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Crónicas de la Ruina – Guerra y Renacimiento

La Arboleda Dorada resplandecía en la refulgencia de Hysh, indescriptiblemente perfecta en su soledad.

Una luz ámbar atravesó las anchas hojas de los rododendros, bañando la arboleda de almas. Kyanathiel se permitió un instante de gozo con la escena: las esporas flotantes danzando en la brisa, el palpitante brillo de las propias vainas, las suaves notas de una Brujarrama que cantaba mientras pasaba una mano sobre un lamentiri recién plantado.

Resonaron cuernos a lo lejos, perturbando el ensueño de Kyanathiel. Intercambió una mirada con Tyarith, y las notas del cántico espiritual se volvieron lentas y tristes, cargadas de una emoción no expresada. Kyanathiel bajó la cabeza, preparándose para lo que se avecinaba.

—Entonces, a la guerra —dijo el Guardián de la Arboleda.

—Protegeremos este bosque con nuestras vidas, honorable guardián —contestó Tyarith, y la voz crepitante de la Brujarrama se asemejó al susurro de las hojas otoñales—. Los perdidos volverán a florecer para unir sus recuerdos al cántico espiritual.

Kyanathiel no dijo nada. Confiaba plenamente en su acólita. Su inquietud no tenía que ver con el temor de que la arboleda quedara desatendida, sino con el furioso estruendo de aquellos cuernos, la violenta discordancia que invadía la melodía normalmente serena del cántico espiritual, los ávidos gritos de guerra de los espíritus de los árboles que daban la bienvenida al derramamiento de sangre que estaba por venir. Tenía que ver con la venganza. Con la cosecha.

El Guardián de la Arboleda jamás celebraría la llegada de la guerra. Respondería al llamado de su Reina Eterna, porque negarse a ello era impensable, pero su alma permanecería aquí, con las semillas latentes de sus congéneres caídos, esperando el momento de su renovación.

—A la batalla —susurró—. La refriega por sanar los reinos es interminable. Presenciaré muertes y sufrimientos incalculables y, con la ambrosía del Roble de Eras Pasadas, resucitaré a los Aparecidos de la guerra.

Una solitaria lágrima se deslizó por la cara de Kyanathiel, y una de las vainas de almas que colgaban de su árbol génesis empezó a tamborilear al sentir su pesar, algo aún amorfo moviéndose en el interior de su capa cristalina.

—Y si caigo, recordaré mi amado bosque tal como luce en este momento. Hermoso. Eterno.

Siete estaciones después…

Kyanathiel degolló al Nurglita con un rápido gesto de sus podaderas, apartándose cuando el pus que brotaba le salpicó el brazo. El bruto y su panza henchida se alejaron con gran esfuerzo hacia un fangar donde este vomitó bilis verde sobre lo que antaño había sido tierra fértil. Las ramas-extremidad de su árbol génesis retrocedieron; las fatas posadas sobre él gruñían y chascaban las mandíbulas, claramente agitadas.

A la izquierda de Kyanathiel, los Kurnothi avanzaban entre andanadas de flechazos. Cada vez que impactaban contra un Agusanado, se producía un ruido como de vaina estallando, como de fluidos fétidos emanando. Los había que se desplomaban, pero otros seguían marchando, a pesar de sus heridas, entre risitas enajenadas. El hedor a corrupción, a mal, era ya casi insoportable. 

Kyanathiel se preguntaba si las tierras se recuperarían jamás. Athelwyrd estaba purificada y de nuevo en manos de la Reina Eterna, pero incluso allí, en el corazón de la corte de Alarielle, perduraba una oscuridad la cual Kyanathiel temía que no desapareciera jamás. 

Incluso las victorias venían acompañadas de tragedias. De otra pérdida irreparable. 

Aun así, ¿qué quedaba excepto seguir luchando? El cántico espiritual latía al ritmo de los sonidos de angustia y rabia, del cúmulo de emociones de más de un millar de espíritus forestales. En el asonante muro de sonido, Kyanathiel distinguía fragmentos de lucidez, súplicas de auxilio y advertencias desesperadas de sus congéneres en batalla.

—Guardiana —advirtió la Brujarrama Tyarith con un grito bronco—, el enemigo está entre nosotros una vez más. 

El flanco a la derecha de Kyanathiel se debilitaba. Unos enemigos con cascos cornudos y coraza de trémula grasa verduzca apabullaban a un grupo de Aparecidos Arbóreos, que retrocedían apabullados. Ante la mirada horrorizada de la Guardiana de la Arboleda, uno de los brutos extendió un tentáculo mohoso, agarró a un soldado Sylvaneth y lo partió en dos.

