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Crónicas de la Ruina – Prueba de Lealtad

Prueba de Lealtad

La Reina Saga Krithé se inclinó ante su diosa y con un elegante gesto cruzó sus dos sciansá a modo de saludo.

—El enemigo se acerca, Dios de la Mano Ensangrentada —declaró—. Nos han perseguido a través del Paso del Mentiroso, tal como predijisteis. Dentro de pocos minutos estarán en nuestra línea de visión.

—Casi que me decepciona —dijo Morathi-Khaine, pasándose la mano por el pelo azabache—. No pensaba que los Hashutitas fueran a ser tan predecibles. Tan testarudos como el adefesio que tienen por dios.

Krithé, aún arrodillada, alzó la mirada y contempló a la reencarnación del Dios del Asesinato. Era la imagen de la divinidad, con un pie encima de un saliente rocoso, la melena ondeando al viento y unas deslumbrantes alas doradas que rodeaban como un halo su silueta, noble a la par que cruel.

Y aun así las Negacionistas nos dicen que es todo mentira. Una ficción monstruosa construida sobre una pirámide de falsedades. Incluso las Heraldos de la Vieja Bruja tildaron de usurpadora a Morathi-Khaine, aunque ya no se las oye tanto desde que la diosa y la extraña criatura Krethusa alcanzaran un acuerdo.

Krithé siempre se había considerado ortodoxa, una verdadera devota del credo de hierro. Su devoción por Khaine era feroz y todopoderosa, y le había salvado la vida en más batallas de las que recordaba. Ahora, no obstante, jugaba con la herejía, sopesando la mentira blasfema según la cual la primera servidora del Dios del Asesinato, la mismísima madre del culto Khainita, había atrapado a toda la sororidad en un engaño de proporciones tan mayúsculas que escapaba a la razón.

Al principio la idea le había parecido ridícula. La había enfurecido, y por ello presenció con deleite cuando las primeras Negacionistas acabaron en la hoguera o en el potro de tortura. Pero entonces empezaron a cambiar las estatuas. El rostro severo e iracundo del Todopoderoso Khaine fue sustituido por la belleza austera de la antigua Oráculo Suprema. El dogma khainita que había permanecido intacto durante siglos empezaba a sufrir cambios, sutiles al principio pero más y más descarados en los últimos años.

La duda me asalta. La contemplo, y me pregunto si no soy más que una polilla atrapada en su telaraña, ajena a las cadenas de seda que me han atrapado hasta que ya sea demasiado tarde.

Morathi-Khaine se dio cuenta de su mirada y alzó una ceja. La expresión de la diosa era ilegible. Una sonrisa casi imperceptible le alzó las comisuras de los labios.

—Krithe, ¿cierto?

—Sí, señora —respondió Krithé con un ligero estremecimiento al agachar la cabeza.

¿Me lo ve en la mirada? Incluso las Reinas Sagas son blanco fácil cuando el dedo de la sospecha las señala. Debo obrar con cautela.

—Hoy has servido bien a Hagg Nar —dijo Morathi-Khaine—. Ahora llega la matanza. Tiñe el suelo de Ulgu con la mísera sangre de estos adoradores de los toros, y prometo que te concederé todo cuanto te mereces.

A pesar de los cuidadosos preparativos de las khainitas y de la ventaja de la que disfrutaban al luchar en su nativa Ulgu, sus enemigos eran asesinos profesionales y no se los podía infravalorar. La artillería daemónica cayó sobre la sororidad cuando estaban en plena carga, abrasando a muchas de las combatientes y reventando a muchas otras. Los gritos de guerra khainitas atronaban con eco en cañones y pasos.

¡Mirith-alach Hagg Nar! ¡Krúthal aich khelt!

La promesa de la inminente violencia aligeró el peso que lastraba el alma de Krithé. 

Aquí, en el santo cresol de Khaine, siento su presencia y no la cuestiono. Aquí todo cobra sentido.

La Reina Saga encabezaba la formación de sus hermanas, ansiosa por purificarse de sus dudas en un río de sangre. Gracias al Dios del Asesinato, evitó todas las explosiones en su carrera por la pequeña cuesta hacia el grueso del enemigo. 

Al llegar le dio la bienvenida un muro centelleante de lanzas romas blandidas por macilentos duardines de rostro iracundo. Los combatientes se trabaron con impresionante sincronía, y Krithé no tardó en oír el húmedo chasquido que anunciaba que sus hermanas estaban cayendo empaladas.

