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Crónicas de la Ruina – Ofrenda de Sangre

La última defensa de los soldados tuvo lugar entre los menhires que coronaban el Risco Negro. Estos antiguos monolitos de obsidiana picada habían presenciado derramamientos de sangre y matanzas desde que una olvidada civilización shyishiana los esculpiera hacía milenios. Ahora serían anfitriones de otra masacre.

Las rocas formaban una jaula recia que dificultaría cualquier asalto directo. Pero se ubicaban al borde de un acantilado abrupto, y la única ruta para bajar del risco pasaba a través de Garak Tar y sus hachas juramentadas.

—Que no escape nadie —gritó Garak, y sus hombres formaron un semicírculo tosco, cortando cualquier ángulo de retirada posible. Como lobos que olfatean sangre, los guerreros de los Dioses Oscuros se cernieron sobre ellos.

Resonaron los mosquetes, llenando la noche con destellos y nubes de humo blanco. Las voces se unieron en un terco intento de entonar un himno de batalla sigmarita. Pero esta no era una noche para los fieles. La canción se extinguió tan pronto los hombres de Garak desataron sus propios gritos de guerra y cargaron loma arriba. Las balas derribaron a algunos, pero no cayó más de media docena antes de que el resto llegase a las piedras, abriéndose paso entre escudos y hojas oscilantes. Entonces llegó el intenso crujido de las hachas talando hueso y los gritos de mutilados y moribundos.

Garak Tar atrapó la espada de su enemigo con una mano, sonriendo como un demente sin soltarla aunque el filo le abría la palma. El hombre dio un tirón y escupió una maldición, con los ojos desorbitados de pánico. Garak le incrustó el hacha en la frente con un crujido húmedo y pateó el cadáver que se sacudía entre espasmos, en busca ya de su siguiente víctima.

Apenas quedaban dos docenas de Yelmoférreos, de caras pálidas y aterradas, apretados a la espera del final. Garak bufó con desprecio. ¿Eran tan cobardes estos adoradores de Sigmar que no podían encarar la masacre sin gemir y temblar? Privados de fusiles y cañones, eran criaturas lamentables. ¿Cómo se atrevían a reclamar los reinos?

Se dejó llevar por la furia de batalla, sucumbiendo al río carmesí que fluía por su cerebro. Su mundo se volvió rojo. El tiempo perdió sentido. Levantó el hacha y la descargó una y otra vez. Su pelo no tardó en encostrarse de sangre y las botas en aplastar los cuerpos rotos de los caídos.

Las piedras del Risco Negro se alzaban como testigos silenciosos. Entre la masacre, ni sigmaritas ni seguidores del Caos vieron brillar las runas grabadas en ellas, despiertas por primera vez en muchos años.

Una vez la locura se desvaneció de Garak Tar y el resto de sigmaritas fueron despedazados, anduvo por el campo de cadáveres. Pateó con irritación los restos de a quienes había matado. Ninguno había demostrado ser un desafío. Pese a su potencia de fuego y su fe, en absoluto eran la élite del así llamado Dios Rey.

—Debo encontrar un triunfo digno en esta tierra desdichada —murmuró.

El cielo, ya magullado con franjas de nubes terrosas, se tornó oscuro y pesado. Al principio, Garak pensó que era una señal del favor de los Dioses Oscuros. Pero en furia y fervor por igual ardía el poder del Caos. Este cielo escarlata trajo consigo un frío que helaba los huesos y erizaba el vello de los brazos.

Por las paredes se agazapaban sombras, criaturas retorcidas y garrudas. Cuando el viento sopló a través de las piedras verticales, durante un momento sonó como unas carcajadas.

—¿Sabes qué sitio es este, monstruo?

Garak se volvió hacha en ristre, listo para atacar. Entornó los ojos, buscando entre las ruinas humanas la fuente de esas palabras. Su mirada se posó en una figura de pelo gris que yacía, jorobada, entre una maraña de camaradas decapitados. Tenía la cara pálida y congestionada por la agonía. Le habían hundido un cuchillo desollador en las tripas: una herida lenta pero sin duda mortal.

Garak sonrió y se encaminó hacia el miembro del Gremio Libre. Sus guerreros acechaban tras él, con las armaduras salpicadas de sangre y adornadas con nuevos trofeos.

—¿Sabes dónde estás? —repitió el hombre.

—No —dijo Garak—. Una colina cualquiera. Para mí, todos los campos de batalla llenos de cadáveres se parecen.

—Antaño, este lugar servía a un propósito —jadeó el hombre—. Sí, y uno oscuro. Los stygxianos no siempre adoramos al Dios Rey, no, no, no. Hace mucho, algunos nos inclinábamos ante… otro.

