
—Sométete.
Así volvió la voz.
La oscuridad inundaba la forja rúnica de Karak Monz. Lamía los muros de piedra y proyectaba sombras sobre las estatuas de los dioses ancestrales, que vigilaban, doradas y adustas, desde sus pedestales. La oscuridad era un estado inusual para un karak de Aqshy. Aún más inusual en la Cadena Adamantina, donde canales de fuerza magmática horadaban los valles montañosos. Pero, dado que era el fin del mundo, quizá no fuese tan sorprendente.
Tal vez otras fortalezas se hubieran salvado. Por su parte, Guardafuegos de Gimnir al norte…
—Ha cerrado sus puertas.
La voz no admitía discusión alguna. Cada sílaba rezumaba rencor.
—No han enviado ayuda. No consideran que merezcáis salvación. Pero hay otras formas, vástago. Existe la artesanía. Sométete.
Hacía dieciséis años, cuando la voz en las llamas crepitó por primera vez desde su forja, Morgrum Gargrumsson la detestó. Pero casi dos décadas de privaciones habían desgastado hasta su terca alma de duardin. Los dedos que tan hábilmente habían forjado runas estaban ahora artríticas y engarfiadas. Desgreñada le colgaba la barba, antaño motivo de orgullo. La carne se le tensaba sobre el cráneo. Poco de su apariencia revelaba la herencia noble del Herrero Rúnico.
De poco le servía eso, encorvado y cadavérico como estaba, sentado en un taburete gastado mientras contemplaba el corazón titilante de su santuario. De poco le había servido a su padre, el tan sensato Rey Gargrum, cuando ordenó que sellaran sus propias puertas contra el terror que barría los reinos y los condenaba a este lento declive.
—Retráctate. —El dolor fluyó por sus nervios como un estallido abrasador, aunque apenas le quedaban fuerzas para gemir. El desdén de la voz tañía bien alto—. Tu padre fue anciano, señor y rey. Tu reverencia estaba justificada. Cuando llegó el enemigo, ¿habrías abandonado las tumbas? ¿Las cámaras? ¿Habrías permitido que las hordas saqueasen vuestras riquezas y profanasen vuestros huesos? ¿Habrías huido a las nubes o te habrías postrado ante el Dios de la Tormenta?
Morgrum trató de discutir. Por su honor que lo hizo, pero el calor le agostaba los labios. Aquella noche sentía los años de asedio y cuánto le pesaban. Y, en realidad, carecía de argumento alguno. No, no lo habría hecho. No había desafiado a su padre aunque como Herrero Rúnico tuviera el poder para hacerlo. La discordia engendraba pánico. Un frente unido había parecido la mejor opción. Había abierto una brecha entre algunos de sus hermanos. Se preguntaba quién seguiría vivo, pues rara vez abandonaba esa cámara. Su gente aún conservaba la esperanza de que forjaría algo que apaciguase sus desgracias, mas no tenía nada que ofrecerles.

Un año antes, había suplicado al ausente Grugni, ofreciéndole cada ápice de su alma antes de ponerse a la tarea. Gargrum había ayunado y trabajado, abandonando los últimos lazos que conservaba. Había empleado todo momento, salvo en los que se postraba ante el altar del Hacedor, en moldear las runas maestras que creía que traerían la salvación.
Las tenía delante ahora. Verlas le dolía más que el hambre y la garganta que ya solo probaba el agua contaminada que goteaba de las fuentes de montaña enranciadas. Estaban deformes; bajo la luz dura, era evidente que lo que había creído que nacía de una efusión de inspiración divina no era sino la obra de un novato. Inertes, sin chispa… feas. Eran feas.
—Has fracasado porque te falta concentración. Has fracasado porque escuchas los susurros de tu mente y crees que son algo que temer, no algo que dominar. Has fracasado porque te niegas a hacer lo que debes hacer. Someterte.
Era duro, pero a decir verdad no era una mentira. Había sufrido distracciones. Cerró los ojos hundidos. En la negrura, se alzaban desde las profundidades unas voces distantes. Agitadas. Rechinantes. Siempre presentes, nunca reconocidas.