Los defensores del bosque acudieron raudos a defender a sus camaradas, pero el avance enemigo era inexorable. Mataban entre carcajadas, con la alegría mórbida habitual de los esbirros del Dios de la Plaga.

Kyanathiel se preparó para hacer otro sacrificio que le partiría el corazón. Las crisálidas que colgaban de su árbol génesis empezaron a emanar luz carmesí. Algo se movía dentro del fluido amniótico. 

La Guardiana de la Arboleda sintió la oleada de poder de jade que tiñó el ambiente. Las crisálidas se abrieron y de ellas cayeron guerreros Aparecidos, aún cubiertos de fluidos, que se pusieron inmediatamente de pie, listos para el combate. Tomaron las armas de los Sylvaneth caídos y, con la energía del cántico espiritual que los imbuía de los recuerdos y emociones de sus congéneres, posaron su mirada en Tyarith, quien blandió la guadaña en dirección al enemigo.

—¡A la guerra, descendientes! —gritó—. ¡Defended la arboleda silvestre!

Así lo hicieron. Y así murieron. No obstante, con su sacrificio consiguieron ralentizar a los Nurglitas, matando a algunos y desestabilizando a los demás. De repente, los arbustos empezaron a temblar, y en el claro apareció el roble anciano Hojamarga, quien asía su poderosa espada a pesar de sus anquilosados brazos. Los tres campeones de plaga cayeron destripados, entrañas negras desparramadas como babosas.

Mientras tanto, Kyanathiel dedicó la energía que aún le quedaba a su pueblo del bosque, curando las heridas de aquellos a quienes podía ayudar y acompañando en sus últimos estertores a aquellos que ya estaban más allá de toda asistencia. 

Para cuando terminó la matanza, el bosque estaba sumido en la más absoluta oscuridad. Recorrían el campo de batalla espíritus que, entre sollozos susurrados, recolectaban los lamentiri de los caídos. La victoria al menos permitía que las semillalmas rescatadas se plantarían de nuevo. 

—La Reina Eterna nos reclama —anunció Tyarith a Kyanathiel con una respetuosa floritura de su guadaña—. Debemos volver al Claro Dorado.

Kyanathiel asintió: —Sabia decisión. Nuestro número disminuye con cada día que pasa. Debemos recolectar las semillas de los caídos y recuperar nuestra fuerza.

El alborozo que sintió Tyarith al saber que volvería a ver su jardín sagrado reverberó en el cántico espiritual en forma de una abrumadora nota de alivio. Los sentimientos de la Guardiana de la Arboleda, no obstante, no eran tan simples; el regreso a su amado refugio significaba que tendría que abandonarlo por segunda, y más traumática, vez. Era un tormento que preferiría ahorrarse, pero los Sylvaneth no podían reemplazar sus pérdidas con la celeridad suficiente, ahogados como estaban en las corruptas garras del Dios de la Plaga.

Vieron el humo a muchas leguas de distancia, un horrible borrón negro que afeaba los cielos y en el que centelleaban relámpagos verdes. El terror inundó la conciencia compartida de los Sylvaneth como una tromba de veneno.

Tyarith profirió un grito desgarrador y Kyanathiel se le unió con su propia demostración de dolor. Ya sentía la profunda llaga que ocupaba el lugar allá donde antes florecía una energía jubilante. La agonía abrasadora de tallos, flores y semillas.

El Claro Dorado era presa de las llamas.

—No podemos perder ni un segundo —dijo la Guardiana de la Arboleda—. Asísteme, Tyarith.

Dicho eso, trazó con las manos un complejo patrón que canalizaba las motas de energía de Ghyran. Ante ella, el frondoso foliaje se retorció hasta formar un pasaje circular iluminado por un fulgor esmeralda, una abertura que las conducía hasta las profundidades de los senderos reinorraíces, las arterias vitales que recorrían todo Ghyran.

Tyarith y Kyanathiel se sumieron en el vórtice esmeralda. El cuerpo se les deshizo en mil partículas que se combinaron con el flujo de energía de jade, trazando un recorrido vertiginoso a través de la jungla. Tiempo y distancia perdieron todo significado. Viajar por la reinorraíz exigía máxima concentración, y Kyanathiel, sumida en el pánico y el dolor, apenas lo conseguía. Al fin, el mundo refulgió y se calmó, y las dos Sylvaneth se encontraron…

…en el centro de una hecatombe en llamas.

