
Érase una vez había un majestuoso castillo. En su ciudadela se adoraba a muchos dioses pero, como las leyes de la caballería aún no se habían abandonado, los señores de la fortaleza se reunían a menudo para parlamentar en torno a una rodela dorada de muchas puntas.
Entre sus integrantes había una ambiciosa guerrera llamada Isdolora. Había combatido con éxito en muchas lizas de torneo y roto muchas lanzas portentosas, pero los almíbares de la hidalguía la eludían. Luchaba con más y más ahínco, y en cada acto libaba un tributo carmesí. Un día, los señores del castillo la llamaron a audiencia para platicar con ella:
—Isdolora, hacéis gala del favor como si fuera corona de laureles. Aunque no tenemos deseo alguno de compartir nuestro poder, muchos hay que desean veros ascender en esta aciaga época, de suerte que os proponemos una prueba. Más allá del bosque, en un imponente cerro, se alza una antigua fortaleza. En las entrañas de la capilla yace olvidado un cáliz hechizado de una era ya pasada, un tesoro del antiguo Rey Morgos, a cuyo linaje pertenecéis pero cuya nobleza os es ajena. Solo quien posea virtud hidalga podrá alzarse con la estimada reliquia. Id y recuperad el tesoro, o morid en el intento. Tal es la voluntad de los dioses.
Aunque el taimado insulto le laceró el corazón, Isdolora tomó la capa que había heredado de sus ancestros y enganchó el pendón de su estirpe a su lanza. Y entonces atravesó el pórtico del fuerte y se adentró en la noche de frío viento. Y a la luna espectral cruzó bosques en completo silencio donde se alzaban árboles cinéreos que latían con venas de cornalina. Poco después, junto a un tronco caído, se encontró con un heraldo que llevaba un tabardo de piel de lo más esplendoroso…
…o eso creía él…
—¡Oh, hidalga guerrera! —profirió el heraldo—. ¡Enhorabuena vais! ¡Cómo corta el aire! Veo que tenéis frío, ¿por qué no tomáis mi sayo, por caridad?
—Pardiez, te responderé —contestó Isdolora—. De tu sayo emana una peste hedionda. No aceptaré tus alhajas, ni siquiera a cambio de una digna recompensa.
—¡Atiza! Pareciera que vuesa vista es incapaz de penetrar el grueso velo de vueso orgullo. Me mancilláis —continuó el heraldo—. Y aun así os considero una camarada viajera en la bendita procesión al trono de mi señor, a pesar de la altivez de vueso talante. Os ruego que os unáis a mí en mi bendito yantar.
—Atrás, taimado, no hay tentación que me convenza —dijo Isdolora—. ¡Te mataré, y tu voz no volverá a ultrajar mis oídos! —El heraldo alzó su báculo de oficio, pero Isdolora fue más rápida y de un solo ademán desenvainó la espada y decapitó a su enemigo.
Y así fue como Isdolora falló la primera prueba de Virtud, la del peregrinaje dichoso.
Isdolora prosiguió sus andanzas a lo largo de senderos laberínticos. Un…
…extraño y sofocante calor había disipado el amargo frío. Le impregnaba el espaldar de la armadura. Tejía gotas de sudor como un encaje de bolillos. Le entraba por la babera del yelmo. Cuanto más hondo respiraba, más parecían cernirse sobre ella los árboles.

El acero de Isdolora aún seguía impregnado con la sangre negra del engendro al que había dado muerte. El ruido del goteo al caer la sangre sobre la tierra debería haberla tranquilizado. ¿Acaso un alma indigna, como la habían tildado los señores de la ciudadela, sería capaz de tal espadazo? No obstante, su respiración no hacía más que empeorar.
Por fin se abrieron los árboles, y el corcel de Isdolora…
…la llevó hasta un manantial esplendoroso, sobre cuya superficie se reflejaba la beata faz de la luna. Allí, Isdolora avistó algo de lo más peculiar, un altar dispuesto en forma de rayos solares, donde cada rayo de marfil estaba decorado con flores. Un grupúsculo de peregrinos, de apariencia delgada, cuidaban del lugar sagrado, dirigidos por un majestuoso murciélago que andaba como humano. Y el murciélago iba ataviado con ropajes de sacerdote, una sotana larga y estrecha, y blandía un báculo de roble blanco…
…y de los rayos de sol, que en realidad eran de hueso, goteaba carmesí…
—¡Valiente hidalga! —llamó el sacerdote murciélago—. Bendita seáis. Voto a, veo que en vuesa lanza ondea un bello estandarte. ¿Esos escudos son los de vueso propio credo o los de nueso verdadero rey? Por caridad, ruego una respuesta.