Krithé, no obstante, era demasiado rápida para ellos. Rechazó una pica con su sciansá, se apoyó en otra y la usó como trampolín para trazar un acrobático salto mortal por encima de los duardines. Al aterrizar desenvainó la espada y degolló a un soldado. Al incorporarse, evitó otra lanza con un movimiento de cintura y respondió a su atacante con un súbito movimiento que le cercenó los ojos.

—¡Sangre para el Todopoderoso Khaine! —gritó, alzando su cáliz para atrapar la lluvia carmesí.

Los Hashutitas escupían y maldecían, ceño fruncido y muecas amenazadoras que mostraban unos dientes como colmillos de color amarillo, mientras intentaban repeler el envite de las Brujas Aelfas que amenazaba con deshacer su formación. Eran soldados formidables que embestían y sajaban y empujaban sin cansarse, capaces de ignorar los ágiles ataques de sus oponentes y responder con enorme violencia. 

Krithé captó el avance de un escuadrón de duardines con casco de yunque, armados con enormes tubos de bronce que lanzaban un amenazador destello esmeralda. Por puro instinto se lanzó a un lado y se protegió bajo una pila de cadáveres de la lluvia de fuego líquido. Sintió que la piel se le abría y ampollaba al contacto con la tóxica sustancia y aguantó la respiración. Oía los gritos de las hermanas khainitas que estaban muriendo abrasadas. Y entonces hubo un impás y ya estaba de nuevo de pie y a la carga, tirándose al fango para sajarle los tendones al lanzafuegos más cercano, que se desplomó sobre sus camaradas. Más Brujas Aelfas se unieron, saltando por encima de los cadáveres en llamas de sus hermanas y lanzándose contra los duardines sciansá en mano, inmisericordes. 

Krithé se rio y las alentó, deleitándose con los latidos desbocados de su corazón y la sacra intensidad de la sangre que la cubría de la cabeza a los pies. 

Quizá mis sospechas y dudas sean estériles. Quizá simplemente haya dejado que los susurros de descontentos y herejes me intoxiquen los pensamientos. Oigo la verdadera voz de Khaine.

El golpe impactó en su cóccix, levantándola y lanzándola por los aires como una peonza. Aterrizó de bruces contra el suelo de roca dura y sintió cómo se le fracturaba la clavícula. El cuerpo, del cuello a las caderas, le aullaba presa de un dolo agónico. A través del mareo consiguió entrever al monstruo centauroide que le había atacado y que ahora se abría paso a través de sus hermanas khainitas con un archa de doble filo. Gritaba y echaba espumarajos por la boca, que resbalaban por la máscara que llevaba puesta, y cada bramido llenaba el aire con su aliento sulfúrico.

Sin siquiera saber cómo, a pesar de las dos (al menos) costillas rotas y del cuello fracturado, consiguió ponerse en pie. Los huesos le rechinaban con cada movimiento, pero llamas de la ira ahuyentaban el dolor, y una desafiante Krithé alzó su espada.

—¡Khael-machái Khaine! —gritó—. ¡Ven a por mí, abominación!

El duardin centauro, cegado por el ansia de sangre, inclinó la cabeza y cargó. Krithé era medio consciente de que en su actual estado no podría detenerlo, pero tal era el pacto entre una Reina Saga y su inmisericorde dios: su vida, por Khaine. Pagaría con gozo e intentaría infligir una grave herida con las pocas fuerzas que aún le quedaban.

El centauroide estaba ya solo a tres metros; Krithé ya le olía el apestoso aliento. El centauroide estaba ya solo a metro y medio; la tierra se condensaba y aplastaba bajo el enorme peso de la bestia y se convertía en fango negro. Asió la espada con una maniobra en el reverso, con la hoja llana y dispuesta sobre su antebrazo.

Algo agitó las sombras que los rodeaban. Unos tentáculos neblinosos agarraron al centauroide, como un kraken atacando el pecio de un navío. Krithé dio un grito ahogado y se cayó de espaldas, y una nueva oleada de dolor casi le hizo perder el conocimiento. Alzó la vista y vio un radiante rostro. 