Levantó un dedo tembloroso e hizo un gesto hacia las piedras que se asomaban sobre sus cabezas. Por primera vez, Garak se percató de que formaban una tosca mano palma arriba.

—Las leyendas cuentan que una tribu de asesinos vivía aquí, en el Risco Negro. Eran crueles y despiadados, y se ganaron muchos enemigos, como ocurre con la gente así. Al final se enemistaron con tantos que les dieron caza casi hasta la muerte. Los últimos vinieron a este sitio y entregaron su carne y su alma al amo de Shyish para poder vengarse contra quienes se atrevían a desafiarlos. Se convirtieron en espectros: monstruos asesinos sedientos de sangre.

Los ojos del hombre se centraron en Garak y en ellos no brillaba el miedo. Solo un odio enloquecido.

—Casi todos mis parientes desconocen esos ritos antiguos, pero algunos los recordamos. Algunos aún tememos a Nagash lo suficiente como para rendirle homenaje a espaldas de nuestros sacerdotes de guerra.

La mención de ese nombre maldito pareció convocar un flujo súbito de cierzo. Pese a su indiferencia hacia la diatriba de aquel viejo idiota, Garak se vio preparando el hacha y analizando la oscuridad de la colina en busca de movimiento.

—Por eso os he traído aquí, saqueador —continuó el soldado herido—. Merecéis pudriros en la Mazmorra por lo que nos habéis hecho a mí y a los míos. Si Sigmar no oye mi súplica, quizá lo haga Viejos Huesos.

Garak se echó a reír y sus hombres con él.

—¿Tratas de asustarme con cuentos para niños? ¿A mí, que he derramado la sangre de reyes y emperadores y sembrado los campos con los cráneos de mis enemigos? Para mí la batalla es felicidad, pedazo de cobarde.

—Esto no es una batalla. Esto es venganza. Nagash akh-to hizzar.

Y siseando estas últimas palabras, el hombre agarró el pedazo de metal de sus tripas y lo arrancó. La sangre chorreó en un arco a presión. El viejo soldado jadeó con ojos desorbitados de dolor. Garak le plantó una bota en el pecho y desenvainó su propio cuchillo desollador. Lo miró con teatralidad, para diversión de los Desollados.

—Tras ese discurso me esperaba más —dijo, y rieron con ganas.

Llevó el cuchillo a la sien del hombre, listo para hundirlo bajo la piel. Tan pronto la punta perforó la carne brotó una gran fuente de sangre, inundando el brazo de Garak en una marea escarlata. El soldado se convulsionó, gritando, mientras más líquido carmesí brotaba de su boca y su nariz. Esos ojos llenos de odio seguían fijos en Garak, y aunque estaban inyectados en sangre y afligidos, en ellos distinguió un destello de odio triunfal.

La oscuridad se sumió sobre el tor como una mortaja funeral. Se levantó el viento, aullando incesante y agitando las ramas de los árboles con frenesí. Garak sintió que el frío lo mordía, tan despiadado como lo peor del invierno. Le dolían los dedos y las yemas empezaban a azulearle. Ya no percibía la envoltura de cuero del asta del hacha.

—¿Qué truco es este? —gruñó Garak.

Brotó sangre de la tierra, chapoteando contra los tobillos de la banda del Caos. Estos hombres y mujeres no eran ajenos a tales visiones viscerales; de hecho, sus vidas estaban definidas por la imposición del sufrimiento, la mutilación y la matanza. Pero hasta ellos se estremecieron y retiraron cuando se extendió la sangre, convirtiendo la cima de la colina en una burbujeante ciénaga escarlata.

La superficie de la inundación onduló y de su interior se alzaron unas formas: eran criaturas sin rostro, encapuchadas, imbuidas por una mezcla inhumana de rabia y pena. Sus cadenas emitían repiqueteos húmedos, atestadas de sangre coagulada. Las extremidades filosas entrechocaban con un tañido monótono.

Garak había cargado contra líneas de cañones rugientes sin un pestañeo. Una vez había saltado sobre la espalda de un gargante para arrancarle la cabeza a machetazos, riéndose mientras la criatura moribunda trataba de quitárselo de encima. Había matado más bestias y mortales de los que podía recordar. Y aun así, ante la visión de estos horrores espectrales se adueñó de él un terror onírico y antinatural. Por primera vez en un millar de escaramuzas sangrientas, titubeó.

—¡Atrás, espíritus! —gritó un guerrero, avanzando hacia los espectros carmesíes mientras empuñaba su cuchillo de carnicero.