Los daemons.
No se habían limitado a cerrar las puertas después de todo. El Rey Gargrum había tenido un plan, uno que parecía el único curso de acción cuando los daemons entraron en masa en Karak Monz. Sellar la entrada con las runas de atadura más antiguas y eruditas. Atrapar a los que se hallaran dentro para evitar que entrasen más. Su padre y el séquito real habían marchado para enfrentarse a los monstruos encerrados. No habían vuelto. Posteriormente, se pensó que los daemons quizá se agotasen. No lo hicieron. Seguían allí como un horno central negro que infiltraba corrupción a través de la roca.
Una llamarada de odio recorrió la columna de Morgrum. Alzó la vista a los pedestales en los que se erigían los dioses ancestrales. En sus miradas de piedra halló desprecio. Durante años se habían bebido su adoración y la de sus parientes, ¿y para qué? Grungni los había abandonado. Grimnir había vendido su vida por orgullo. Inghilde no había venido a apartarlos del derrumbe, ni Valaya a avivar su hogar con desafío. Todos se habían mantenido en frío silencio.
—Mas si estuvieran aquí, denostarían como arrogancia el coraje y la artesanía de apresar a los daemons. Siempre juzgando. Nunca enfrentados a los desafíos que otros sí encaran.
¿Era tal cosa un juramento si nadie lo oía pronunciar?
—Estabas más cerca de lo que crees. Existe poder más allá del de las runas. Poder en la ruina. Podrías manejarlo. Si fueras fuerte.
Los susurros daemónicos cesaron, como si de pronto hubieran olfateado un depredador más grande más allá de la luz del fuego. La mirada de Morgrum se centró en un pedestal vacío colocado en la hornacina más alta y sombría de la forja rúnica. Jamás había soportado una estatua. Cuando le preguntó por qué a su antiguo maestro, este le respondió con una mirada asesina. Pero ahora parecía más sincero en su ausencia que sus parientes, presentes y desdeñosos.
—Te lo mostraré, vástago. Mediante la artesanía todo se puede dominar. Todo se puede preservar. Sométete.
Durante dieciséis años incesantes la voz le había hablado así. Jamás había perdido el hilo ni transigido; había sido un pistón martilleante, un toro aporreando a cabezazos el muro de su voluntad. Pero en eso también había sinceridad.
Morgrum contempló sus runas fallidas y sus ojos volvieron al pedestal. Esta vez la voz no dudó.
—No tienes más que pronunciar mi nombre. Lo conoces. Lo conocéis todos. Sométete.
Descubrió que era cierto. El Herrero Rúnico tragó saliva. Croó dos sílabas.
—Hashut.

Habían pasado cuatrocientos veintiséis años desde que sellara el pacto.
No es demasiada espera para la venganza, todo sea dicho.
Morgrabal inhaló y las aletas anilladas de su nariz se dilataron. Paladeó el aroma de la muerte de Guardafuegos de Grimnir. Olía a humo y ceniza. Las heridas desgarradas en los muros de la fortaleza de magma aún humeaban, fluyendo como carne fundida allá donde no se habían vitrificado o transformado en acero de otro mundo. Ríos de sangre goteaban entre las losas, teñidas de colores antinaturales por las fuerzas desatadas contra ellas.
El Caos, hasta el encadenado a la voluntad de un duardin, sometía a los débiles a tales burlas. Por eso los adoradores de Grimnir habían flaqueado mientras los Herreros Infernales de Hashut se fortalecían. Habían domeñado la ruina, vinculándola a hoja y cañón. Lo único que exigía era un justo pago en sacrificio.
Ya habían estado haciendo sacrificios. Resistir sin obtener recompensa iba en contra del sentido común duardin. Sus hermanos (pues resultaba que algunos aún vivían, después de todo) no lo habían entendido. Aun así, contribuyeron a su adiestramiento a su manera. En el karak, otros habían oído la voz y entendido los principios. Una vez hacías el primer sacrificio, los siguientes no eran más que aritmética ordinaria.