—Pardiez que os responderé —contestó Isdolora—, pero vuesas suposiciones son falsas. Son estos los colores de mi propio linaje y sangre, los escudos de mi propia gloria. Jamás los reemplazaría, y mucho menos por un señor al que jamás he conocido.
—Parece que vueso talento no comulga con vuesa sabiduría, lo cual me disgusta —replicó el murciélago, y sus seguidores empezaron a proferir sollozos de angustia—. Aun así, os consideramos como si fueseis nuesa hermana, pues por vuesas venas corre sangre caliente. Os ruego que os unáis a nuesa bienaventurada plegaria ante este nueso altar.
—Atrás, bicho, no diré yo jamás tales palabras —respondió Isdolora—, y por eso ahora os mataré, ¡y vuesas supercherías no volverán a ultrajar mi sensibilidad! —El murciélago empezó a entonar sus cánticos, y fue entonces cuando la hidalga tomó su lanza y lo empaló. Los devotos, fuera de sí, la aferraron por las diferentes ranuras de la armadura e intentaron descabalgarla con la fuerza del fanático, pero Isdolora se desfizo de ellos y escapó hacia el corazón del bosque al galope entre los relinchos de su aterrorizado corcel.
Y así fue como Isdolora falló la segunda prueba de Virtud, la de la beatífica sumisión.
Mientras cabalgaba, en la mente de Isdolora…
…retumbaba el siseo viperino de la criatura y sus maldiciones. No se podía zafar de sus voces, como tampoco del hedor de los esbirros. Era un hedor familiar, el hedor de la carne abierta, el hedor de las entrañas y de la sangre derramada. El vampiro, pues eso es lo que tenía que ser, pues tenía colmillos largos, tanto los dedos de Isdolora, estaba cubierto de sangre. La sangre que había goteado del corazón que seguía latiendo tras empalarlo. Isdolora dudaba si acaso la criatura no muerta había reparado en lo acontecido mientras seguía berreando su sermón.
Una bestia sin alma, hundida entre entrañas. Ni hablar de la picazón que sentía en el paladar al oler el aroma a hierro que emanaba de las heridas de su corcel. Ni hablar de que seguía viendo el altar decorado con entrañas cada vez que cerraba los ojos.
Había conseguido desembarazarse de los monstruos en el sendero del bosque. Empero, su guarida no podía estar lejos. El bosque empezaba a dar paso a tierra despejada, y las raíces que protruían del suelo estaban agarrotadas y retorcidas. Parecían más bien espinazos. El viento había amainado, aunque seguía haciendo calor, y las ramas más cercanas se agitaban con el revoloteo de murciélagos de gran tamaño. Isdolora pasó por más charcos de sangre estancada, donde había esqueletos aún ataviados con su armadura que habían sido dispuestos de rodillas, con tosquedad, con las manos alzadas como para saludar al sol naciente.

Por fin…
…el camino de Isdolora la llevó hasta el objeto de su deseo. Ante ella, pues, se alzaba en un cerro la fortaleza donde antaño reinaron sus ancestros. El paso del tiempo había erosionado la mampostería, que no obstante conservaba su dorado tono rojizo, y de la muralla pendían confalones arrebatados recientemente al enemigo…
…y en algunos se veían retales de piel desollada, y rostros contorsionados. Pero…
…la meta de su andanza aguardaba en su interior, así que Isdolora se atrevió a dar el paso. ¡Hete aquí! Más allá de la vetusta muralla y más allá del puente guardado por diez gloriosos Horrores Rampantes, se alzaba la solemne capilla de la que hablaron los lores. Y sobre el dintel de la puerta había la imagen de un cáliz.
Cada paso que daba Isdolora retumbaba en las losas de piedra, aunque la hidalga también oía el eco de armoniosos cánticos. A su alrededor había distinguidos cadáveres que yacían fuera de sus tumbas, exhumados por los devotos y sujetos a la divina voluntad de sus pasiones, dispuestos los cuerpos a imagen y semejanza de los soles y las estrellas. Los cánticos alcanzaron su punto álgido cuando Isdolora pasó por delante de pilas bautismales llenas de libaciones sagradas y llegó al gran portón de madera. Este se abrió para que los devotos pudiesen salir, entonando su cánticos y procesionando con sus relicarios. Así que Isdolora…
…se lanzó a tierra para evitar a un engendro que se abalanzaba sobre ella y, con un gruñido, logró hincarle la espada en el torso. Cuando el caníbal se desplomó, la roció una lluvia de sangre fría. Sorprendentemente, seguía vivo. Se retorcía, ajeno a sus heridas, intentando ponerse en pie. Isdolora le aplastó el cráneo con la bota, con tanto ímpetu que perdió el equilibrio. Un grupo de engendros vio la oportunidad y se le acercaron con ánimos de derribarla. La hidalga casi cayó, resbalándose en la sangre que anegaba el suelo y tropezando con uno de los cadáveres mutilados que alfombraban el antiguo templo. Con un ágil giro en plena caída, Isdolora le sajó la cara a tres caníbales de un solo espadazo, mientras estos intentaban hincarle el diente a su armadura. Uno le abrió una escandalosa brecha en la ceja. Pero con un grito, Isdolora consiguió repelerlos. Cada exhalación le costaba un mundo.
