogueras ahuyentan la pureza de nuestras gélidas tierras, parece.
Neleth estaba a punto de compartir sus impresiones cuando oyó algo. Ladeó la cabeza y prestó atención.
—¿Lo oís? —Sus rostro nacarado se contorsionó y trazó algo parecido a una sonrisa—. Un lamento. Unas garras negras arañando el cántico espiritual. ¿Es… una canción?
La cantinela desafinada los atrajo hacia las profundidades de los túneles bajo la Arboleda Nocturna, invadidos por completo por la contaminación, allá donde miraban los Aparecidos Feéricos. Era como si el mismísimo tejido de ese lugar subterráneo hubiera sido reemplazado por algo tóxico. En cada recoveco se arremolinaban moscas, y de las raíces de los árboles en la superficie colgaban frutas podridas cubiertas de gusanos gordos.
No era la primera vez que veían una plaga así. La influencia de Nurgle, el nauseabundo Dios de la Plaga que tanto había atenazado Ghyran había llegado hasta aquí, hasta el sagrado corazón del Bosqueterror.
Athyllar los lideró con determinación siguiendo el rastro de la enfermedad hasta encontrar su origen.

Ante ellos se abría una cámara arbórea hueca y mucho mayor que la primera. A lo largo de sus bordes se habían prendido más hogueras. En cada una de las cuatro esquinas se alzaban como columnas unos árboles monstruosos, amalgamas supurantes de carne y corteza podrida, cuyas ramas llegaban hasta el techo. De cada tronco salían tres masas bubónicas, partidas en el centro por una línea sinuosa de dientes brillantes.
Ante tal horror, Dryaneth profirió un grito ahogado. Solo entonces miró a las pared. En el batiburrillo de raíces y tierra había Dríades atrapadas, encastadas con pus sólido y demás materia pútrida. Varias de las pobres criaturas se movieron, pero presentaban síntomas de la misma enfermedad que se había llevado a Irathu.
—¡Siguen vivas! —masculló Dryaneth.
—Eso no es vida —respondió Athyllar, acongojada al ver así a sus congéneres—. Son combustible —susurró suavemente cuando se dio cuenta de lo que les iba a suceder. Centró la mirada en la figura que se alzaba en el centro de la cámara. Iba vestido como un hechicero, y bajo la túnica se le adivinaba una joroba. En la piel que llevaba a la vista tenían erupciones y tumores varios. La capucha harapienta le medio ocultaba el rostro, carcomido también por la varicela.
La cantinela venía del hechicero.
—Ara el campo y recoge la cosecha, la la la la lá…
Athyllar apenas entendía la letra de la canción, y la cadencia glotal del hechicero se lo ponía aún más difícil. Era como un sinsentido, como los balbuceos de un humano que había enloquecido. El individuo encapuchado asía un báculo coronado por un glifo trilobular, con cuya virola estaba acabando de dibujar un círculo ritual en el suelo.
Aquí había fluido en su día un manantial de poder, reducido ahora a un goteo aceitoso. Gracias a su pureza se habían alimentado y habían crecido los robles de hielo y las marismas escarchadas. Pero ahora Athyllar sentía la corrupción que emanaba, la cual pervertía su aura sanadora con algo malévolo. Se acercó a él casi sin pensarlo.
Cuando el hechicero posó su mirada lechosa sobre los Aparecidos Feéricos, dejó de cantar y se rió.
—Bienvenidos, extraños, pues todo el mundo es bienvenido en el seno del Gran Padre.
La ira se apoderó de Athyllar. La alegre disposición del hechicero era una provocación.
—Profanador… —musitó.
El hechicero frunció el ceño y miró a su alrededor como intentando identificar a quién se refería Athyllar.
—No, os digo, no. No es más que un jardín listo para la siembra, y yo soy su humilde cuidador.
—¡Este era un lugar sagrado! —gritó Dryaneth. La voz le temblaba de odio.
—¡Es una abominación! —chilló Neleth.
Athyllar estaba a punto de lanzarse contra el engendro cuando un hálito gangrenoso empezó a emanar de donde el hechicero había trazado su círculo que no era un círculo, se dio cuenta Athyllar, sino tres círculos solapados. Otro trilóbulo. En medio de la emanación se empezó a adivinar una silueta, algo grande y deformado.
—Abominación —repitió Neleth.

Un daemon salió de la neblina entre tambaleos, cubierto de chuscos de tierra y piedras. Era nauseabundo. Tenía los brazos demasiado largos, y con uno de ellos blandía una espada oxidada. De la cabeza deforme le sobresalía un cuerno roñoso. Era más grande que los Sylvaneth. En la mirada tenía un brillo malicioso.
No estaba solo. Entre rebuznos y balidos apareció una manada de hombres bestia cubiertos de lombrices, apelotonados en las sombras y armados con lanzas y hachas herrumbrosas.
La desesperación cubrió a los Sylvaneth como un manto de nieve. Tiraba de Athyllar como una raíz enroscada.
—Esto nos viene grande —susurró Dryaneth.
—Sí, hay que volver a la superficie —le respondió Neleth.
Athyllar se resistió al impulso de pasar a la acción, de luchar. Quería erradicar a la purria; ardía por eliminarlos del Bosqueterror. Sabía que sus acompañantes también lo deseaban. Pero prevaleció la sangre fría… ¿o acaso era la desesperanza que se estaba apoderando de ella?
—Moveos con rapidez —dijo, pero cuando el grupo se giró en retirada, se encontraron con un imponente verdugo acorazado en su camino. Tenía la panza tan henchida que la coraza se le estaba empezando a reventar por los remaches. Bajo el visor corroído del yelmo se apreciaban dientes podridos y encías desdentadas. Con una risa malvada, les enseñó el hacha. El filo parecía negro de los restos de sangre y sabia que llevaba pegados.
—El suelo madura. Es la hora de la cosecha —entonó con una voz gutural y pastosa.
Athyllar sentía la corrupción cernirse sobre ella; sentía que se le ennegrecía la carnecorteza y sentía la ira por la presencia del daemon, pero ante ella se alzaba el amenazador verdugo. Mientras los Aparecidos se replegaban, miró de soslayo a los Dríades atrapados en los muros, a su carne en lenta putrefacción.
“¿Ellos también pensaron en luchar?”, se preguntó.
La espada le pesaba más que antes, y ya no la enarbolaba con tanta resolución. Por primera vez en su vida, el sudor le recubría la piel.
—Que sea rápido —dijo el hechicero detrás de ella. Su falsa afabilidad se había desvanecido como el último rayo del sol al anochecer—. Necesito más incubadoras para los hijos del Gran Padre.


