Morathi-Khaine estaba ante ella, impoluta entre la sangre y el fango, oscura y perfecta como una estatua de azabache. Tenía una expresión serena, casi aburrida. Tornó sus dedos en garras y apretó. Los tentáculos de sombras se constriñeron en torno al duardin centauro y se lo llevaron arrastrando a la oscuridad. Los Hashutitas flaquearon, y llegaron las Melusai, la Guardia Viperina de Hagg Nar. Atacaron a los duardines con flechas de cristal y archas afiladas.

—Mi diosa —exhaló Krithé postrándose, sinceramente anonadada por el poder de su señora. El dolor intenso de sus huesos rotos la volvió a golpear, pero apretó los dientes y lo ignoró. 

Qué equivocada estaba al dudar de mi diosa.

—Reina Saga Krithé —pronunció Morathi-Khaine con voz meliflua—. Qué buenaventura volvernos a encontrar. Levántate.

Y Krithé así lo hizo, aunque con dificultad. 

—Qué buenaventura también que estemos nosotros dos solas —prosiguió la deidad. Era difícil concentrarse en sus palabras, pues su voz era el sonido más harmónico que Krithé jamás había oído. 

—Has hecho todo cuanto te he pedido y más —Morathi-Khaine ya no sonreía—. Mucho más, si mis agentes Escarnacidas no se equivocan.

Lo sabe.

La mirada de Morathi-Khaine se torno vítrea y negra como la de un escualo. Todo cuanto restaba era un frío inmemorial, sin fondo, una indiferencia tan total que era peor que la furia. Krithé cayó de espaldas y algo duró se le hincó en la espalda.

Antes incluso de que pudiera sorprenderse, se halló presa de unas garras fuertes como el acero. Unos remolinos de escamas carmesí y azabache la envolvieron y la alzaron por los aires. Ante sus ojos danzaba una silueta bulbosa que culminaba en un amenazador aguijón espinado, tan grande como la cabeza de Krithé, que goteaba veneno a apenas unos milímetros de su cara. Algo le dio la vuelta y Krithé se encontró de bruces con el horrendo rostro de la otra Morathi, el espejo monstruoso de una verdadera diosa. La entidad conocida como la Reina de las Sombras siseó; mirada llenada de odio, coronada por un halo de serpientes atacantes. 

Me arrancaría la piel a tiras sin pensárselo dos veces. Y se deleitaría con ello.

—Hay alguien que está propagando unos rumores terribles acerca del templo que lideras y de ciertas actividades que parece ser que se llevan allí a cabo, oh lealísima Krithé —pronunció la verdadera Morathi, con voz meliflua—. Me cuentan que hay reuniones clandestinas, grupúsculos secretos y pensamientos herejes. Dime, ¿cuál es tu respuesta a estos susurros?

—Lo único que he hecho ha sido servirte con lealtad, diosa —Krithé respondió a duras penas, luchando contra las ganas de gritar que le provocaban sus costillas rotas, constreñidas y rechinando unas contra otras.

—Es decir, ¿eres incompetente, no hereje? Una defensa osada para alguien en tu posición.

—¡No! Yo nada más que… espero a que las blasfemas se revelen. Y entonces… les aplico un castigo ejemplar.

Morathi no cambió la mirada, pero inclinó la cabeza, pensativa. La intensa presión que ahogaba a Krithé aflojó un poco. Ya podía respirar de nuevo.

—Entonces, ¿me he equivocado al juzgarte? —caviló la diosa, con un elegante tamborileo en los labios. El dolor que recorría las costillas de Krithé era tan intenso que esta solo podía boquear y asentir. 

—Quizá sea eso —continuó Morathi—. Quizá siempre has servido lealmente a tu diosa, tal como lo has hecho hoy contra los Hashutitas. Quizá te hayas ganado no la censura, sino una recompensa por tu fantástica lealtad. ¿Conoces, supongo, el Slith-onóir?

El ritual de renacimiento. La transfusión de sangre sagrada.

—Así es, Dios de la Mano Ensangrentada —consiguió responder Krithé entre bocanadas—. Un… gran honor. 

—Esa es una forma de verlo. Normalmente organizaría una ceremonia para celebrar la ocasión, pero para serte sincera hoy ha sido un día muy largo y aburrido, así que creo que nos saltaremos el boato.