Todo ardía. Todo. Desde los prados de renovación hasta los Tres Príncipes, el trío de poderosos ferrobles que formaban el límite septentrional de las vainas de almas. Espíritus forestales muertos y moribundos alfombraban la tierra, emanando savia viscosa de sus terribles heridas. Uno de ellos salió del humo, en llamas, desplomándose de agonía.

El dolor de Kyanathiel era demasiado agudo como para ponerle palabras, pero consiguió entreoír el lamento desesperado de Tyarith, como si estuviera a gran distancia.

Un estruendo de cascos sacudió la tierra. De entre los árboles emergió un jinete acorazado que blandía un mayal de ocho puntas. El vil caballero le asestó un golpe mortal en la cabeza a un Aparecido Arbóreo moribundo, hundiéndolo contra la tierra mancillada con un salpicón de carnecorteza machacada. Entonces el corcel se giró hacia ellas, y el humano emitió una tétrica carcajada y apuntó con su arma a la Guardiana de la Arboleda.

Descentrada, quizá por el horror ante el sino de su santuario, Kyanathiel no fue capaz de reaccionar a tiempo. El mayal trazó un arco en torno a ella y descendió con fuerza insólita.

Tyarith lo detuvo con su guadaña del bosque verde lanzándose delante de Kyanathiel, llorando lágrimas de savia y profiriendo un grito de rabia. El jinete viró sorprendido, pero incluso mientras su corcel daba media vuelta, él ya volvía a asestar con el mortífero mayal en un violento revés. El golpe acertó de lleno contra la Brujarrama. Fragmentos de carnecorteza y lianas volaron por los aires. Tyarith se desplomó.

El jinete rio. La rabia de Kyanathiel la sacó de su estupor. Su árbol de génesis se inclinó hacia delante y atacó con sus podaderas hechizadas. A pesar del poder destructor del mayal, este no pudo soportar tamaño golpe. Los filos gemelos se clavaron en el cuello del jinete hasta sus costillas y le cercenaron los huesos como si fueran hojas. La sangre lo cubrió todo. Moribundo, el jinete se desplomó del lomo de su corcel de guerra, el cual gruñó y se alejó, arrastrando tras de sí el ya cadáver de su jinete.

Kyanathiel se agachó al lado de Tyarith, que yacía en el suelo. Las heridas que había sufrido la Brujarrama emanaban un negro icor, y se le entelaba la mirada. A través del cántico espiritual, la Guardiana de la Arboleda oía su apenado lamento: dolor y angustia y agonía, irradiadas por el espíritu moribundo, en oleadas de abrumadora intensidad.

—Encuentra la paz, hermana de tierra —susurró Kyanathiel, acariciándole la corona de espinas y hojas a su querida Brujarrama.

Respondió al aullido de Tyarith con su propio cántico, un lamento que retumbaba entre los árboles mientras sus camaradas Sylvaneth perseguían a los impíos incursores y los pasaban a cuchillo. Ella, también, cantaba su pérdida. Su melodía era triste, sí, pero también encapsulaba esperanza a pesar de todo. ¿Acaso no habían conocido ya las estaciones más oscuras, cuando la Reina Eterna se marchitó en lo más profundo del invierno y los saqueadores recorrieron sus tierras sin encontrar resistencia? Y habían sobrevivido. La naturaleza había sobrevivido, y la Reina Eterna había ocupado de nuevo su trono esmeralda.

—Todo pasará —dijo, sintiendo que las convulsiones de Tyarith se calmaban, tranquilizada por la reconfortante melodía—. Incluso este claro sanará. Y tú, la más fuerte de los espíritus, cosechadora, madre de ramas, tú dormirás en la tierra junto a tus camaradas caídos, hasta que las primeras gotas de la lluvia primaveral te despierten.

Sintió desvanecerse la esencia de Tyarith.

—Estabas al inicio —afirmó la Guardiana de la Arboleda—, y estarás cuando llegue el final.

Mientras pronunciaba sus palabras, sintió gotas acariciándole la espalda. La luz del sol se filtraba por las nuevas, y traía consigo una lluvia gélida y límpida, un chubasco constante pero suave que extinguió las llamas que arreciaban entre los ancianos robles y desterró la pesadilla y el dolor que habían consumido el Claro Dorado. Kyanathiel contempló el nacimiento de un arcoíris de colores vívidos que partió la cortina de humo.

—Bello —susurró Tyarith— y eterno.

Y luego no volvió a moverse, y no dijo nada más.