—Venid, pues —masculló entre dientes, tomando su espada rúnica con ambas manos, temblando, contra la horda enemiga—. Venid, bichos, y pardiez que os desollaré a todos y cada uno de vosotros.
Los engendros ignoraban sus amenazas. Pasaron a rastras por encima de los cadáveres entre balbuceos y aullidos. Parecían cantar. Cantaban mientras sus sayos de piel desollada y máscaras de caras arrancadas ondeaban con la brisa; cantaban mientras blandían espadas oxidadas y reliquias desecradas que brillaban a la luz de la luna roja que se colaba por el techo roto de la capilla. Los más humildes de todos, con la mirada brillante, se encomendaban con arrobo a los de mayor rango, monstruos lánguidos de largas extremidades, engendros embadurnados de sangre, engalanados con cráneos de sus víctimas que oscilaban con cada paso contra sus propios huesos. Los monstruos se aproximaban poco a poco, abriéndose paso entre estatuas y sus propios congéneres, babeando mares de saliva sanguinolenta.
De las profundidades de la capilla brotó un siseo imperioso el cual transformó el júbilo de los espectros en un silencio reverencial. Se postraron y se alejaron de Isdolora a pesar del hambre que les inducía dolorosos espasmos. Se oyó otro penetrante siseo y emergió una criatura de enormes alas azabaches. Isdolora…

…cayó de rodillas y se echó a llorar de la emoción ante la llegada del buen Rey Morgos. La edad no había pasado factura al rostro del soberano, ni había atenuado la blancura nacarada de las alas que lo llevaban. Por fin descendió en medio de la turba de penitentes y templarios que lo adoraban, los cuales se arrodillaron y empezaron a rezarle. Sonreía beatíficamente y en la mano llevaba un lustroso cáliz de plata.
—Saludos, valiente hidalga —dijo el rey—. Que la paz de la verdadera fraternidad os bendiga. Veo que el cansancio se ha apoderado de vos en vueso periplo. Mas vinisteis a por este cáliz, ¿no? Ruego que me respondáis.
—Pardiez… Pardiez… —respondió Isdolora. Y no le salieron más palabras de la garganta. Intentó alzar la espalda, pues su acero le devolvía un extraño y monstruoso reflejo, pero entonces vio que la mirada beatífica de su antecesor se había posado sobre ella, y el acogedor calor estival derritió sus dudas.
—Aleluya, pareciera que vuesa alma podrá extenderse más allá de los rigores del honor y las tribulaciones de la carne, y eso me congratula —pronunció el rey—. Pero dentro de vos detecto una reticencia. Todavía tenéis miedo a dejar atrás cuanto habéis conocido y uniros a nos. A eso os digo: contemplad a nuesos cortesanos. ¿Nos atenaza acaso la necesidad, o el sufrimiento, o la duda? ¿Acaso no os han tratado mis vasallos con decoro, a pesar de vuesas impertinencias? Todos vuesos pecados serán olvidados y vuesos yugos serán aliviados. Nada os pedimos, excepto que compartáis nuesas alegrías con nos.
A continuación, el Rey Morgos le volvió a presentar el cáliz. La mirada de Isdolora se posó sobre el centelleante líquido que contenía…
…y ahí vio reflejado su propio rostro, distorsionado por la espesa sangre contenida en el cáliz de hueso, atrapado en un grito. De nuevo, alzó la vista al vampiro que se cernía sobre ella, e incluso intentó alzar su espada. Su cara era de pesadilla, sus colmillos eran afilados como dagas, y al cuello llevaba una lechuguilla de huesos amarillentos.
Ay, pero los ojos. Aunque no tenían ninguna profundidad, dentro de su color rojo carmesí había algo obnubilante. Isdolora sintió un sabor dulce en la boca y oyó angelicales clarines. Vio que los engendros la observaban; sus miradas, antes hambrientas, ahora le mostraban el respeto concedido a un verdadero hidalgo.
Una voz en el interior de Isdolora le suplicaba entre gritos que se alzara y aniquilara al monstruo no muerto. Sus gritos no cesaron ni cuando tomó el cáliz entre las manos…
…y tomó un sorbo para que las refrescantes aguas vitales fluyeran por toda ella.
Y así fue como Isdolora pasó la tercera prueba, la del festín sagrado.