Morgrabal se llevó la mano a la cara. Los intrincados tatuajes que marcaban a un Herrero Daemónico de la Forja Anatema no se habían visto afectados. En ellos se concentraba un poder ritual; eran los planos de la divinidad, revelados por Hashut y pagados con almas. Se los había ganado. Había escogido portarlos. No eran una marca de sumisión ni una cadena. No como los que llevaban esos bárbaros humanos. No, en absoluto.
Entre la percusión del fuego de mortero y el gañido de los pilares al derrumbarse se le acercó un guerrero. Ghurot, el quinto hijo de una prima lejana. Estaría ligado al Herrero Daemónico durante otros cuarenta y siete años de servicio, al final de los cuales esperaba heredar el control de una lucrativa fundición fronteriza como recompensa. Morgrabal no auguraba que fuera a vivir lo suficiente para recibirla.
Archas cruzadas, empuñadas por los Toros Centauros bendecidos y enmascarados que flanqueaban al Herrero Daemónico, impidieron su avance. Bajo la mirada implacable de los mutantes, el duardin empalideció brevemente y se postró en el suelo.
—Honorable Inmaculado.
—Me hallaba rememorando —dijo Morgrabal, pasándose la mano enjoyada por la barba rizosa. Su otra extremidad permaneció en la manga, engarfiada, inmóvil, convertida en piedra. No hacía falta mostrar cómo la petrificación se abría paso por su carne. El conocimiento de Hashut no había sido un regalo, sino una transacción. Pese a faltar décadas para su transfiguración total en el mejor caso, a Morgrabal no le parecía un mal trato—. Habla.
—Lord Taar desea un avance más prudente.
—Qué absurdo. Ya he informado a su bendita eminencia que nuestro ritmo no decrece. Trituramos a la chusma.
—Exige por mandato que lo aumentemos, señoría. Hay retrasos en la galería este. Lady Taruka dice que sus cohortes no tardarán en colocarse en posición para resolverlo.
—¡Más vale que esa tragaceniza no nos avergüence ante el Primer Herrero, o por los cascos ardientes del Padre Toro que os haré desollar a todos!
A través de una grieta abierta en el techo de la fortaleza, un mugido sacudió el cielo ardiente. Al mirar por ella, Morgrabal distinguió una forma tauroide que bajaba en picado sobre la construcción. Con cada batir de sus alas de bronce se derramaban ascuas, que también saltaban de los dientes de la figura carcajeante montada en su lomo, bañando la fortaleza en llamas infernales.
Con otro retumbo, el monstruo salió de su vista de vuelta a la oscuridad; los dedos de Morgrabal se doblaron. Gruñó mientras ascuas negras se derramaban entre sus colmillos y recuperó la compostura.
—Nos encargaremos de ello.
Mientras Ghurot reunía una escolta adecuada entre los guerreros cercanos que se jactaban de su triunfo, Morgrabal canalizó su voluntad hacia la plataforma de patas de hierro sobre la que se erigía. Caracteres zharralid arcanos parpadearon por su costado al estremecerse de dolor los daemons apresados en su interior, brindando energía al transporte. Algunos eran las mismas entidades que antaño habían aullado en su mente. Apoyó el peso de sus piernas petrificadas en el estrado, conteniendo una sonrisa ante los lamentos sin palabras de los daemons.
Los Hashutitas dejaron atrás estatuas ancestrales derribadas con agujeros brillantes. Dejaron atrás piras de cadáveres Matafuegos, apilados bien alto y calcinados. Avanzaron junto a hobgrots que arrancaban runas doradas a duardines caídos; Morgrabal había ordenado a sus Toros Centauros que arrollasen a cualquiera que no le mostrase debida deferencia a su paso. Avanzaron junto a muros cuyos frescos se habían desvanecido bajo las llamas de baterías de cohetes o las explosiones de bombardeos. Allá donde girara el corredor, Morgrabal ordenaba a sus esbirros reventar el muro con bombas de racimo. Ningún duardin digno modificaba su ruta ante roca inferior.

Solo al llegar a la galería este captó Morgrabal cadáveres hashutitas no recuperados entre los de los Matafuegos. Entre ellos aguardaba una figura que, jadeante, se apoyaba en un hacha. El guerrero ignoró sus heridas y se irguió, frunciendo el ceño mientras los hashutitas se acercaban.