El arma atravesó la túnica viscosa del fantasma más cercano sin resultado alguno. El horror se movió con una velocidad imposible. Su propia espada desgarró las tripas del Guerrero del Caos y lo abrió en dos con un corte vertical. Mientras el hombre caía, la mirada hueca de su asesino se centró en Garak. Chilló: era un alarido ensordecedor de furia enloquecida, que rápidamente imitaron otras figuras encapuchadas que se alzaban desde la humeante charca carmesí. Con guadañas y rostros descarnados, melenas goteantes a la espalda, se arrojaron sobre sus presas. Los hombres más cercanos fueron hechos trizas, desollados por hojas oscilantes.

Incluso ante una visión tan terrible, los guerreros de los Dioses Oscuros no rompieron filas. Eran hombres y mujeres esculpidos en roca dura, supervivientes de incontables atrocidades. Rugieron sus juramentos y se enfrentaron a la acometida espectral, y cuando sus hachas mordieron la materia fantasmal, algunas hicieron daño. Los espíritus explotaron en oleadas de carmesí hirviente. Otros se sacudieron y aullaron mientras estallaba la terrible energía anímica que los conformaba. Garak gruñó para sacudirse el miedo y lanzó un hachazo a una figura que se acercaba, sintiendo un crujido táctil con el impacto de su arma contra… algo, y la hizo trastabillar.

Pero no era suficiente para desterrar al grupo de pesadillas sangrientas, no cuando surgían por docenas entre las piedras rituales. La masa roja rodeó a los guerreros blindados en una jaula ondulante, sus voces unidas en un coro de gritos dementes.

Sobre la cacofonía, Garak oía aún la risa sibilante del viejo, salpicada de triunfo. Entonces lo vio. De alguna forma estaba en pie, tambaleante entre la nube de espectros, las heridas aún chorreantes. Su mirada taladró a Garak. Ya no parecía tener nada humano en ella, salvo un placer maligno.

—Únete a mí —croó, extendiendo una mano—. Únete a mí y sé maldito, saqueador. Todos son uno en Nagash.

Sobre él descendieron espectros como cuervos a un cadáver. Lo empujaron y el viejo se hundió bajo la superficie de la charca de sangre, riendo hasta el final.

El pánico se adueñó de Garak. No temía a una honrada muerte de guerrero. Pero esto era distinto. Era antinatural, y la visión del fin pesadillesco del soldado herido lo llenó de tal terror que se volvió y huyó, tratando de abrirse camino entre el muro ondulante de fantasmas. Las garras le arañaron los brazos y le arrancaron tiras de carne. Algo le perforó el ojo derecho y la mitad de su visión se oscureció.

No cejó en su empeño. Durante un momento, captó el límpido cielo nocturno a través de la masa espectral. Vio la trocha serpenteante que bajaba del tor, la ruta a la cordura. Trató de llegar a ella, desesperado. Entonces las cadenas se enredaron sobre su garganta.

Lo arrastraron al suelo mientras se ahogaba, forcejeando. El frío metal se constreñía con la fuerza de una serpiente enroscada, aplastándole la tráquea. Boqueó en busca de un aire que no llegaba. Unos rostros sin carne le gritaron. Vio lo que quedaba de sus guerreros: todos descarnados hasta el hueso, o convertidos en trozos estremecidos de carne despedazada.

A él parecía aguardarlo un sino diferente. Se retorció, tratando de ver qué tipo de monstruo lo había atrapado. Su captor era un espectro de cadenas y túnica encharcada en carmesí. Del marco de madera a su espalda colgaban herramientas de tortura. Lo tenía bien agarrado, y por mucho que intentara no conseguía liberarse de los eslabones de hierro oxidado. Un frío infernal le había arrancado la fuerza de los brazos, y cuando trataba de forcejear, se debilitaba aún más. El hacha se le escapó de los dedos. La criatura encadenada emitió un crujido crepitante que podría ser una carcajada. Lo arrastró como un pescador hacia la charca sangrienta de la que había emergido.

Entonces rezó. No solo a los Dioses Oscuros, sino también a cualquier deidad que pudiera mirar su alma condenada y concederle la misericordia. Su última súplica fue a Nagash. Al mismísimo Viejos Huesos emitió un silencioso y desesperado ruego de clemencia.

Pero esa noche no habría piedad alguna en el Risco Negro.

Garak sintió las frías aguas de la charca de sangre engullirlo, fluyéndole por los ojos y la garganta. Su corazón cesó de latir, lanceado por el terror y congelado por el toque de las cadenas que lo apresaban. Pero no hubo liberación, ni un súbito y agradable descenso al olvido. Solo dolor y terror que se extendían hacia la eternidad. Una infinidad de agonía.

Para Garak Tar, esto fue solo el inicio de su tormento.