La diosa chascó los dedos y Krithé fue alzada por los aires, hasta que la Reina de las Sombras estuvo a apenas unos centímetros de su rostro. La corona de serpientes bailaba ante ella; sus viperinos ojos refulgentes irradiaban hambre y odio. Krithé no podía apartar la mirada. Los sonidos de la batalla cercana no eran más que un eco tenue. 

—No todas las distinguidas con el honor del Slith-onóir lo sobreviven —cantaba la melódica voz de la diosa desde un lugar distante—. Es un riesgo que estoy dispuesta a asumir.

Las serpientes la golpearon a la vez. Doce pares de colmillos se hundieron en la carne de Krithé e inundaron su flujo sanguíneo con un ícor abrasador que le incendió cada nervio. Un tormento cegador y absoluto la engulló. Krithé gritó y gritó hasta que se le rompieron las cuerdas vocales y ya no pudo expresar más su agonía.

Déjame morir. Déjame morir. ¡Que termine ya!

El ritual del Slith-onóir se extendió doce horas más. En ningún momento aminoró el dolor.

Se reunían en la penumbra del transepto inferior del altar Traíchan, pertrechadas tras máscaras y capas que protegían sus identidades de miradas intrusas. Todas ostentaban posiciones de alto rango en el credo khainita pero, con las Escarnacidas acechando en cada esquina y disfrazadas a menudo de acólitas rasas, habría que ser muy necia para no tomar las precauciones necesarias.

Una no llegaba a ser Reina Saga cometiendo errores estúpidos.

—¿Krithé no vendrá hoy? —preguntó Mairichh, barriendo puertas y vidrieras con su mirada violeta.

—Hace días que nadie la ha visto —respondió Xhist—. Se la invocó a la defensa de las Islas Neblinosas por decreto de Hagg Nar, no es nada raro. No fue la única sacerdotisa a la que llamó la Oráculo Suprema.

El uso de ese título, el antiguo, se consideraba un acto blasfemo. Según la nueva doctrina del credo, implicaba que Morathi-Khaine seguía siendo poco más que la portavoz de Khaine, en lugar de su segundo advenimiento.

—Krithé tiene sus dudas —comentó Ygwinne, la miembro más veterana del aquelarre secreto—. Pero no nos engañemos, eso no significa que sea de confianza. Aún no. La Vidente de la Vieja Bruja nos urgió a la cautela, y con razón. Estamos jugando una partida de zyu’raich peligrosa en extremo.

Xhist asintió. —La cautela es primordial. Acordaos de Agghaya.

El silencio invadió el grupo por un instante. La Reina Saga Agghaya, que en su estupidez se atrevió a cuestionar a Morathi-Khaine a la cara y murió su propio templo desmembrada a manos de las estatuas sagradas del Dios del Asesinato.

Se oyó un suave siseo viperino en la oscuridad de la nave principal. En un instante, las tres Reinas Sagas habían desenvainado sus espadas y adoptado una posición de combate.

—¿Quién osa entrometerse en los asuntos de sus superiores? —vociferó Ygwinne—. Muéstrate o sufre una muerte agónica.

Un pálido rostro emergió de la penumbra, iluminado apenas por un rayo de luz que se colaba a través de las enormes vidrieras. Flotaba en el aire como si perteneciera a un espíritu etéreo, con los ojos cerrados y una expresión de triste calma.

—¿Krithé? —preguntó Ygwinne. La sombra de la duda teñía su pregunta al tiempo que se acercaba a la aparición.

El rostro fantasmal ocultaba algo horrible. Era la visión de un cadáver pálido flotando bajo la superficie de un lago helado, con la melena ondeando en los vaivenes de la corrientes.

No. No era pelo.

Ygwinne dio un grito ahogado e intentó alejarse. Demasiado tarde. Los ojos de la criatura-Krithé se abrieron de repente, brillantes como gemas y ardiendo de odio, fijados sobre la Reina Saga, rodeados por una corona de serpientes. Ygwinne empezó a convulsionar y a chillar, y bajo la piel le brotaron remolinos negros como lombrices. De boca y nariz le empezó a emanar sangre a chorro, y cayó sobre el suelo de mármol con un ruido húmedo.

Paralizadas por el horror del espectáculo, Mairichh y Xhist fueron demasiado lentas y no alzaron la espada a tiempo cuando la figura semiviperina de Krithé se les lanzó encima con un alarido ensordecedor.

Y así es como la Reina Saga demostró por fin su lealtad más allá de toda duda.