—Así que eres un señor entre estos umbaraki, ¿no? —El Matafuegos escupió al suelo sin prestar atención a la sangre que salpicaba la saliva. Desde su plataforma, Morgrabal sonrió con desprecio. Hizo un gesto con la mano de carne hacia los cadáveres hashutitas.
—¿Han caído ante este desgraciado? —Las palabras se dirigían a Ghurot, que hizo una obsequiosa reverencia.
—Me encargaré de que disciplinen sus linajes, Inmaculado.
—¡Mírame, rompejuramentos! —gruñó el Matafuegos. La sangre le brotó de los labios cuando se golpeó el pecho con un puño—. ¡Tienes ante ti a Rofar, hijo de Rinfim-Grimnir!
—No te dirijas a mí, gusano —escupió Morgrabal. Incluso ahora miraba sin ver al Matafuegos—. Aparta la mirada y contempla el precio de la cobardía de tus ancestros. Queríais que cayéramos. En su lugar, nos alzamos.
—Hablas khazalid antiguo pero tu corrupción salta a la vista, oscuro —dijo Rofar. Ladró una carcajada, pero el odio la retorció—. Nadie deseó vuestra ruina. ¿Por qué habríamos de hacerlo? Pero tomasteis vuestra decisión. Considerasteis el precio y os negasteis a aceptar el fin como guerreros. El monstruo que maneja tus hilos estaba destinado a tirar de ellos. No habéis sobrevivido a nada. Os postrasteis.
—Permitidme que lo destripe, señoría. —Ghurot dio un paso adelante con un gruñido, desenvainando en parte su hoja. Fuego daemónico hambriento lamió su acero. Mientras los Toros Centauros pisoteaban y empuñaban sus armas de asta igualmente ardientes, emitieron resoplidos indignados. Todos callaron cuando Morgrabal alzó una mano. Les ordenó retroceder con un movimiento de muñeca mientras dejaba escapar una carcajada grave.
—No nos postramos ante nada, muchachito. Nuestro Padre en la Oscuridad nos eligió. No os eligió a vosotros. Pero ven, pues. —Alzó una palma en un gesto casi magnánimo—. ¿Te atreves a desafiarme? Seré mi propio campeón. Elige tu arma.
Rofar lo estudió en busca de la mentira. Despacio, terminó por empuñar el hacha con ambas manos.
—El hacha de mi linaje, en voto al nombre de Grimnir.
—Predecible —dijo Morgrabal. Los tatuajes de su rostro emitieron un brillo carmesí—. Yo elijo el fuego.
Rofar abrió los ojos al percibir el aroma de la hechicería. Rugió un juramento y saltó, chorreando sangre y hacha en ristre. Los ojos de Morgrabal brillaron como llamas infernales al escupir el encantamiento mientras torcía y crispaba los dedos. El suelo se fundió como la cera. La piedra se derrumbó en vórtices de llama sucia que eructaban cenizas. De sus profundidades surgieron cadenas de fuego que se ciñeron sobre el tobillo de Rofar.
Incluso mientras lo arrastraban al pozo burbujeante en el que se había convertido el suelo, incluso mientras su carne se abrasaba y ennegrecía, Rofar se negó a gritar. Su hacha cayó con estrépito, el metal deformándose bajo el calor, pero él trató igualmente de arrastrarse hacia ella con desespero.
Entonces emergieron garras de llama daemónica. Lo apresaron y arañaron con espolones de ceniza. Ahora Rofar se sacudía aullante en la masa fundida, la barba y luego la carne prendidas mientras arqueaba la espalda.
Los dedos de Morgrabal se cerraron con mayor fuerza. Los gritos de Rofar permanecieron en el aire que aún se sacudía bajo el rugido de las armas daemónicas y el chillido de la roca rota.
—¿Quién se postra ahora, pariente? —rio Morgrabal. Su guardia hizo lo mismo mientras miraban cómo el principillo Matafuegos se quemaba vivo—. ¿Quién se postra ahora?











